Setenta y siete mujeres en filas de a once.
Pañuelos negros sobre los moños estirados,
la toquilla de lana escurriéndose espalda abajo,
las faldas asomando como cúpulas sobre las zapatillas de esparto.

Setenta y siete sanguijuelas volcadas sobre doce litros de sangre, que manaban a cada hora.
Se anegaron las bayetas,
los ruíllas de cada casa,
los mantos de los domingos,
sesenta sábanas de novia recién bordadas
y un manto antiguo que llevaba el Cristo del Viernes Santo.
Anegados todos ellos de una savia escondida, rezumada a 20 de julio, en plena extasía de calor y de temblores.

Los dedos de las sanguijuelas se escapaban de sus manos
y removían aquel flujo descarado, pertinaz, que brotaba a cada hora en punto.
Muchas de ellas probaron el sabor del fierro
y con la hemorragia fresca de las aceras se secaban la nuca y los pechos.
No había más consigna que borrar la sombra de aquella mujer.
Pero la estéril lacraba la calle empedrada de grana
y, cuando llegó la noche, tuvieron que
embridar caballos para que lamiesen cada piedra.
Era julio y no soplaba el viento,
así que las lenguas de las bestias modelaron cada guijarro,
hasta hacerlos blancos, del mismo color que las mejillas de la estéril.
Sapos albinos sobre el río seco de los coágulos, dijo algún hombre,
detrás del cristal de la taberna.

Las setenta y siete se habían achicado a la atardecida
y ya sólo parecían moscas de cadáveres.
Querían restañar hasta el último glóbulo de la hembra que no olía a ser humano.
Borraron lo mínimo que quedaba de ella con agujas finas y horquillas del pelo.

Coro

Una vagina sirve para los hijos, no para chorrearse el día de tu muerte.

Cómo pudo ese hombre ayuntarse con esa mujer, muerte de la naturaleza.

La siempre callada, y ahora se vierte para dejarnos su vergüenza, sus ovarios podridos.

Sisándole la prole al marido. Día tras día. Y los gritos como de parida cada madrugada. Era de cara transparente porque no tenía alma.

No desciende de Eva ni del barro. Es un ánima que desecó al esposo y lo convirtió en un alfeñique.

Ni poder dormía en su jergón de casada, que le llenamos de paja de granzas. Plumas quería. Y ese cuerpo, blanco, rodeado de gasas. Ni un luto por un familiar. Quien no lleva luto, ¿puede tener corazón?

Dicen que él la quería. ¡Claro! Qué fáciles son las entrañas cada noche, a cada hora, sabiendo que nunca vendrá la preñez. Así él dejó el algodón y la espiga y no salió del cuarto, esquilmado. ¡Para qué tanto cuerpo sin unos hijos!

A la hora tercia del 21 de julio, la infértil salió por última vez a la calle.
Las setenta y siete pararon.
Casi no quedaban restos de sus entrañas,
recogidos en cubos y barriles.
Ella, ingrávida.
El cuerpo recto,
la cabeza alta,
los brazos apoyados en el quicio de la puerta,
como la entrada dividida de una iglesia gótica.
Sonrió, escupió al suelo y se desvaneció.
Su hombre, transfigurado, le tomó el pulso, gritando blasfemias.
Todo el pueblo se tapó los oídos.
Meses después, aún el eco del horror se propagaba por las sierras y de él huían los humanos,
mientras los animales entendían el dolor
y los lobos se apareaban en pleno invierno.

Coro

Tres años de casada y ni un rubor en las mejillas. Nada para el marido. Nada que le diga que ella disfrutó. Porque disfrutó. Todos los hombres lo sabían.

Hablaba de no sé qué tristezas. De no se sabe qué habladurías. Que podría vivir alada siempre, sin partos que la doblasen, sin críos que le robasen el nutriente. ¿Se puede consentir acaso semejante injuria a Dios? ¡Él dijo “creced y multiplicaos”!

Acordaos del día de Pascua. El marido despidiendo a las visitas a la fuerza y arrancando los pellejos de las viejas. Rasguñando con punzones las caritas de las casaderas. ¡Súcubos, ángeles de Satanás! ¡Callaos las bocas impías y no nombradla más!

¿Cuántos cirios hay encendidos en la iglesia por ella, para curarla, para revitalizarle el seno, para que mane de sus pechos la savia?

Tanto que le hicimos: el azafate lleno de dulces herbales, sobre la tierra del Jordán, el agua de los cardos, el vino dulce de la Veguilla, los piononos con restos de olivo, los ungüentos de té rojo, las friegas en el vientre para reavivarlo.

¿Y decía que le dolían nuestros ojos y nuestras bocas? Ya no se reirá más de lo que es ser una hembra.

Yacía en el ataúd casi dormida.
La cara y el alma, blancos.
Las manos sobre grandes magnolias azules,
un velo cubriéndole las sienes,
los pies descalzos.
Reposante espera.
Sólo él vestía de negro y se aferraba al cuerpo delgado.
Había cubierto su vientre con oro:
los cintillos del casamiento,
la flor de brillantes de la madre muerta,
la cadena de los domingos,
las tres gargantillas de los aniversarios,
las pulseras de aguamarina de su cumpleaños,
treinta y tres broches prendidos a treinta y tres paños de ajuar.
Honraba el útero vacío y amado, tantas veces ahuecado por él mismo.
Honraba cada parte del lugar donde nunca creció hijo,
siempre lleno de un semen que la cubría y la saciaba.

Después de dos días de sangre, las setenta y siete se acercaron al túmulo.
Una por una se santiguaron y rezaron juntas partes del Vía Crucis.

Y de repente, la tierra tembló.
Fue tal la explosión, que una de las lindes del pueblo se quebró
y hablan de varias manijeras que cayeron en ella.
Hubo árboles tumbados y añicos en cada casa respetable.
De aquel féretro blanco, de mujer-niña,
brotó un chorro de sangre que cubrió el pueblo entero.
Una vagina candente que expulsó todo su contenido en las ropas de las setenta y siete.
Otra vez, las paredes encaladas llorando como Dolorosas, alanceadas.
Los hombres suspiraban por aquel olor a vida,
mientras la muerta simplemente sonreía bajo la mantilla.
El reguero fue avanzando y las gentes corrían hacia sus casas.
No era lava, era un derrame de mil hijos.
Noventa días tardaron en secar un pueblo entero. Tarea de mujeres, que los hombres observaban.
Cada una de las que probó aquella sangre de nuevo, quedó preñada.
Y dio a luz, a los siete meses, puros engendros:
hijos con patas de cabra,
bebés de dos cabezas,
gemelos que no soportaban la luz del día,
fetos con raíces de tubérculos,
mellizos unidos por la cabeza.

Fue su sangre. Su sangre carnicera y déspota nos ha convertido en ella.

Un hombre, que salió de la taberna, comentó al paso:

Ahora sabéis lo que es tener hijos sin querer.

Dicen que esto ocurrió hace cuatro décadas. Lo explican parsimoniosamente los viejos. Las mujeres de este pueblo se oscurecen en las casas junto a hijos extraños. Comentan que les enfermó el tifus, pero otros hablan de una malparida que descansa, incorrupta, en el cementerio.

Fotografía: Untitled. 1950. Lilliam Bassman

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