© Erin Petson



Para Ana Rodríguez Callealta, una vez más

Desde el primer año en que empecé a cursar Periodismo, se nos planteó el sesudo tema de la tesina final de carrera. Algo sobre lo que deberíamos pensar a lo largo de los años, un ensayo de especialización sobre la rama en que querríamos ejercer la vocación. Tenía “demasiado claro” que iba a versar sobre el conflicto de Oriente Medio, hasta que, en el verano de 2004, recuperé un libro de la editorial Losada, un “Poeta en Nueva York” del año 1943. Volví a releerlo y volví a la savia lorquiana. Y de ahí pasé a Aleixandre, Cernuda, Guillén, en una antología creo que de Cátedra. Dejé de lado cualquier obligación, me di a la laxitud y al sofá y anduve todo un agosto sevillano con los del 27 a cuestas. Y decidí hacer la famosa tesina sobre el surrealismo en la Generación de Plata, a través de las revistas Litoral, Gaceta Literaria, Caballo Verde Para la Poesía, Carmen y Lola (estas últimas bastante difíciles de conseguir). Me hundí en la hemeroteca de una biblioteca de Sevilla cuyo nombre si recuerdo, hasta que decidí gastarme el sueldo en los facsímiles que sacaba la editorial Renacimiento, cuya página web desguacé. Fue una buena inversión. Entre aquellos poetas, me quedé con los tres más “surrealistas”, más avant garde: el Lorca de Poeta en Nueva York, el Aleixandre de Espadas como labios, La destrucción o el amor y Sombra del Paraíso; y con Juan Larrea (mucho menos conocido y un ultraísta que casi no pertenece a la Generación ni tuvo mucho contacto con sus componentes) y su Oda Celeste. Casi no recuerdo cóm acabé la tesina, la nota o la fecha de la entrega, que supongo fue junio. Sí sé que fue un invierno de mucha lluvia y mucha escritura, un tiempo en el que me obsesioné con Lorca y su mundo. Lorca y sus manías. Unas manías, que no sé si han pasado a ser mías o las mías a ser suyas… La tesina nació en forma de libro gordo color bermellón y me olvidé de ella. Pero los surrealistas se quedaron conmigo.
Sí recuerdo que en medio de una búsqueda feroz en la hemeroteca, no encontraba los poemas que quería, los versos de Aleixandre, no aparecían, me encontré con Concha Méndez. La revista era Litoral, claro, fundada por su marido Manuel Altolaguirre. Yo admiraba a Manuel, por su entrega a la poesía, por su apoyo al grupo locamente maravilloso del 27. Fue la primera vez que me encontré con Méndez. Leí versos suyos, muy primerizos, tal vez de Inquietudes y me prendí de ella, pero siempre como compañera de Altolaguirre.
 
Lorca, visto por Antonio Tapies
Esbozo de Concha Méndez, la dama de los sombreros
 
Más tarde, investigando la vida de Miguel Hernández, descubrí que la imprenta que montaron los Altolaguirre en Madrid estaba en la calle Viriato, 35, al lado de donde vivía. Cosas del destino. Como el destino fue hallar en una almoneda una colección de retratos de Lorca “Las 101 postalicas de Lorca”, hechas por diversos artistas plásticas por el primer centenario de su nacimiento. He llevado las postalicas a todos los lugares a los que he viajado, un poco por superstición, un poco por amparo. Son las cosas de los “locos del 27”.
Y de la misma forma, Concha Méndez reapareció a raíz de la invitación de Cosmopoética a participar en la Mesa Peces en la Tierra, basada en la antología del mismo nombre escrita por Pepa Merlo. Cuando tuve el libro en mis manos, apareció Concha. Y los potentísimos versos de Concha, desvinculada de Altolaguirre o tremenda, fortísima, precisamente y “gracias” a Altolaguirre.
Más casualidades. La misma semana en que leía la antología para preparar la mesa me encontré con una de las personas más importantes de mi vida, la filóloga y poeta Ana Rodríguez Callealta, una estudiosa de la poesía femenina contemporánea. Le comenté el objetivo de la mesa: comparar la propia poética con la de una de las mujeres del 27. Y Rodríguez Callealta, que tanto me conoce, me dijo: “Lee a Méndez”. Y en una tarde madrileña, en la plaza Callao, entré en el mundo de sombras y de imágenes imperecederas de la Méndez. Porque ya es la Méndez.
Cuántos paralelismos entre su vida y la mía, cuánto de su “doctrina” sensible y angustiosa he aprehendido o estoy desaprehendiendo… Y escribí para esa Mesa lo que sigue…

 

 
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