Por Carmen Moreno.

El tiempo que transcurre desde la publicación de un libro de poemas hasta el reconocimiento del autor o autora del mismo no siempre es igual. A veces, sólo hacen falta meses, pero en otras ocasiones es necesario que pasen años, o toda la eternidad.
La incógnita a despejar suele ser (aunque la historia de la literatura está llena de olvidos injustos e imperdonables) la calidad del poeta. Pero, ¿cómo se puede reconocer a un poeta de calidad?
Hay escritores con genio suficiente para publicar en editoriales de más o menos prestigio; autores con los amigos precisos para llegar a éstas; otros que son profesionales de los premios.
El caso de Carmen Garrido es uno de ésos en los que la poesía acaba por trascenderlo todo. Y, una vez leída su obra se llega a la persona. La cordobesa sigue trascendiendo desde su humanidad.

¿Quién supo de Fernán Núñez, antes de la Garrido? Tal vez nos sonaba el nombre de un pueblo que se muestra en su nominativo latino (romano) y seduce desde el Oriente.
Fernán Núñez… Fernán Núñez… Fernán Núñez… y se te llenan los ojos de agua. Porque ella, la poeta de pelo azabache y ojos negros profundos, dice el nombre de su pueblo y regala una imagen calma de la Andalucía de siempre: potente, sanguínea, sentimental y también profunda.

La Garrío la hubiesen llamado los del 27 porque su acento canta coplas llenas de fuerza. Escondida en la habitación de su abuela mientras se pone los tacones que sobrepasan sus pies de niña y el espejo le dicta versos que, más tarde ella compartiría:

ya lo sabíamos, pero ésta nuestra madrugada me lo grita:
el único vocabulario es el del amor
qué bien lo conoces.
de pronto, el futuro ha llegado
y no lo quiero
quiero ser estampa contigo, fotografía en sepia, con polvo encima,
abandonada en el álbum de los nietos

La Garrío, cantaora de raza que presume de andaluza y cordobesa, se pone su sombra de paciencia y se sienta a escribir. Y gana, como quien no quiere la cosa, un premio importante y, entonces, la gente le da importancia sin saber que ya antes ella era la acequia de los patios y las flores de la Alhambra que sólo por ella nacieron en Córdoba.

Una mujer de bata de cola posmoderna que puede escribir:

Hubo un tiempo en que mis ojos detestaban tan profundamente la luz,
que abominaron de Dios por crearla.
Qué necesidad de suprimir las luminarias del mundo,
de postergarlas al rincón del Averno.
Qué necesidad de hacer el amor a los habitantes de la noche, de amamantarlos.
A ellos, a los inadaptados,
que corren en contra de la supuesta belleza del alba.
Yo quise ser una inadaptada,
una groupie de la noche,
del romanticismo del patio andaluz y de la pleitesía a mis manos,
instrumento escribiente y servil.

Y sus manos le perdonan y hasta Dios le deja una nota en su almohada en el que le confiesa: “simplemente lo siento”.
Carmen pasea por las cruces de mayo, se inventa las sombras cordobesas remueve el viento poético e inventa las palabras que, luego, todos creemos haber dicho alguna vez.

Yo me imagino a Carmen cogiendo un tren de madera que la lleve a casa de la Ajmátova, allá en Rusia. Carmen come naranjas en el vagón y con la piel rugosa hace pequeños sombreros para sus muñecas. Imagino a la Garrido oliendo a limón fresco y a agua de aljibe, mirando por la ventana del vagón mientras el universo inanimado le sonríe.
La esperanza es la de Job. Ella es hija de la espera, de la fortaleza de mujer que no le permite llevar la rodilla a tierra. Es la hijastra que no desespera, pero llora por la mujer que la tuvo en brazos y le peinaba lentamente.
La imagino, ahora, tomando té con la rusa. Ajmátova le pregunta por Fernán Núñez y ella sonríe y sólo acierta a decir: es el lugar donde el amor tiene minaretes. Y ambas sonríen. Carmen habla de la noche y la sumerge en lo oscuro y le canta una nana:

La noche tiene el cielo de las grandes luces
y la tierra de color farola.
Entre medio queda el país de los quemaos,
los que voltean las horas, los biorritmos y los poemas.
Ballantine’s, edredón ajeno,
amantes en cibercafés o rayas de materia blanca.
Mientras se canta Desenchanté en el garito,
los negros del desierto suben vallas (o se quedan en ellas),
niños de la ESO mandan en las calles,
los de Prosegur cabecean,
los artistas fracasados tocan el
piano al último cliente
y las putas hacen el búlgaro a algún transeúnte ocasional.

La diferencia entre un/a buen/a poeta y un/a gran poeta es la humildad (quien se sabe grande no tiene que demostrarlo). Y cuán humilde son tus manos, Carmen.

La diferencia entre un lugar plácido y otro que sostiene la órbita de la tierra es que en unos los poetas pacen, pero los otros, ay, los otros paren a los grandes poetas.

Carmen Moreno
Filóloga y poeta. Editora de Oceanozoe.
Autora de Cuando Dios se equivoca (EH Ediciones, 2010); Como el agua a tu cuerpo (Vitrubio, 2009)
Premio Andalucía Joven de Arte
Premio Internacional de Poesía de la Orden de Quevedo
Premio Nacional de Poesía Taurina
Asesora del INJUVE
Colaboradora de Revista de Letras
Directora del blog letratlantica.blogspot.com

Carmen Moreno escribió esta reseña como acompañamiento a un poema mío en la Revista de Feria 2010 de Fernán Núñez (Córdoba).
La primera vez que la leí sentí que estas mismas palabras, esta vinculación entre mi alma y la campiña cordobesa, no hubieran podido ser escritas con más profundidad, con mayor conocimiento. La Moreno es grande como poeta y hermosa como persona. Nos hemos aprehendido la una a la otra, fruto de una amistad cómplice, fruto del amor por la misma tierra.
Fernán Núñez me da la vida, es el refugio en el patio silencioso, la lima del abuelo, las conversaciones de madrugada, los pasos en la callejuela.
Nació mi primer libro en el mismo lugar en que vi la luz.
Cada verano colaboro con su Revista, para mí no hay mayor honor. Aún mayor, con las palabras de una mujer como Carmen.

Fotografía: Capilla de Santa Escolástica. Fernán Núñez. Obra y copyright de Juan María Vargas.

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