(Inspirado por una idea de Giusseppe Domínguez)

I.

Tengo la cabeza apoyada sobre los brazos,
oreando algunos pensamientos avinagrados.
(Vino añejo en mala barrica).

Los ojos se mueven, inquietos, por la habitación.
Bruma sobre bruma. Locura de aguacero.

El rímmel tedioso olisquea entre la neblina de los balcones.
Y aparece: un tallo. Apenas un tallo.
Después de la lluvia de lustros, entre la mala hierba, un tallo.

El vinagre de Módena se escurre de la cabeza -sorprendido- y el flequillo se estira,
imitando la rectitud, casi principesca, de aquel momento.

Estaba solo el esqueje, en medio de la pinaza.
Pero hacía respirar el aire a su alrededor
y los dientes de león, los dandelions, le hacían la corte.
Creo que era la primera violeta de los Alpes.
Nacería blanca. O morada.

Interrumpiendo el largo solsticio.
Prueba aceitunada del equinoccio.

II.

A modo de prólogo

Érase una vez una niña, que no soportaba la luz de las mañanas.
Un feriante le vendió la oscuridad absoluta.
Ésta se quedó en su cerebelo, realquilada, apenas dos euros por noche.
Allí vivió ciento veinte meses.

Nudo

Estoy tendida en una cama con celosía.
No sé si de madera noble o traída de Ankara.
Al fondo,
seiscientos minaretes,
un mar con petroleros rusos
y la decadencia humeante de esas casas repletas de botellas de anís opalescente.
(Adjetivo de los libros de Pamuk)
A las 5.30 de la mañana pasaba un viejo vendiendo la nada.

Cuando el sol clarea,
el Bósforo saca las lanzas de sus pecios
y las clavetea en mis ojos, gustoso.
Yo los tapo con una bufanda querida, suave.
Alguien, solícito, pone toallas de rizo, mojadas, en la frente.

Pero la plata se cuela en las vísceras
como un enjambre furioso,
viola los pensamientos
y, mis iris, aún en lo obscuro, sólo ven luz.
Luz de Juicio Final.
Luz de tarántula ejerciendo derechos en el cerebro.
Luz de sótano de la Lubianka.

26 de diciembre.
El hambre me lleva hasta el queso de cabra y el té de jengibre de un mirador donde relucen las miles de teselas de cientos de cristales bizantinos.
A las diez de la mañana, el Bósforo permanece impasible
y se asemejaba a Zeus, emanador de rayos.
Todas las luces del mundo caen sobre mi cuerpo.

La camiseta recuerdo de Bilbao,
los vaqueros negros,
las botas para la sierra,
la blanca camisa
se cubren de plata. Argento soy.

Interrumpiéndolos, abro los ojos y me ciego.
Voy a caer. Como Ícaro. Voy a caer. Como Ícaro.
Dura tres segundos el trance volátil. Tan doloroso como exquisito.

Ahora, Yül unta aloe vera sobre los párpados, en Nisantasi.
Y destierro el color moneda cara en un café de Beyoglu.

Desenlace
Son las ocho y Madrid camina hacia mí en un taxi.
¿Cómo te has curado?– me pregunta el sanador.
Con quesos del Kurdistán,
tés de especias desmenuzadas.

Y siete gotitas de Estambul

III.

Me evita de forma deliciosa y correcta. Ha sido bien educada.
Transige con mis manías y las incorrecciones.
Con la cabeza inflexible.
Con que lleve el pill box rojo con los zarcillos verdes
y me manche con los Lindt cada vez que los como.

Soporta los cambios de humor y el entrar en los hoteles con el pie derecho. O que me sienta más de epigrafía que de ataurique.
Que abandone la temible Lexa menudo

Aguanta el eterno desorden,
los destierros (próximo: desierto de Namibia),
los bailes desquiciados que acaban por los suelos,
las botas de ante rotas de tanta vuelta.

Me evita.
Pero me concede el derecho a tener una rutina con el café.
Y unas costumbres –traviesas- pero costumbres.
A la vez que es pertinaz ansia por alcanzar los segundos,
las teclas negras de la pianola.

Me evita.
Sus pestañas enormes y rizadas cayeron hace tiempo sobre los ojos de pez globo.
(¿envenedador?)
De vez en cuando quiero volver a ella, pero no está.
Acaso se la oye respirar detrás de las cortinas del dormitorio,
cuando a mi amor le canto bajito Los Piconeros.
O cuando mi cuerpo se mece a ritmo de What a wonderful World.
Pero ya no estoy en una mecedora.

La infancia se ha interrumpido.
Ella lo sabe y me evita.
Yo creo saberlo hace tiempo ya.

Por eso ahora escribo con mayúscula mi nombre
y siento que les mando a los fémures hacia donde tienen que ir.

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