Orihuela, 3 de noviembre de 2011

He tenido durante dos semanas a Miguel Hernández entre mis manos. Sus versos y su vida.

Quería llegar a su casa –por primera vez- como alguien conocido, alguien a quien él pudiera dar la bienvenida en su calle de Arriba, alguien a quien le revelara qué versos, qué amores le azotaban el sueño mientras dormía en la blanda cama, al lado de su hermano Vicente.

He envidiado tanto la época en que vivió. Quizá por eso vuelvo siempre a la poesía de esos años, so pena de estancar el gusto y la evolución. Ciénaga gustosa, en todo caso.
Esa España de letras efervescentes, la de Caballo Verde para la Poesía, Mediodía, Litoral, La Gaceta Literaria, Revista de Occidente, Gallo, Carmen. La que descorazonaba a Ortega y se encendía con las faenas de Sánchez Mejías. La de Espadas como labios de su maestro y protector Aleixandre, la de la Mariana Pineda de Federico. La España del 27 y del surrealismo de Poeta en Nueva York y Oscuro dominio .La que rescató y rindió homenaje a La Fábula de Polifemo y Galatea. La de las tertulias de Morla Lynch o de la madrileña Cervecería de Correos en torno a la cual pululaban Cernuda, Prados, León Felipe, Arconada, González Tuñón, Halffter, Gerardo Diego, todos ellos comandados por el verbo infinito de García Lorca.
Aquel Madrid de mujeres progresistas, artistas y científicas que demandaban un lugar en la sociedad. Algunas, admiradas por Hernández; otras, amadas. María Zambrano, Maruja Mallo, Delia del Carril, Carmen Pastrana. Mujeres como la Campoamor o la insigne Victoria Kent. Un Madrid en el que Hernández puso tantas ilusiones y que le mostró su cara amarga, la que rechaza al forastero. La capital del orbe conocido, ésa que imaginamos los que venimos de pueblos como un laberinto de mil calles, ciudad insomne en la que perdernos los sonámbulos y reconocernos entre los de nuestra especie. Me reconozco en ese Miguel recién llegado de Orihuela, tal y como yo llegué a Atocha un día de octubre de hace seis años. La misma incertidumbre, supongo, la misma sensación inmensa de libertad, las mismas ganas de pintar versos en la Cuesta de Moyano, en la plaza de santa Ana, en el hall del María Guerrero.

Miguel dejaba atrás a sus amigos de la Tahona de Carlos Fenoll, dejaba a Ramón Sijé abriéndose a los paseos por la calle de Segovia, tras el trabajo en la Enciclopedia de Cossío, a las cuasi estepas de Vallecas, al acabar la noche en la nerudiana Casa de Las Flores. Un Madrid que enfatizó aún más su solidaridad obrera, de clase, gracias en parte a las conversaciones mantenidas con el poeta argentino González Tuñón. Entre sus idas y vueltas de Alicante a la capital, Miguel se transformará en el revolucionario, en el poeta de El viento del pueblo, en el defensor de los desclasados durante la guerra.

Aquella España. La de la Universidad Popular de Cartagena de Carmen Conde, la que se convertía en verso en la imprenta de los Altolaguirre, Chamberí alto, tan cerca. La España que acabó –para mí- un 18 ó 19 de agosto con el asesinato estúpido y brutal de García Lorca, que tanto conmocionaría al oriolano y que encendería el comienzo de lo inevitable: la acción del poeta puesta al servicio de las ideas y los principios, el camino hacia el frente, el despertar de la mecha que acabaría con su muerte y con la infamia de aquellos paseos penitenciarios, en los que recorrió media geografía española –Torrijos, Madrid, Palencia, Ocaña, Orihuela, Alicante- hacinado en los trenes donde los presos morían de frío o de hambre. Sumario 21.001. Condenas a muerte, qué cerca vio Miguel a la Pepa. Cuántas veces, mientras en Orihuela la casa familiar se caía poco a poco con una Josefina Manresa exhausta psicológicamente y un hijo, Manolillo, que contemplaba cómo se iba muriendo su padre en la enfermería del Reformatorio de Alicante.

Qué terrible eso de ser confiado y creer que los de tu tierra te serán fieles, comprenderán tus versos, tu forma de vivir, tus valores. Miguel repitió el camino de Federico. Confió en su vuelta a Orihuela, como Lorca hizo con Granada. Ambos protagonizaron las misma pieza de elegía: la delación y el envío a la muerte.

Siempre creí que Miguel Hernández había muerto de tuberculosis. No fue así. El final fue cruento, aún más, cuando en su claridad, el poeta se daba cuenta de que nada se podía hacer por su vida, de que la muerte se le acercaba recién llegando la primavera. Tifus intestinal complicado con una tuberculosis pulmonar aguda. Causa: la humedad, el frío, el hambre, el hacinamiento. Al preso Miguel Hernández le sajaban el pulmón infectado y por él vertía un chorro continuo de pus, que secaba con el papel higiénico que su esposa le traía.

Qué tan lejos esa última imagen de la casa blanquísima de sus padres, del olor a horno de la cocina, de la claridad mediterránea que ilumina el patio, donde Miguel escribía, donde leía las obras que sacaba de la Biblioteca Municipal, la que ahora contemplo desde mi balcón. Cuántas veces no habrá cruzado Hernández esta plaza silenciosa, blanca, que guarda las horas de la catedral, y los pasos de aquel muchacho que recitaba de memoria las obras de Juan Ramón Jiménez.

Qué extraño entrar en el mundo de un Miguel que anhela aprender: joven, inquieto, blanco, orgulloso y con ansias de triunfar, cuyo cuerpo parece haberse cobijado entre las paredes de esta casa, al lado de las albarcas y la vieja plancha de hierro. Qué extrañas estas bungavillas, estos jazmines, las higueras, las sábanas casi abiertas para el visitante, la jofaina, el espejo… Qué extraño sabiendo todo lo que le quedaba por delante que malvivir, todo lo que le quedó por escribir, toda esa eternidad que le quitaron. Pero también aquí, en esta casa,hay atisbos de esa Edad Dorada, de esos años 20 y 30, un tiempo en el que el oriolano se zambulliría de pleno, el tiempo de un Madrid irrepetible o, quizá, mitificado de tan soñado y tan leído.

No recordé nada de lo funesto de su vida mientras estuve en Orihuela. Quizá por la ciudad misma, por sus gentes. Una ciudad tan alejada de lo oscuro, de lo tétrico, abierta, dulce, amable, mediterránea. Quizá no recordé nada del final del poeta por algunos hechos, pequeños, que sucedieron y a los que no encuentro explicación. La mayor parte de ellos, coincidencias, premoniciones, me los guardo. Tan sólo mostraré uno: en la madrugada del día 1, paseando por el claustro de la Catedral de Orihuela encontré una vieja planta de mi niñez. Hacía años que no la olía, que no podía tocarla. En Córdoba, la llamamos “dama de noche”. Yo dormía con ella en las madrugadas estivales, depositadas las varas verdes encima de mi mesilla. Para mí, aquel olor remitía a los años felices en que crecí a la vera de Isabel, en que leía a los Grimm, a Andersen, a Esopo en la mecedora del patio de la casa de mis antepasados.

Quizá, aquella noche, en territorio hernandiano alguien quiso mandarme un guiño, un recuerdo, una pieza para el álbum íntimo, una aviso de que yo también viví una Edad de Plata. Todo pudiera ser.
Una dama, también verde,fue el principio de mi enamoramiento con Orihuela.

Fotografías: Objetos personales de Miguel Hernández. Museo del poeta en Orihuela. © Carmen Garrido.

Anuncios