Querida E.:

Ayer me preguntaste por el sonido de los muertos. Ese sonajero de sus gargantas, subida y bajada y anhelo de la vuelta a subir.

No hay tristeza en ello, querida, es, simplemente, la vida que también crea metáforas. Todos los días, esos sonajeros enloquecen al mundo, mientras tú y yo reímos, bebemos, hacemos el amor o vegetamos. Seguirán sonando y no habrá más remedio que escucharlos.
El sonajero de plata del nacimiento/ El sonajero de cenizas de la muerte.
El primer regalo que recibí de niña fue uno de ellos, con un mango labrado, pura orfebrería. Nunca lo usé, claro. Las reliquias deben seguir siéndolo siempre. Quedó guardado en el cajón de la alacena blanca, al lado de la agenda de direcciones, de varias decenas de copias de llaves y los cuadernos de poemas de mi padre, en canutillo azul. Quizá veas en ello algo de lírica. Yo no. Creo que es otra metáfora: la de la infancia encerrada, ésa por la que te sigues preguntando el resto de la vida. No hay infancias felices. Algunos afirman que lo fueron: meriendas espléndidas, padres comprensivos y amantes, luz de los domingos, escuelas sin traumas. No tienen más remedio que teñirla. Nos cuesta demasiado aceptar que el principio de la existencia es malo. Si comenzamos así…¿Cómo seguirá lo demás?
Hay lugares donde los perros se glorifican a sí mismos robándole los cascabeles a los agonizantes. Lo he visto en el reciente viaje. Vuelvo con la frente marchita, cuando debí hacerlo con la mirada alta y rebosante de excitación. Es lo malo de la expectativa y del ADN del soñador. O de haberse quedado, cronológicamente, en los años 40. Y no por Gardel, no por los tangos suyos tan repetidos en el Seat 600 burdeos. Es la magia que transpiraba Buenos Aires a través de los libros. Mientras medio mundo soñaba con París, el otro medio soñaba con Buenos Aires. Habitantes de uno y otro lado se cruzaban en medio del océano, sueños transportados de cerebro a cerebro. Y, ahora, la ironía es que nadie sueña con ellas. Las enfrentó Nueva York o Londres o Berlín o Shanghai. No sé, querida. Francamente, no tengo interés por la Tate, el MOMA o el último prodigio de Zaha Hadid. Me quedo en la bruma de aquellas aspiraciones que navegaban en trasatlánticos, en tercera.

Nada queda de los tiempos del blanco y negro. Argentina es un enorme panteón, de los de La Recoleta, triste y cansado de tanto muerto ilustre. Panteón cansado de sí mismo. Magnífico, rebosante de títulos de familias porteñas de largo apellido, tremendamente óseo ya. Nadie lo visita. Las flores son puro recuerdo, la verja rota, lo cual da una idea de que lo han saqueado, con nocturnidad y alevosía varias veces. Violado. La vieja estirpe en manos de los noctámbulos que fagocitan muertos, recuerdos, principios. Otra ironía: no tiene que rebuscar mucho el porteño sobre la actual identidad de su país. Siéntese en La Biela, tómese el expresso con masitas y mire hacia el cementerio de enfrente, donde reposa Eva, rediviva en la 9 de julio como un Mick Jagger caduco y tristón o los chicos de One Direction, repetitivos, inexpresivos, ídolos de masas que nada entienden. El coche sube rápido por la avenida más bella que conozco (no, no me hables de los Campos Elíseos, no tiene su furor, no arde como la porteña) y Eva viene hacia ti desde un rascacielos, ya con la leucemia a cuestas, ya vuelta a enfermar por otros, que se autoproclaman “sus descamisados”.
El fucsia es el color de Buenos Aires. El color-telo (burdel en porteño). También hay algo de telo en esa transformación hacia no se sabe dónde del paraíso. Mitad panteón/mitad telo. No, descuida, el mayor vicio no es la prostitución carnal. Ése tendría un pase, sería enmarcado entre los pecados capitales y, después del acto de contrición, intentaríamos redimirnos. No, en este telo se vende el alma. Por unas cuantas “lucas”, ten cuidado, querida, te la pueden robar. Los anuncios publicitarios tratan de eso. Los canales de televisión hablan de eso. Se puede robar un alma a plazos y es legítimo y está amparado por la ley y los jueces de los Tribunales Federales, que son compañeros de pupitre y andanzas del privado country de la Evita del 21, autócrata del país. Me gusta lo de Evita del 21, así, violando los números romanos, suena a tango, suena a que es una “pebeta” que sufre lipotimias, tímida y romántica. Ella es la reina que ha eliminado el misterio, que hacina a millones de gentes ante el televisor, día tras día, mientras los testaferros de la baja estofa bailan y se ríen en la cara del que mira. Los payasos se ríen de nosotros, también lo hacían de mí, y nadie se da cuenta. ¿No debería ser al revés? ¿No deberíamos ser nosotros los que nos reímos de los payasos? No, porque estos clown no hacen gracia, son terroríficos y tienen un alma caníbal que todo quiere devorarlo.

He resguardado mi alma durante el viaje. Da miedo que, aun, fané y descangallada, te la quiten. Siempre la necesita una para que le dé mala vida, para escribir, para dolerse, para esas cosas, querida, para las que sirve el espíritu. Me la he traído de vuelta, aunque la lectura de tanta tapa de periódico la ha dejado en observación, anda perpleja e incrédula. Sólo alguien como Tolstoi podría novelar a la Argentina actual, mis palabras quedan cortas.
No sé si volveré. No sé si ella volverá a su ser. En la nevera, un imán reproduce un anuncio de Pepsi-Cola, de los años 30, con una porteña rubia y deliciosa diciendo “Refresh your life”. Tal vez sólo haya que “refresh”. Otra fotografía, la que conoces del salón, muestra un tranvía de 1910, atestado de italianos que se dirigen a sus trabajos. Los que levantaron esa feria de las buena vanidades que fue la Argentina, henchida de orgullo, desafiante ante el mundo, destino soñado por el polizón, por el artista, por todo aquel que quería comprobar que se podía empezar de nuevo la vida.

Empecé hablándote de sonajeros. Son muy propios de septiembre… Prefiero las campanas, ahuyentan el mal, son como reproducciones de ese cuadro erótico del XVIII, El Columpio.
Como te conté, estoy huyendo de la blancura y sus sinónimos en este mes. Opto por el rojo. Me pinto los labios de rojo, el foulard es rojo, mis pensamientos son rojos. Estoy tiñendo mi vida, querida. No quiero que la cal me apague o que el alma se quede estupefacta y enredada por la Circe argentina.
¿Volver a volver? Sólo sé que la próxima vez que vaya a casa, cogeré un vinilo de Piazzola, de Gardel. O nos llevaremos la vieja casette y, en la carretera que va de Córdoba a Guzmendo, cantaremos “Mi Buenos Aires querido”, una y otra y otra vez. Hasta convencernos de que es cierto.

 
 
 
 

 

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