NON NATURA

“Cambalache”…que allá en el lodo nos vamos a encontrar”. Más tarde, Eladia Blázquez escribiría: “Vamos en montón, bien alineados/todos mezclados, todos mezclados”. Afortunadamente, los escritores se equivocan algunas veces.

I
La sangre que recorre Buenos Aires navega lentamente por inmensas avenidas: Callao, Rivadavia, Córdoba, Corrientes, Libertador o Santa Fe. Los autos enquistados son los coágulos de la ciudad, tranquila y mansa en su interior pues sabe que sus embolias son pasajeras.
Este leucocito viaja en remise un viernes por la 9 de Julio. Fin de semana, noche. Esta yugular es la Quinta Avenida del Sur, no hay Castellana que se le parezca, ni Paseo de Recoletos, demasiado romántico y con tintes de cielo velazqueño a estas alturas del año.
La 9 es una porteña morocha y de veinte años, eternamente desprejuiciada, voluble, con esa seguridad que otorga el saberse casi inmortal. Se mira en los espejos de sus rascacielos, James Stewart de La ventana indiscreta, conocedora de todas las subversiones que ocultan los cristales tintados de los departamentos, las oficinas, los despachos desde los que se dirige la Argentina.
Detesta la avenida el sol, no luce espléndida con él. Es un privilegiado el que la recorre a toda velocidad en taxi, con esa forma casi dolorosa de conducir que tienen los porteños, acompañados del bandoneón o el periodista desde la cancha futbolera.
Los coches viven crispados, se rozan, mientras los viajeros vuelan presos de la adrenalina, sin cinturón, apretándose unos contra otros, con esa seguridad que brindan los cuerpos, aun los desconocidos, cuando el peligro acecha. Es dulce el vértigo, reiniciar el camino cada noche por la misma ruta.
Hace un año, pasando unos días en Copenhague, sentí algo parecido a este recorrido por la avenida de los argentinos. Abrí los ojos, mientras estaba colgada boca abajo de un montaña rusa del Tívoli y me ubiqué perfectamente en la locura del mundo al revés. Supongo que los collares de esmeraldas de la Reina Margarita estarían lloviendo, que las campanas de san Federico golpearían el suelo con el sonido de una muerte papal y que las miles de velas de aquella ciudad quedarían flotando en medio del agua, los canales vacíos.
Me siento igual , déja vu, entre los fluorescentes del techo de la 9. Toshiba, Personal, Apple, Lanvin, un torero perfumado de Loewe 7, un Porsche Cayenne, los tacones imposibles de Sarkany, RoC Multi Correxion. De pronto, la cara de Alfonsina Storni, perdida en este tsunami del XXI, descompuesta su cara de muñeca, sin amigos a los que preguntar en qué idioma habla ahora el mar, qué le pasó al Paraná, si la playa del Plata sigue siendo apta para morir.

II
A las 00:09 horas del 23 de septiembre entró la primavera. Espléndida la estación en el hemisferio Norte, trae memorias del azahar permanente, las caras al sol en el Parque de María Luisa, las buganvillas estallando en los jardines del Alcázar cordobés, mientras Colón sigue reverenciando a Isabel I.
Pero esta primavera es septembrina. Apta para regias mujeres, apta para lutos y duelos.

Y digo regias mujeres, porque son sobrenaturales éstas casi niñas que aparecen por todas partes en los anuncios porteños. Cuerpos de un canon clásico vergonzante que todo lo cubren, incluidos los párpados de los ojos, que sólo son capaces de avizorar suntuosas cabelleras trigueñas, soberbias epidermis, piernas como esqueléticas columnas dóricas, que las sostienen y las elevan sobre las esquinas.
Vitamina, Rapsodia, Awada, Chocolate, Ayres, Uma, Ibarguren, Desiderata, Prüne; sus logos y los eslóganes para ser in, pretty, cool, glamorosa, para tener el must have en Miami o Punta del Este… Alimentar el alma con un buen fondo de armario enloquece a aquél que mira a las alturas. El imprescindible neologismo anglosajón se cuela en cada anunciante y lo divine, marvellous, trendy, fabulous sustituye al “qué linda te ves”. Chicas delgadísimas-carita tuberculosa-pozos en las clavículas se suceden con vestiditos baby doll; shorts de flores; vestidos étnicos; color rosa Dior, el imprescindible petit robe noir y los corsés que estrechan la respiración y el estómago, ese habitante sin derecho a sorrentinos, convertido en baloncito intragástrico.
El sueño de la belleza produce monstruos. Creo que estas no-mujeres, con la cadera que nunca creció, con el pecho aplastado y la mirada lánguida caerán algún día desde sus cúpulas, se precipitarán sobre las otras, las que caminamos por las veredas siguiendo el signo de la feminidad impuesta por la Naturaleza, arreglándonos la vida con el aderezo de la autoestima, escanciándola. Esas mujeres, hambrientas desde hace siglos, que no paladearon nunca el asado del domingo, la dulzura del puré de choclo, la deliciosa sensación de la lasaña derretida en el paladar, del vino abriéndose por la garganta, querrán alimentarse de estas otras, las diferentes, las que gozan con lo trivial, con la futilidad traviesa de la elección del menú del día. Como en la conjura de los Pazzi, no sólo querrán devorarnos el cuerpo, también nos morderán el corazón, para llevarse todo, absolutamente todo lo que lo alimentó. Menos mal que las vivencias son etéreas y particulares. Si no, las señoritas Alfa convertirán las calles en un trasunto de Un Mundo Feliz y la 9 de Julio en el Olimpo de las Afroditas. Menos mal que, por ahora, la avenida sigue su marcha forzada, inundada de frivolidades, pero haciéndose querer para aquéllas que tenemos las clavículas como signos permanentes de interrogación.

En el avión que nos traía a Buenos Aires, aparecía un reportaje sobre una modelo, Sophie Dahl. Su famoso anuncio para Opium había sido un escándalo en la época en que comencé la Universidad. Se criticaba su actitud de absoluto egoísmo sexual, una mujer rotunda amando su propio cuerpo. Se criticó también la voluptuosidad de esa carne, mujer de Rubens, pálida, photoshopeada seguramente, pero no por ello, menos enorme. Recuerdo que en aquel entonces hice una crítica hacia la sexualidad del anuncio. Pero hoy rectifico. La imagen de Dahl, icónica, pelirroja, deseante podría servir de modelo para un Lucien Freud. Ese genio admirable que adora a Kate Moss…

Fotografía: Sophie Dahl para Opium. Ives Saint Laurent

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