Qué necesidad de que seas mi hoja de identidad
Y limpies la lava del Etna, ceniza tras ceniza…
Y el terror/pánico

Ven con tu navaja de monte y corta las ataduras con otras redes
Las conoces, las conoces,
conoces la mirada de los capitanes de esos cargueros que llevan catorce años de mi vida sobre sus popas

Vámonos, llévame
Al patio blanco donde la necesidad no sea el Tiempo sino la paz,
esa pequeña y estúpida palabra de tres sílabas con efectos secundarios y tantas contraindicaciones: estallan las granadas en mi interior mientras la leo y libro 102 guerras declaradas ilegales por la ONU

No hay amor que pueda con esto. Claro, que la crueldad tampoco puede con el amor.
Son dos gigantes que se excluyen, bicéfalos, parte de mí. Guardo a la Bestia en mi interior y guardo la fe en la eternidad, la pasión por otra alma, alta, nacida acaso, del mismo trozo de Tierra. Los dos, partidos en fracción de segundo por una falla y millones de otoños después, reunidos, aquí, tú y yo, en este cisma.

Sé (siento) que acaricias las estalactitas de mi cueva
y susurras en yoruba mientras sostienes cirios de Pascua
Todas las creencias tienen cabida en nuestro ashram
Invocas protección a dioses africanos, pides ligereza a Mercurio. Cada noche
Eres el hombre primitivo que dibuja bisontes en mis entrañas para que sienta el arte
Eres el hombre-lágrima del oficial Rozdevitch, el amante de Marina, la suicida de la montaña. Las risas de las tres chicas de sus poemas de Praga son sesgadas por tu mirada: imperativa, acuosa. Arpía que protege y canta mientras yo exudo teína del samovar
La congoja extirpa mis amígdalas,
las vértebras se convierten en látigos y yo me veo disparada hacia la madrugada como una de esas patéticas figuras de Chagall, criatura voladora, fantasma que desconoce que es espíritu

Amigo mío, tengo una treintena de años y toda la vida por detrás
Extrae las figuras de su mármol, crea el atrezzo de esta Commedia dell Arte,
invéntate mi vida
Ya fui la esposa enterrada en vida del faraón
No deseo el cuello de Nefertiti.

Sólo te pido una hoja de identidad limpia,
escrita con tu letra, con un apellido ruso, tal vez italiano, adriático
Véndeme al mejor postor, que eres tú,

mi único salario…
la única certeza de que quiero seguir viva.

Fotografía: Lucrecia. Lorenzo Lotto.

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