NADIE APLAUDE A EUGENE O´NEILL

Omnia mea mecum porto.
Sin embargo, cuando el Plata desemboca en ti (nunca al revés, aviso para los incautos) y se convierte en tatuaje, todo lo que una lleva consigo, se desguaza en las entrañas y huye en previsión del ruido y la furia que aparecen nada más arribar a esta Gotham, Santa María de los Buenos Aires.
Y si lo que guardas es algo suave y cálido, pequeño, con reminiscencias de amores y sombras de pleno julio, todo ello se hace embrión y se enquista en el diafragma, mientras la epidermis renace, transmutada en carey o marfil, material bello pero consistente.

Mi cabeza fue un batiscafo, mientras el resto del cuerpo fue perdiendo con el paso de los días, hasta quedar solamente los ojos, unos ojos enloquecidos, incapaces de captar las miles de imágenes que intentan seducirlos, provocarlos, imperativamente llamarlos, todas a la vez, como hijos que demandan comida, eternamente hambrientos, nunca satisfechos. Mi propia anatomía me ha ido abandonando poco a poco y, en ese empeño occidental de ponerse nombre, de concretarse en algo, me he estado buscando en cualquier resquicio de la avenida Callao, sita en La Recoleta, cuarenta y ocho horas y diez mil kilómetros después de haber dejado mi piel de serpiente en Ezeiza.

La Ciudad Santa del Flaco Orsi ofrece veinticuatro horas de posibilidades para hallarse a una misma, minutero sin descanso para reemplazar a la otrora mujer ibérica; hoy, perdida y deslavazada.
Teselas del Yo se han ido quedando entre los cientos de afiches que decoran las calles; los Pichucos que cantan en las esquinas; los Havannas de los kioskos; los rasgueos precarios de Charly García; los cientos de boutiques para rubias rebajadas a mil pesos; las decenas de años que desperdigan las mujeres sin edad que viven en Palermo Viejo; las decenas de años que desperdigan las mujeres con siglos a cuestas que habitan la Villa 31, la Cava o Fuerte Apache; los cambios en el banquillo de la albiceleste; los cabellos desquiciados de una Hedda Gabler.
Ya no hay mosaico que te conforme y el espíritu, adorador de Bonafides en taza de dedal y, por lo tanto, cafeínico y espectral, busca faros en donde detenerse, acaso galerías de espejos borgianos, sillones en librerías con olor a moho, té y paprika húngara de El gato negro, fuelles de acordeón donde descansar, versos de Mujica. Cualquier lugar es bueno si proporciona una identidad. Podría haberme teñido. Otra manera de hallarse. Teñido con los gladiolos rojos con que Oliverio engalana cada una de las noches de mi portal. O con el azul y fucsia de las primeras cinerarias porteñas, que anuncian la primavera, compitiendo en ello con los anuncios inenarrables de La Martina. Revestido del blanco de los claveles, a 5 pesos el ramo. Pero no quedaría bien. Ir disfrazada de una suerte de Butterfly cuando la ciudad se transfigura en panteón nocturno sería romántico y loco, pero mi aliento nunca fue el de un Polichinela.

Si la psique se divide en estas ciudades enormes, donde conviven maderos y sanjudas, burdeles y cenobios, la merca y el armiño, las catalinas y las viejas mansiones del XIX, la solución siempre es la misma: volver a lo sencillo, a lo amorosamente creado. La traducción en Baires: navegar por San Telmo. Dejarse llevar por la marea del domingo, comprar otra vez un Martín Fierro (y una obrita de Tsvetáieva), desayunar tarde boconcchinos de mozzarella y lomos tiernos, regarse las venas con un Trapiche.
Cuando el mundo es un Kursk en el que respirar es tu último acto como ser humano, la cal de los conventillos, los colgantes de las collas, el órgano de la iglesia de San Francisco, la carnalidad de Isabel Sarli en los carteles de época te insufla el oxígeno, te llena el pecho, te conmina a ser como los demás que llenan la plaza Dorrego: un homo habilis, un creador, alguien que mercadea con lo que sus manos fabrican.

En una de las abigarradas paredes que decoran el Todo-Mundo, como un Pantocrator alucinógeno, se alzaba el cartel de la Metrópolis, de Fritz Lang.
Allí, parapetada entre un viejo bolchevique y una especie de Madame Bovary -si ésta hubiera llegado alguna vez a vieja- contemplé aquella antigua imagen robotizada, desnuda y bruñida con afecto. Quizá ésa fuera mi alma desde que llegué, la imagen en ciencia ficción de la antigua Circe, sólo que poluta, aplastada por el ruido del gigante de cemento, algo cirenaica. Una mujer que recorre las galerías subterráneas de esta urbe venenosa, alienante y babélica pero tremendamente hechicera y dulce a su placer.

Sin embargo, la imagen de Lang volvió a emigrar a su paraíso del 2.026 y en un acto animal, en una pulsión tribal, mi mano agarró la pluma –que dormía en el gabán desde meses atrás- y empezó a escribir estas líneas sobre el mantel de la casa. Entre el dibujo de un gato cansado y el anuncio del ojo de bife con papa rota, el Faber-Castell se fue deslizando, poco a poco, como levantándose de una antigua convalecencia. Líneas medio rotas entre aceite de maíz y aceitunas negras, tinta sobre los dedos que se empujaban narrando este álbum de almas y parajes. Vocabulario lunfardo, tedio de la siesta, notas de Tango Project y un alfarero haciendo cosquillas a las vísceras, creando del mismo lodo como los habitantes de San Telmo, volviendo a lo más primitivo: narrar desde lo que el ojo atesora.

En esta tarde porteña, el embrión, antes asustado, vuelve a tener plumón y recupera la serenidad. Desde aquel día, el alma se viene reconstruyendo, mientras la cabeza delira, sin más anestesia que los páramos islandeses, donde se pierden los viajeros, donde pretendo enterrar la cabecita abotargada a ritmo de novela negra. El espíritu sigue haciéndose mujer, calma plena. Y así, ya, desde hace siete días…

Ayer, Eugene O´Neill volvió al Teatro Regio. Estreno de “Viaje de un largo día hacia la noche”. Actuaciones memorables de Daniel Fanego en el papel del alcoholizado Tyrone y de Claudia Lapacó en el papel de su esposa Mary, morfinómana y suicida. Espléndidos. Sin embargo, el público sólo les aplaudió en dos saludos. Congruente. Teniendo en cuenta lo que los ojos porteños descubren, enloquecidos, cada día.

Fotografía: Escultura de La Geografía. Plazoleta de San Francisco. Barrio de Montserrat. Buenos Aires.
© Carmen Garrido

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