En el centro del cráneo, algo parecido a una oblea,
acaso una piedra que tiraran al estanque.
El pelo, ralo, formando círculos ajados en torno a ella.
Son los años de mi Tiempo.
El trozo de espejo es mi conciencia,
por eso lo despierto con amoníaco cada mañana. Necesito que brille.

Aparentemente, todo está siempre en su sitio.
Aparentemente, todo está hermanado, como en tantos días de cada mañana.
De cada hora de esta buhardilla.
Los granos de café subsumidos en su color mestizo,
el carbón del sahumerio en su punto rojo almagre,
los libros sufriendo su vértigo de Menier,
(Diario íntimo de Kierkegaard sobre Inferno de Strindberg).
(Un grito rabioso de Bernhard perturbando la calma del poeta Wei, que le susurra: No, hermano Thomas, yo llevo doce siglos muertos. No me llagues)

Así que…Todo el caos vive en su sitio.
Mis pantalones siguen su labor de deshilacharse,
los pies de la correhuela luchan por invadir el terreno de la albahaca,
una alfombra de jarapa sigue desquiciándose,
las viejas cicatrices del hombro se mueven acompañadas por las arrugas y la feria de las manchas de la edad.

(Pero falta algo en el aire, como en cada día del aniversario).

El oxígeno viaja sin alegría, como hipnotizado,
por más que le insufle cafeína o humo del tabaco de liar.
Hay una quietud pasmosa, una calma idiotizada; la caoba de la mesa volviendo a su árbol primigenio.
Contemplo el icono sagrado: El grabado de Roskilde, como cada 4 de abril.
Lo tenía la mujer trigueña entre sus manos
y gritaba ¡Míralo, míralo!
¡Míralo, míralo! Cuando me acercaba a ella.
Al romperlo, sus cristales acabaron en mi cara.
Y su ¡Míralo! desapareció bajo la culata del fusil.
Era tan pequeña. Tan rubia. Debía tener mi edad.
¿Qué hacía una campesina con un grabado de Durero, protegiéndolo contra el pecho, mostrándolo como un antídoto contra el mal?

(Asfixiante, este reposo que tiembla).

Cabeza como racimo de uva. Los cabellos, como sarmientos.
Epidermis muerta bajo el fuego de mi Gewehr 43.
Vid, color violáceo.
Las manos, agarradas a aquel marco, de pronto muertas.
Una condecoración para el joven recluta, algo que celebrar en la ciudad danesa de los reyes. Se alzó la supremacía sobre los vikingos, después de muchas cervezas.
Al amanecer, volví.
El racimo había volado y sólo quedaba, en el suelo, La Melancolía de Durero.

(En el aire falta algo; algo que lleva ausente lustros enteros).

Aquella mujer, amando a alguien, celebraba la vida.
Y yo aborrezco de la mía, me rodeo de su Melancolía,
el cuarto humor del hombre,
el que, alterado, provoca la locura.
Yo no estoy loco. Yo no rumio palabras por lo bajo. No quiero la soledad.
Estoy solo porque todo se fue. Yo lo espanté aquel día de abril.
Ahora, la vid podría tener nietos, mecerse bajo los brezos,
tostar pan negro, acariciar el pelo cano del marido.
Y sentirse orgullosa de una existencia apacible en la nórdica Selandia.

(Las velas se corroen y tiemblan, asustadas).

Yo soy el perro enflaquecido al pie de la Melancolía.
La vid me mostró el grabado, cuando vio su Muerte en mis ojos.
Me enseñó lo que yo sería, hoy, cuarenta años después.
Un anciano decrépito, que ya pintaron en el XVI,
repujado en esta buhardilla, rehuido de las gentes,
carcomido por el cadáver joven de una niña de veinte años.
La vida me da el Tiempo que yo le robé.
Viviré cientos de años, rememorando un 4 de abril.

(En la vecindad, alguien llama al antiguo comandante alemán “El guerrero loco”.
Los niños miran fascinados el ojo de la buhardilla.
Dos paredes recubiertas, palmo a palmo, por “San Jerónimo en su celda”.
De un maestro renacentista llamado Durero).

Fotografía: La Melancolía (Alberto Durero).

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