I

La foto tiene la fecha de tu cumpleaños.
Quizá un 19 de agosto. Calor, puntillas y cordón umbilical cortado por papá.
Foto de cada día: flasH (frente/perfil). Cara tierna/ cara dura.

La neófita loca se levanta el día en que ha nacido poniendo un pie derecho en línea perfecta con las baldosas, 8 en punto, cita con el Doc, cita con la píldora blanquiazul que canta metálicamente: Yo te daré, te daré niña hermosa…

Sonríes y aparece el fotomatón: Bienvenida a un nuevo día… Como si llegaras desde lejos a un pueblo del Medio Oeste, con su bar de paletos y R&B, pseudobarriles que te miran y se ríen de tu pelo con raíces, teñidita, teñidita mi loca.
Pides una Zywiec, rubia, polaca, y la Village Burguer, con todo, pepinillos sí, y mostaza y GranaPadano derretido.
“Conoce las costumbres del país, señorita”, dice el camarero, un doble de Hardy buscando a su Laurel. “Le pondré un extra de jamón de Parma”. Y sí, aceptas y sonríes, formal, como toda provinciana de antepasados irlandeses y tiras, tiras hacia abajo del camisón, hoy no hubo tiempo para vaqueros porque la cita era a las 8,ocho en punto.
Calculas la hora de Varsovia, la de Roma, la de Londres y Dublín.
La calculas desde el Pabellón C,
donde las paredes llevan tapones para no oíros,
los suelos, moqueta para no sentiros,
las ventanas, airbags para que no voléis (Pérgolas hartas de resentidos con la vida).
Te terminas la hamburguesa y golpeas 19 veces la cuchara contra la bandejita…
“Me gustó el jamón: seco y emparedado”…
Y la enfermera te devuelve el boleto: no hay caballo ganador, loquita.
Sigue corriendo.

II

Te dicen: pinta. Y cuidas el trazo, perfecto, te obsesiona ese Hopper.
Te dicen: cocina. Y sonríes antes las espirales de monda naranja, pulposas.
Te dicen: escribe. Y buscas las polisílabas, los sinónimos más dignos. Sabes que fuiste premio de redacción en Secundaria. Tú u otra.
No hay negros en el horizonte, no hay blues ni maquinita para discos.
No hay espigas en la boca de los lugareños ni sábanas al sol ni una cama limpia, sin manchas de ojeras.

Te mira una canción desde la pared y suena la campanita funeraria:
alguien que está vivo ha sido enterrado. Y empieza la fiesta, loquita.

Te dicen: ¡¡¡húndete, húndete, húndete!!!
Y la mujercita se va por el sumidero,
se arranca la piel porque está llena de excrementos y debe permanecer limpia, jabonosa.
Se come los cabellos de la almohada (los que tienen raíz y el propio ADN)
y sus coágulos caen en la ensalada, avinagrándose.
Remueve el cuchillo en la herida, sabe que no saltarán las alarmas por un corte más, cuando esta mezcla necesita salsa extra para ser comible.
Quieres llenarse la aorta de coristas que canten “U ain´t met my girl” y traduce cada grito al francés.
Hay cristales que no se rompen y se conviertes en punzón para labrar su propia figura: la fémina de la que prescindieron sus ocho sentidos.

III

Te dices: Hoy fue el día del Renacimiento y lo estropeé. Debí colocar el azul cobalto sobre el verde y no al revés. Debí subrayar la frase sobre la felicidad y no el epitafio. Debí aliñar la verdura en el minuto impar. Debí sonreírle a Hardy, no a Laurel. Debí escribir sobre cada mota del polvo que se acumula en mi estómago cada vez que exhalo.

Alguien a quien deseas la muerte te brinda la palabra insoportable: Ánimo, loquita.
A puñetazos le asesinas la tilde, las letras y la ahorcas con la O.
Matas a la madre, matas a los hermanos pero te sientes Sharon Tate.
Te dicen, te dicen: Pig, pig, pig.

“Ya está tranquila”, murmuran, murmuran…
Pero el infierno sólo acaba de comenzar.

Mañana, habrá otra foto de cumpleaños: hoy fuiste la Imperfecta.
Setenta veces siete imperfecta y maldita.
Mañana, volverás a suscribir el boletín de la Vida, no te queda otra.
No te dejan otra.
Mañana no será Ohio. Tal vez, Bolonia. Tal vez, simplemente, un dormitorio donde huela a oxitocina liberada.

Todos hablan y te miran en tu cunita de barrotes.

Pero nadie, nadie te dirá jamás: nunca nacerás porque nunca viviste…
Tú, la loca, la loquita perdida.

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