La necesidad de un Cuarto Propio, la tan traída y llevada expresión de la Woolf, se tradujo, hace tiempo, para mí, en la búsqueda de un refugio. No es el Cuarto Propio, es mi Rincón, es mi Cueva, como un monasterio de Meteora, rodeada aquí por costumbres adquiridas hace ya tanto que ni siquiera las cuestiono.

Como dice Elvira Lindo, sentarse a escribir es un acto cuasi religioso, así que hay que trajearse adecuadamente para visitar el Templo. Y aunque el Templo no esté en la calle, y ande a la vuelta de la cocina, medias, uñas pintadas (el esmalte triste sobre el teclado ennegrece el ánimo de la rapidez), anillos colocados, boca pintada (el rojo presente, una ayuda también para no morderse los labios ante el bloqueo que viene, que viene), moño recogido, zapatos planos para correr a la biblioteca, a por la taza de menta cuando se acaba el café, a silenciar el teléfono que conspira a esas horas, a subir la calefacción.
Miro a mi alrededor y veo que la proporción de objetos que necesito a la hora de escribir va pareja a mis años de vida y de mudanzas. Es un aquelarre barroco, bizarro y casi calé, lleno de color rojo y verde, cábalas y supersticiones, luces y velas, fuera del cual, escribir se convierte en un acto frío y contable, un anecdotario, una factura de Iberdrola.



Inventario del monasterio
 
Incienso, de Natura.
Todo lo envuelve, pocos lo soportan, pero encierra al lugar en una neblina parecida a la de Chioggia, impregnando ropa y pelo, haciendo “sagrado” el lugar.
 
Música.
Mozart. Hoy, Von Karajan interpretando la Cuarta y Quinta de Beethoven. En verano, los cedés de UniverZen, el grupo de Bea y Rocco. Cuando llueve, And Winter came, de Enya o el canto gregoriano.
 
El flexo verde.
Cuando visité la biblioteca de la Sorbona, allá por el 99, me emocionó aquel lucernario en verde, callado, lleno de cabecitas que rumiaban a la Cultura. En las tiendas del Barrio Latino había muchos, pero entonces no me podía permitir lo que los anticuarios parisinos pedían por uno de ellos. Mi primer flexo verde fue un regalo de 2008. Lo “murieron”, junto a una pareja de negros masai (el marido negro acabó decapitado, incluso) poco después. El regalo volvió en 2011. Lo enciendo en cuanto me levanto, vaya o no a trabajar. Es como un trocito de aquel París, visitado continuamente por mi gato, que se enreda y enciende la impresora…

 

 
Los cuadernillos de notas.
Esos que llevan las ideas, con las fotos recortadas, los rotuladores Edding dentro, fetos permanentes. Alrededor pululan decenas, me gusta que me los regalen o comprarlos en alguna ciudad extranjera. Hay uno de una librería preciosa de Venecia, hojas como de manuscrito, otro con una flamenca en el portada, un tercero que compré en la Antonio Machado (que guarda tesoros de coleccionista para las anotaciones), alguno de La Casa Encendida, muchos Moleskine inacabados… El último, con una matrioshka en la tapa, me lo regaló Amadea Modigliana en La Casa del Libro. Cuando escribía estas líneas, ya empezaba a necesitar uno nuevo…Ayer lo encontré en Top Books. En la tapa, dibujos de la Enciclopedia, mostrando las diferentes plumillas que se usaban en la época…Está en blanco y siento que lo violo al escribir…La primera anotación, una entrada sobre el Ronnie´s Scott de Londres.

 
 
La crítica a los tiranos, entre las notas…
 

 

 
El pisapapeles
Gris veneciano, con una corona estilo Isabel La Católica. Lo toco, frío, da paz. Es el soporte de dos fotos: una de un acqua alta veneciana, Piazza San Marco; otra, una escena de una verónica, un pase de toreo.

Postal de Kchalot

 

 
Las fotos
Me nutren, me dan fuerza, son los iconos que revelan las raíces, flashes de mujeres creativas y poderosas, estampas divertidas, geometría árabe. Una Louise Burgeois sosteniendo un enorme pene y riendo a la cámara, en el 82. Varias postales de azulejos árabes, la Sirenita nevada, los gatos de los tejados de Venecia, las mujeres de Tamara de Lempicka, varias de Kukuxumuxu, una pequeña bailarina retratada desde la nuca. Una foto de Kchalot, donde una niña con el pelo negro y la bufanda azul sonríe a la cámara. Una postal de almacendeanalisis.com, fotografía de Emilio Beauchy, que reza: Durante su estancia en el Planeta Tierra (en la medida de lo posible) rogamos  mantengan la alegría y el compás.Una foto de Kalós con un mes de vida, la primera que vimos de él. Todo pequeño y corajudo, un carácter. Una fotografía de D.D. en el puente de Calatrava del amado Bilbao. Un dibujo de Jensen Broadbent, ahijado. Muchas, muchas evocan el frío…

 


Bicicletas, tiritando, Copenhague
Copenhague, en la nieve

 

La danesa más sola, nevada

 

Los cuadros

El del Patio de la calle Rejas de don Gome en Córdoba, la ventana abierta, obra de mi padre. Un poema de Modigliana sobre papel rosa reciclado, de una textura preciosa. Un Gengis Khan cabalgando con fiereza, comprado por D. en Ulan Bator.
 
 
 
Grabado de Gengis Khan
Plaza de Armas de Fernán Núñez. ©Antonio Cosano
 
Campiña cordobesa ©Juan Manuel Vacas

 

Los libros
Dos, El canto y la ceniza de Ajmátova y Tsvetáyeva. Tristia, de Osip Mandelstam. Rusos míos. Ésos, los permanentes.
Ahora, pululan Imposturas y Antigua Luz, de John Banville; Los nadadores, de Pérez Azaústre; Gris de campaña, de Philip Kerr; dos dominicales de El País, con entrevistas por leer a Rushdie y a Obama, un Alice Munro, que anda cogiendo polvo varios meses…
 
Marina
 
Anna
Osip
 
Cachivaches
Un kombolói griego, negro y plata, regalo de la poeta Nines Cuenca; tres coches de época en miniatura; una caja de plumas antiguas, de Venecia; varios búhos; un minipollo de peluche que tocó en el Roscón; sellos para firmar; una bola pequeña con un pingüino danés al que le cae la nieve; una réplica del 17 de Nyhavn; un barco vikingo tamaño pulga; una salamandra de nombre Juana que se adhiere al ordenador y que viaja conmigo, regalo de Marieta Artacho.

Baratijas varias
Más cachivaches, postales, Méndez…

 

 
Alrededor de todo ese altar, Kalós. Ocupo su sillón de cuero, así que se tiende cuán largo es en el poco espacio que queda entre carpetas, fotos y bolígrafos (los bolígrafos dan para otro capítulo) y duerme toda la mañana bajo la nana-runrún del ordenador. Sería muy difícil escribir sin su presencia, sin sus ronroneos, sin su carita china aguardando que le dé la comida.

Lo sagrado, sagrado es…

 

 
Es bueno cumplir años. Y cumplir habitaciones. Quizá mis raíles han llegado hasta aquí y desde aquí pueden llevarme a cualquier parte. Todo esto que he relatado formaría parte de mi única maleta junto al cajetín donde va Kalòs. Crees que no vas dejando huellas y, sin embargo, toda esta familia que he ido arrastrando es la que cimbrea mi camino y me trae hasta el hogar. No hay en la puerta “Cave Canem”, ni paredes que imiten jaulas de oro. Sólo un cuadro de un escriba y una antigua prohibición romana de “enajenar” libros. Obvio. Sería todo un delito cuando se entra en territorio sagrado.
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