A Carmen Ortiz, por el refugio
Para Ana Castro, por su dulzura
A Ana Rodríguez Callealta, por Concha Méndez
A Daniel Dimeco, por ayudarme a soñar
Todos sois Córdoba
 

Fotografías de Lola Araque para Cosmopoética Web

A principios de octubre, tuve el placer de ser invitada a la novena edición de Cosmopoética, el festival de los poetas del mundo en Córdoba. Es extraño volver a tu propia ciudad de una manera distinta, aún visitando los lugares comunes, los sitios en los que creciste. Es extraño que la ciudad te albergue con versos, propios y extraños, versos de otras tierras, versos en lenguas cuyas palabras hacen más libre la imaginación.
Cuando en la adolescencia leía “Paseos por Córdoba”, del escritor decimonónico Ramírez de Arellano, nunca creí que iba a recitar en el Palacio de Orive, donde habita un fantasma que quedó atrapado en las paredes de la casa, una mujer de nombre Blanca, que por ambición fue condenada a vagar eternamente entre los muros de Orive. Aunque otros hablan de que escapó de aquel encierro a través de túneles secretos que comunicaban con Medina Azahara…
En cualquier caso, fue la iglesia anexa al palacio, una construcción del siglo XII, rebautizada como “Sala Orive”, la que invadió el subconsciente de los poetas que nos citamos allí. Restaurada con mimo, los cimientos del viejo templo quedaban visibles, mientras una grieta enorme, cuajada de sartoria, liberaba las palabras que se iban recitando, cuasi dictadora en ese espacio suyo que habíamos “violado”, grieta con el ceño fruncido ante cualquier atisbo de vanidad, de alharaca, de falsedad poética. Como una Atenea implacable, se erigía en dueña y señora de una sala visitada por grandes como Caballero Bonald, García Baena, Liébana, Francisco Onieva, José Luis Rey, Milo de Angelis, Jorge Fondebrider, Ahmad al-Shahawi, Ruy Ventura, Manuel Moya, Ángel Petisme, Rivero Taravillo, Manuel Vilas, Cobos Wilkins…Y tantos otros.
 
 
El leit motiv de la novena Cosmopoética fue un homenaje a los cuarenta años de la publicación del libro de Castellet “Nueve novísimos poetas españoles”, donde daba cuenta del surgimiento de un nuevo movimiento poético, cosmopolita e innovador, que inauguraba una renovada forma de hacer poesía en los años franquistas, una nouvelle cuisine que denostaba de todo lo precedente con la excepción de las poéticas de Aleixandre, Gil de Biedma y Cernuda. Me es difícil pensar que un movimiento poético se puede definir como tal en la misma época en la que surge y no a posteriori, cuando la Historia hable. Sin embargo, así ocurrió con los Novísimos. No sólo eran los nueves nombres que aparecían en el libro de Castellet (Vázquez Montalbán, Martínez Sarrión, Gimferrer, Carnero, Álvarez, Molina Foix, Azúa, Moix y Panero). Más tarde, dentro del término Novísimos entraron también otros nombres presentes también en esta edición de Cosmopoética: Luis Antonio de Villena, Colinas, Siles, Barnatán o Carvajal.
 
 
 
 
 
La influencia del grupo cordobés Cántico fue notable entre los versos de aquellos innovadores, por lo que ambos movimientos están unidos a través de una estética común. García Baena, Liébana, el gran Vicente Núñez, Ricardo Molina, Miguel del Moral, Julio Aumente, Juan Bernier, Mario López renegaron de los oficialismos para devolver a la poesía el gusto y el senido, la sensualidad y la impureza, la apuesta por poetas de otros países (Milosz, de Polonia a Córdoba), Auden, Montale…Y Cernuda. El poeta sevillano, desterrado física y poéticamente, vuelve a la vida a través del grupo cordobés y su revista. Dice Vicente Carnero de aquellos poetas de Cántico

Es admirable que la llama de los jóvenes que fundaron Cántico supiera nadar por el agua fría de Garcilaso, de Espadaña, del existencialismo impostado y del mesianismo político.

 
El responsable de esta edición cosmopoética, el poeta y novelista, Joaquín Pérez Azaústre, ha convocado en Orive a los Novísimos, destacando su plena vigencia y su apuesta por la trasgresión, algo tan necesario en la poesía de hoy.
 
Al tiempo que los poetas ya clásicos, llenaban Córdoba, los llamados “Emergentes” recorríamos nuestro propio camino, de la mano del gran bardo José Daniel García, flechazo poético el que se tiene con este niño-hombre de ojos negros y acento cordobés puro, purísimo, con el que tuve el placer de compartir mesa y mantel en Puerta Sevilla, junto a otro Emergente, Vicente Simón, maño, buena gente hasta decir basta, poeta retratista de mujeres, tipologías femeninas y Españas interiores y biseladas, negras, tradicionalistas y bucólicas que aparecen en los versos de su primer libro, “El Guapo”, de Vitruvio. Con él compartí codillo, flan con nata, recital nocturno en El Burlesque de la Ribera, cortina de terciopelo roja detrás, jazz suave del Avalon Duo Jazz al tiempo, goce de la noche otoñal cordobesa, que es primaveral, esas cosas que tiene la tierra, extrañas y fascinantes.
 
 
 
 
 
 
 
Esa mañana, compartí Orive y la grieta iluminada tras días de lluvia, con cinco poetas en torno al libro de Pepa Merlo, Peces en la Tierra. Una antología de mujeres poetas de la Generación del 27, que nunca figuraron en las antologías, que fueron relegadas por su condición femenina a un segundo, tercero, cuarto plano. Mujeres como Chacel, Concha Méndez, Carmen Conde, María Cegarra o Ernestina de Champourcin. Algunas, apenas conocidas hasta la aparición de esta antología. Junto a Virginia Aguilar, Nuria Barrios, Pepa Merlo, Pilar Sanabria y Juana Castro, confrontamo sus poéticas con las nuestras, defendimos la necesidad de un revisionismo de aquellos tiempos, la necesidad de poner la tilde en femenino. No por cuestión de cuotas o paridad, sino por cuestión de justicia.
 
El domingo, horas antes de la clausura, volví a Orive al lado de versificadores tremendos y admirados: la profunda y dulcísima Ana Isabel Conejo; el sarcástico y grandioso Jorge Fondebrider (qué descubrimiento); el dueño de la voz más bonita que he escuchado, Fernando Delgado, que nos devolvió a Aleixandre y su Velintonia; los poema llenos de brío y de descubrimientos, frescos, jóvenes, de Vicente Simón. Canté a Lorca, no podía ser de otra forma, allí y en aquel atardecer, hubiese sido una afrenta dejar a Federico, que pulsa desde su tumba perdida lo que hago, lo que siento.
 
 
 
 
 
 
 
Dejar atrás esa Córdoba llena de libros de la Luque, de gentes entrando y saliendo por los jardines de Orive, cerquita del barrio donde nacen las mujeres más guapas de Andalucía (San Agustín), con el sonido acampanado de San Andrés y el ojo poderoso de la fernandina San Lorenzo, se hizo algo casi insoportable. Especie de ensoñación, de territorio mágico esa nueva capital de lo poético, de la que volví llena de ideas y de imágenes. Y con el refuerzo de la ética personal: el escritor debe ser península que se une mediante un itsmo a los continentes. No sobrevive alejado, pero tampoco en la marabunta y la borrachera de la fama. El escritor debe ser monacal, monasterio, refugio de las palabras. Más tarde, sus textos verán el mundo, pero mientras tanto el silencio debe ser su dueño y señor.

 
 
 
 
Tengo muchas cosas que agradecerle a esta Cosmopoética. La principal: el dorar, durante unos días, la belleza, en forma de antigua ciudad califal, en forma de cánticos al amor, la muerte y la existencia. Y, sobre todo, el mostrarme que también otros escritores poseen el mismo principio: el del trabajo en silencio, mezclándose con las palabras, dejándose querer por ellas no más, añeja la Vanity Fair, las exigencias, el palmear a los que se dicen grandes.
 
Volveré en diciembre a Córdoba, revisitaré Orive. Y volveré a la grieta, que aconseja y repite como un mantra: Sé senequista, teclea, teclea, lee y relee y busca tu refugio en el seno de ésta, tu casa.

 
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