BOQALA AL ZAREVICH

Yo me volví hacia él, y le miré fijamente: era rubio, hermoso y de gentil aspecto, pero tenía la ceja partida de un golpe. Cuando le manifesté humildemente que no le había visto nunca, me dijo: -¡Mira, pues!- y enseñome una herida en la parte superior de su pecho.
(Canto III de El Purgatorio)

I
Tenía que venir hasta el hemisferio austral
para volver a encontrarme contigo, Vassili.
En el intermedio entre nuestro último enero y el hoy,
han soplado tantas sudestadas que mi cuerpo ha cambiado:
se ha humedecido, se ha poblado de dunas.
Plena de oxígeno y noticieros, mi ser divino.
Sé que la arena es al desierto, como los periódicos a la mañana,
irrefutable estas máximas, que crean los hombres.

A lo largo de 270 días, el interior giró
como si el primer huracán hubiera nacido en mi útero.
Imagínate, Vassili, ese viento furioso, atroz…
Llevándose las antiguas secreciones, las costras de mi Purgatorio,
las caras de los violadores de la fase REM.
Consiento estas tormentas tropicales,
que arañan endometrios
y los convierten en salvoconducto fértil de malvones,
plantas de la moneda, peonías, ranúnculos.
Dejo, poco a poco, de ser mujer.
Fémina, ahora, convertida en humus,
para otros versos, otros diarios de a bordo.

Cuando un viento sopla en las entrañas,
arranca techos de galpones (sin traumatismos),
venas porta,
creencias anímicas,
las leyes de alquiler de los súcubos que habitan ovarios
y hasta los prejuicios sobre los grandes intocables.

Desde que llegué a tu patria, a la pampa húmeda,
hablo a diario con las grayas.
Tú me recomendaste a esas ancianas enloquecidas:
Llegado el tiempo, agarra un Lamborghini
y aterriza suavemente en las custodias de las Gorgonas.

Son las carcajadas de estas viejas un trasunto de hienas,
ríen sin vergüenza como lo haría un blasfemo dentro del templo,
o un espíritu atormentado sobre la tumba de su asesino.
Ríen con la certeza de que van a morir.
(Conocí a una india antiquísima, viajando en ómnibus por Tandil.
Oraba todo el tiempo.
En la televisión, Morgan Freeman y Jack Nicholson eran vecinos terminales de una habitación hospitalaria.
La india-tótem interrumpió su silencio para decirme con certeza:
“Sólo el 16% de la población quiere conocer la fecha de su muerte.
Ellos son los únicos sinceros que se desternillan de la existencia”).

Por eso carcajean estas tres mujeres grayas,
que comparten un solo ojo y un solo diente,
que me imparten un máster en filosofía vital,
posgrado de varios meses con previsto resultado final: asesinarlas.
Hasta que corte la cabeza de Medusa,
la lucha con ellas no habrá terminado.
No, Vassili.
No regalaré la testa a Atenea ni la exhibiré en un bolso de Versace.
Mejor la haré reposo para mayo, ensemillada,
abonada con yerba mate,
cebando para la eternidad la vieja fiera.

II
Ayer, cuando el espíritu descansaba y no había presagios de sañas,
apareciste, Vassili, débil y alado en un canal de televisión.
Formato tres por cuatro para ángeles foráneos.
Tú, el más valiente, escondido, enconado,
cuando deberías ser, mi hombre de quince años, el gobernante de esta jauría.
Temblabas, espectral, debajo de los focos.

En la mesa de la izquierda, jugaban al póker alumnos de Maquiavelo.
Caras de Los borrachos de Velázquez.
No hay Medicis, sin embargo, en la Argentina.
Mujeres gobernantas, disfrazadas de Evita,
alcaldes enamorados,
gobernadores de provincias ex conductores de F1,
diputados con tatuajes,
curas pedófilos,
espías con locutorios,
caudillos mancos,
educadores gobernando revoluciones adolescentes, que cortan quince avenidas.

¿Por qué apareciste, Zarevich, en medio de estos histriones?

En la mesa de la derecha, los bufones de la corte.
Un chocarrero viejo, adorado por la masa, vestido con tafetán blanco, sintiéndose Rey Sol, Calígula amante de prostitutas de conventillos, rodeado de la púrpura real que el pueblo otorga al estúpido sabio.
Antiguas amantes de padres de la patria, ahora reconvertidas en momias robotizadas, de expresiones bobas, colmillos afilados para morder yugulares. Musas de Rembrandt y su Tratado de Anatomía.
Periodistas que velan las noches en busca de derrumbamientos, mujeres embarazadas desaparecidas, luchas intestinas por el papel celulosa, proxenetas orgullosos de serlo, travestis que pululan por el Sheraton o el Marriott.
Plumillas avivados por el rosa de los infieles, por los cuerpos mutados de las diosas, por los romances ubicados en lofts y los almuerzos con divas octogenarias.

¿Por qué fuiste mencionado, en medio de los fantoches?

Tú, que guardas la serenidad de la muerte en tu kibisis,
que convertiste el delito en elección,
la prohibición de descansar en tierra sagrada en necesidad de reposo junto a Proust o Morrison.
Tú, que apareces rubio, guerrillero, tembloroso, en las fotografías de entonces,
que sabías de lo repulsivo del salario y la costumbre,
que detestaste al Kafka oficinista y su penosa cucaracha.
Tú, que odiabas a Gregor Samsa y admirabas a Plath, a Pizarnik, a Storni.
A Byron.
Mi Zarevich, ¿qué hacías entre monstruos?
¿Por qué no te quedaste, como vives, alentando la lucha de las almas?
¿Por qué viajaste desde Montmartre a este cenobio habitado por prestidigitadores y saltimbanquis?
¿Por qué me has hecho llorar toda la madrugada y volver a rezar,
volver a implorarle a Dios,
volver a arrodillarme ante Él
y pedirle que te devuelva a tu lecho, a tu nicho dulce,
desde donde me cuidas, me alimentas, me pacificas?

Porque tú, Vassili, eres Céfiro que enseña,
aquilón que empuja hacia lo antes insalvable.
Vuelve en ti. Vuela hacia Lutetia.

Te dejo, a pie de tumba, un Donne, variado:
Por que tú fuiste todo lo que muere
Y heme aquí ya no engendrada…
¡Ni por ausencias, ni por sombras, ni por muerte!
¡Ni por cosas, mi Zarevich, que nada, nada son!

Fotografía: La muerte de Séneca. Manuel Domínguez y Sánchez. Museo del Prado. Madrid.

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