Dime paloma torcaza ¿quién siembra la calabaza, quién alevanta su casa madrugón tras madrugón? ¿A quién se comen las moscas el tifu, la pulmonía, venga tajá la sandía pa combatir la calor?¿Quién lleva cuatro pesetas y un chorizo’n la maleta y apunta en una libreta la estación de Duserdó? Los primeros, los obreros, los lindos aceituneros, los bonitos jornaleros… ¡La morrallita, señor!
(Carlos Cano)

Es bien sabido que la excelsa Ley de Vagos y Maleantes no debiera haber sido modificada en el 79, remodificada en el 83 y abolida en el 95. Quizá, en territorio andaluz, tendría éxito a estas alturas del XXI y las cárceles se llenarían de sujetos de mala vida que viven de la jeta, mendigos de puerta de iglesias góticas , inmigrantes sin papeles que alimentan los top manta, prostitutas que rondan a los niños del SICAB, poetastros y actores de segunda homosexuales, tahúres y zampabollos, parados que trabajan en el tráfico de la jeringuilla en el Estrecho, meapilas e hijos de la inclusa, la gran barahúnda, mefistofélica pero feliz, que puebla la tierra de María Santísima. Deseosos todos ellos, claro, de salir de permiso para ser nazareno en Jueves Santo, vestir de flamenca en la Feria de Abril, del Corpus o de Málaga, darse un paseíto por los patios cordobeses o las cruces granaínas. Eso, a partir de abril. Antes, una escapadita pa los carnavales, que no son la lectura ácida de los bobos y bufones de los altos estamentos, sino, para los que no conocen de la misa la media, el renovado opio de un pueblo que tiende a esa obesidad ficticia que da el estar in albis de todo.

Así aparece mi tierra en los medios nacionales: abotargada de tanta fiesta, despanzurrada en la mecedora, extasiada ante un nuevo Gerald Brenan (travestido de allende las Américas), excrementada sobre los Zurbaranes, los Pachecos, los Juan de Mena, los Alonso Cano… perfecta ménade de cualquier Baco de Velázquez, la sonrisa idiota del protagonista de Los Borrachos.

Y, por ende, aquí y sólo aquí, “desde siempre medraron los manguis”, asegura fehacientemente un Mariano de Cavia, Raúl del Pozo, en su artículo de hoy. El periodista lo argumenta con una documentación minuciosa: “El racionero de la catedral de Sevilla escribía al cardenal Niño de Guevara hace tres siglos: Seis años ha que no he visto ahorcar ladrón, habiendo enjambres de ellos”. Caso, por supuesto, extensible a la actualidad, ya que de los ERES vinculados a Mercasevilla debemos gozar los ocho millones y medio de curritos de a pie, transmutados en una marabunta de cómplices de los von Birmarck que gobiernan. Es por ende que, de 183 prejubilaciones irregulares, se puede extrapolar toda la filosofía vital y la idiosincrasia de un territorio en el que, vaya usted a saber, si todavía se recuerdan entre vinos de las escaramuzas en Sierra Morena contra los gabachos o se celebra hasta la madrugada que Alfonso XII se casara con una mocita andaluza llamada carita de ángel.

Los fondos de reptiles , vaya obviedad aunque parece que tiene que ser recordada una y otra vez, nacen en cualquier lugar donde la obtención rápida de los billetes morados se imponga sobre la dignidad y la honradez. En cualquier lugar donde el ansia por tener un BMW cabrio gris plata y una casita en la Costa Brava prime por encima del deber y de las nueve horas de trabajo diario, ése que ha convertido a tantos en mileuristas y, también, en gentes preocupadas por el futuro de los hijos pero, a la vez, duermen en la almohada la conciencia tranquila. En decenas de pueblos perdidos del interior mesetario puede nacer la tentación de ampliar horizontes por la vía rápida y visitar la Riviera Maya o comprar el segundo plasma para el salón o añadir el hidromasaje al chalecito en la sierra.

Como decía Maquiavelo en El Príncipe, hay hombres que tienen una gran eficacia al hablar, apoyándose en solemnes juramentos ; hombres que no tiene virtudes sino que parecen tenerlas. Es más, esos hombres, si poseyeran en verdad una moralidad estricta, resultarían dañosos; en cambio, fingiendo dicha moralidad son más útiles. Añado que a ellos mismos y a sus acólitos. Las corruptelas y las mentiras, a principios de este abril, se puede aplicar a unos cuantos príncipes andaluces. De Andalucía. Y de Canarias, Valencia, Baleares, Galicia, Castilla La Mancha, Madrid, Aragón, Asturias… Y si extrapolamos… llegan hasta la Francia de Monsieur Sarkozy (caso Alliot-Marie) o hasta la Alemania de Frau Merkel (caso Guttenberg). Ojalá se dimitiera en España por falsificar una tesis doctoral, pero como creo en la bondad intrínseca del hombre, espero ver esos tiempos…

Mientras tanto, los andaluces abominamos de los manejos de las alturas, de las impostaciones de nuestra imagen, de los tópicos que sustituyen a la Modernidad por el añorado Medievo árabe, de las flamencas extranjeras y la España de colorín. Aquí, se currela, señor del Pozo, hora tras hora, se crea, se gastan sudores y esfuerzos, se lloran artículos como el suyo y se maldice al cielo cuando la correhuela se come al trigo de las escasas faneguitas de tierra y, también, cuando se enfila para el trabajo, a la siete de la mañana, esperando que lleguen las doce horas para finiquitar un salario ganadito con ovarios y cojones.
Los espinazos andaluces, y ya no me refiero al pasado, se siguen partiendo. Aquí el que no grita no mama y las lágrimas, como en todas partes, abundan porque estamos en la región con más paro de Europa, no por vocación, sino por olvido. Claro que yo sólo soy una poeta, a la que se supone una vida bohemia, distraída y fútil, parapetada de la realidad tras versitos y lecturas de otros de mi misma especie. Si así es, pues sigamos el tópico. Y esta noche, cuando salga por las tabernas a beber fino amontillado y por los tablaos a llorar martinetes, brindaré por aquéllos que nos consideran zafios y con toa la grasia der mundo, tan sólo para maldecirlos y desearles la mala ventura.

Fotografía: Enfrente de los jueces. Jean-Léon Gérôme. 1861

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