El poema debe ser una emboscada.
Un bandolero capaz de moverte de la silla, de revolucionarte hipocampos y malosrecuerdos, de borrarte del bar-café y moverte más allá de tus lindes.
Sí, a ese lugar donde no quieres estar, o te hace sentir incómodo.
La aguja en el brazo que va a aspirar la sangre y que no es más que la violación de lo prohibido, el terreno virginal que, sólo tú, escondes o visitas de noche.
La masturbación necesaria de los placeres olvidados, que se hacen futuribles con un verso, de ésos de la esperanza.

Un recital debe hacer sucumbir al oyente hasta atornillarlo en el estribillo y soltarlo después, en el final, dejándolo seco, ajados los pensamientos anteriores, renovados por situaciones, lugares o momentos en los que nunca pensó o en los que nunca quiso pensar. Momentos que obvió de los titulares vespertinos, de las fotos sangrientas, de los breves de los digitales.

Ayer, cita poética en los Diablos Azules. Para quien no lo conozca, se asemeja a un riad de las antiguas callejas barrera de Madrid, pequeñito en su exterior, singular, casi desapercibido en su fachada. Por dentro, parece un viejo café-teatro de los de San Telmo, pero con luz azul y sillas de caoba, de las de antes. Me siento cómoda allí, casi metida en una concha, entre las conversaciones, los caparazones, los amores.

Ayer, se llamaba la cita poética Construcción, pasaron muchos versos por ese escenario. A algunos de los poetas no los conozco. Y este medio es demasiado caprichoso, o mi ordenador es maniqueísta y no accedo a ellos. Una pena.
De los que son, de los que me hablaron, de los que me derrumbaron, me quedo con dos:
Hasier Larretxea y don José Zúñiga. No le pongo el don por algo específico, me sale, sin explicación.
Son ambos, pura pasión. Larretxea a fuego lento, Zúñiga a caballo ganador. Fuegos fatuos, nacidos en lo duro, del suelo, del resto de los que fueron.
Deletrean cada verso e imploran a las vísceras del que escucha, uno con la voz norteña, el otro con la voz aguardentosa, que tanto cala, lluvia fina, luego granizada buena.
Ponerse delante de un micrófono es un acto de valentía, uno de profesionalidad, uno de atrevimiento.
Desde que leí Azken Bala de Hasier Larretxea tengo sus versos sencillos y fuertes (fortísimos en algún caso, se revolvieron las entrañas aquel octubre de mi primera lectura) metidos en la cabeza. Un golpe maestro, del disparo abertzale al disparo cadavérico de su palabra. Hasier va dejando improntas de miradas retorcidas que atemorizan, que te meten en el cuerpo el temor a las esquinas. No las de Madrid, donde soplan vientos polares, sino a otras, que no conozco y que presiento. Esquinas de mal, en cualquier guerra soterrada o viviente.
Hermosísima la nana inédita, puro Baztán, que recitó en dos partes. Una nana de las de nunca, sin cuentos al rorro sobre amenazas vitales, pero sí aderezada con trozos de paredes, con oídos de otros siglos, con casonas, cunas mecidas sin niño, vientos del norte que se prenden en los cerezos y se hacen huéspedes.
José Zúñiga me recuerda a los antiguos pescadores de la mar vieja, del Cantábrico, de la ría de Arosa, de los que aman la marea alta. Dulce e inquietante, tremendamente seductor, no se sabe quién rodea su garganta: si una galerna o una bufanda-pañuelo de nudo gordiano.
Ambos eligieron a Kirmen Uribe para homenajearlo. Tremendo este vasco, este merecido Premio Nacional de Narrativa. Tremenda su mirada sobre lo que nadie ve: un chopo, que oculta ríos, que oculta historias y al que hace hablar, en la lengua de Hasier, un euskera dulce y tenaz.
Uribe remata sus faenas-cuentos con the ends terribles, de los que impactan y te hacen plegar las velas, dejando el marco de la memoria en suspenso. Y si lo recita Zúñiga, Mientras tanto cógeme las manos se escapa de las librerías y se hace Verbo.

Ayer se volcaron los cuerpos y las gargantas. Emocionaron. Daban ganas de palmear, como el sur, y taconear a los dos genios, despacio, por tarantas. Ser poeta es ser cantaor de lo irremediable o de lo imposible. Duele, entonces, que la poesía sea barata, maldita, grunge, desposeída, tristona, casi fúnebre, sin ganas, sin formas, como si acabara de morir. El malditismo de Rimbaud, de Bauldelaire o del “recién nacido” Félix Francisco Casanova estaba en sus vidas, no en la genialidad de sus versos. El ser maldito no es una pose, cualquier artificio es un insulto.
Larretxea y Zúñiga son verdad. Carne sobre brasas.
Y quien esto escribe, anda quemada. Cómo no.

Fotografía: Retrato de Claude Monet leyendo. Édouard Monet

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