Precedido del Oratorio para Viernes Santo de Doménico Scarlatti

No, no insistas en ello.
Hielos derretidos en medio de los ergs
¿Qué clase de mentira se orquestaba?
Las vides celebraban tus años,
yo misma quitaba importancia a la existencia,
pensando que tú eras un nocturno, una suavidad pequeña y tibia,
experta en que le sajaran heridas, un ay otra vez,
auctoritas en sedarlas y convertir tu piel en membrillo, cabello de ángel,
siempre en la boca de los ciegos un apelativo hermoso para la envoltura.
Decenas de gentes desarrollaron más sentidos para conocerte.
Nunca bastaron con cinco.

No insistas en que las Parcas son transeúntes de cualquier calle
y practican el arte de la cetrería.

Era perfecta tu mano, descansando sobre la sábana de hospital.
Geometría de los zellij, recta sobre curva.
Hotel de reposo, zafio, para último trayecto,
como un Hopper triste y desangelado,
carreteras de Ohio por delante.
Qué tesón el mío en recorrerte el brazo y dejar en él señales de uñas rabiosas,
tu ADN habitando la cutícula.
Mi huella dactilar, inquieta, descendiente de la tuya.
Los dedos bailando un tango
el farolito de la calle en que nací
lenta la milonga sobre tus venas. Lenta la sangre, cada vez más lenta.
Olor engañoso aquel azul del camisón bueno,
el que creaba barbechos en tu cama de siempre, la de caoba y taracea,
tan alejada de los hierros de ésta.
Mi figurita de Escher, medio mujer, medio ser alado,
me mirabas, me mentías,
como si aquélla fuera la habitación de Lanjarón,
ese lugar de tu libertad joven, antes de que te engullera la carnicería de la vida.

No trates de convencerme de que Penélope era un ser fascinante,
para que yo te espere
,
cuando cada segundo en el abanico de la inmortalidad sin ti,
cuando tus ojos ya no miran las luz septembrina de la muralla
sino el pomo de una puerta que se te abre,
libre tu cuerpo, patricia mía, bella donna, de cables y ponzoñas Pfizer,
libres tus clavículas para no soportar más peso,
aliviados tus huesos, armadura que -dicen- viene del polvo.

No, no insistas en que me adentre en la jaima
y amontone la tristeza en un silo de Meknés.

Tú presentaste siempre ese fin,
hablaste largo tiempo aquel verano de un viaje,
de que no cabía más tristeza en tu cuerpo regio, lalla.
Querías seguir un ovillo, salir de la Casa de Asterión,
volver a la tierra para nunca más dejarla.

¿Por qué no te detuviste?
Tan sólo arroparte en tu lecho, hija del jerife,
escuchar un martinete mientras contemplabas la cal nutricia,
los restos del verano llegando hasta las sábanas de hilo.
Pupilas dilatadas, última visión, la morada de tus padres.
No te dejaron,
no te dejaron.

(En el cajón, guardado, un vestido blanco, zapatos del 38, un peine de carey.
Arreglos mínimos, tan tuyos, para convertirte en planta silvestre,
tu pecho contra las simientes,
tu boca, regando la calma del primer otoño sin ti
).

Fotografía: Detalle del retrato de “Giovanna degli Albizzi Tornabuoni”.
Guirlandaio (1489-1490). Museo Thyssen-Bornemisza. Madrid.

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