No hubiese creído todo lo que sucedió en aquellos días del mayo gaditano. Alumbran mi cabeza, todavía, un laberinto de caballo blanco, casas arracimadas que guardan sabios en su interior, un borracho filósofo que despieza la “teoría de las élites” a pie de una alcoba de hotel con olor a san Felipe Neri. Había una luz amarillo Nápoles que guardaba la ciudad como un parasol; se sucedían largas tardes de coches de caballos (era por mayo…)y las buganvillas habían inundado mi boca (guardo en mis entrañas sus esquejes), comprando todo desaliento y vendiéndolo en la Plaza las Flores. El pasado no era ya “la farsa monea”, sino un retazo melancólico, un hilo pegado a la falda (de tanto tejer, de tanto doblegarse frente a la Singer vital), algo inevitable que me había llevado hasta el Falla, hasta Plaza Mina, hasta una librería donde Quintero me hablaba de la otra tierra (la califal), penetrada por su sapiencia hasta las entrañas. Gadir era un coro lunático y febril y en los amaneceres (tres, fueron tres) mis dedos aparecían teñidos del tinto del vino, de vísceras de pescados de nombres impronunciables, de grandes letras constitucionales que hablaban de cómo hay que vivir. Tengo todavía los brazos marcados por aquéllas formas góticas, donde recuerdan la excelencia del uno: el número más perfecto, el que marca la extensión de la vida frente al obsceno infinito de la muerte. Dice la Pepa de 1812 (susurrada por los convetillos de Puerta Tierra): “Puesto que una es la existencia, múltiples deben ser los días y sus quehaceres”. Adobados con mantillo, con la carcajada negra y la bandera blanca del “aquí paz y después gloria”. Cádiz es la máscara -ahora- de febrero, la picaresca de la dama que se sabe amada y se deja, se deja querer porque conquista pidiendo guerra: al gabacho o a la mujer que volverá a caer rendida a sus pies al mayo siguiente.

Fotografías: Gentileza de Raúl Gómez, diseñador de Proyecto Alumbre (Poesía y Narrativa) de la Diputación de Cádiz. http://www.raulgomez.es

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