Doblaíta. Confitería AGO (Alfonso García). Fernán Núñez (Córdoba).
Fotografía: ©Antonio Garrido

Para Ana, mi abanico

Venía siempre en forma de paquete, con los “títulos de crédito” de la Confitería de Alfonso García. Blanquiazul, mi padre me la entregaba como si fuera una reliquia, que, en cierto modo, había que conservar. Dentro de las tradiciones, aquélla era “nuestra tradición”, secreta, entre ella y yo.

Dentro del paquete, una doblaíta, dulce típico del pueblo en que nací, tierno, muy tierno, hecho de batata, agua, canela en rama, oblea y mucha, mucha azúcar. Encima, decenas de caramelos de anís, que yo disponía como soldaditos en un plato, para luego ser chupados hasta quitarle “la color”.
Ana me hacía/hace aquel regalo desde que nací. Ella marcaba el calendario, un calendario antiguo, telúrico, misterioso, que narraba los tiempos de las cosechas, las siembras, los santos, las fiestas romanas, las católicas. No puedo decir que aquellos fueran “otros tiempos”. Ha cambiado el hecho de que la doblaíta contenga más llanto que canela puesto que ella no está, pero las circunstancias, los avisos invernales siguen siendo los mismos. Y en estos tiempos de monstruos by USA, de RSS, de Thanksgivings, mi tempo sigue obrando de la misma manera.
Llegaba el Día de los Santos y llegaba ese regalo, que ponía en orden al reloj para que comenzase el invierno. El invierno de cocidos, sopas de pescada amarilla, huesos de santo, buñuelos de viento, braseros de picón, gaseosa tibia, leyendas de otras vidas, recuerdos funerarios en forma de margaritas (los crisantemos tienen algo de hombre de otras tierras, nunca tienen el patriotismo tierno de los nardos). El invierno era la noche en un colchón de lana, bajo tres mantas, oyendo los pasos por las calles, que se abrazaban entre sí para no sentir el frío. Los ruidos se hacían más grandes en las madrugás, el viento horadaba las paredes encaladas y atravesaba las sienes. Viento del cementerio, que presidía o “finalizaba” el pueblo; los muertos, nunca vistos con temor, simplemente, dormían en el Camposanto, blanqueados, tranquilos ya en su eternidad. De vez en cuando nos visitaban, las paredes entre lo misterioso y lo real estaban allí bien atadas y nadie dudaba de que acciones y decisiones eran tomadas conjuntamente por vivos y fallecidos, alrededor de la mesa del comedor, con la balleta de pana sobre las rodillas y las manos emfriándose en contubernio con el mármol.

Siempre se asocia lo cálido a esta tierra, pero los inviernos nos dan más memorias para escribir que los veranos, laxos de tanta calor. En los estíos nada ocurría en la realidad, siempre eran tiempo de sueños, de cielos despejados, de cruzar los dedos bajo la almohada y soñar con los amores. En cambio, los inviernos eran terrenales, duros, plenos de ruidos y quebrantos. Las casas se adaptaban a los festejos sacros (que de tan sacros eran paganos): san Rafael, los Santos, la Navidad, la Candelaria, la Cuaresma, Semana Santa, san Isidro… y, al ritmo de ellos, los patios, las despensas, los desvanes, los corrales celebraban lo mismo que los habitantes que los vivían. Cuando unas paredes han fisgado a cinco generaciones, que han nacido y fallecido entre ellas, es fácil que te hablen en mitad de la noche, que te influyan, que te recuerden que esa manera de obrar no sería aprobada por tus manes, lares y penates.

Mientras hiberna la Naturaleza y los campos lanzan su quejío de que nadie los visita, todo el ciclo humano comienza su propia novela, invierno tras invierno.

Tengo en mis manos la doblaíta de este año, en este Día de Difuntos, reposa al lado de otros muros, que dan hogar a una generación primeriza, aprobada por Ana, que también se confunde con las velas, que también sopla mi nuca con sus manos delicadas, aunque sea invierno, aunque ella no esté.

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