©Tim Walker

Tú, mujer pelirroja, sabia hermana. La zahorí de las venas entalladas, pastiche de azul cobalto son tus capilares, ésos que simulan el Transiberiano, loco, loco por recorrerte.
Tú, labia continua, quiéreme tal como soy. Quiéreme tal como estoy,
lentamente, sin niebla, sin sorna, sin tedio.
Languidécete en mí, como la agua de punto, laxa, derramada sobre el ovillo sin gato,
como la nata que boga en la leche agria, necesitada de ser expulsada, necesitada de quedarse apegada al cántaro, indecisa como tú…
Quiéreme…
Con toda esta carcasa de guerras,
con la chaqueta de húsar empolvada del Rh de inocentes y zafios.
Tantos pecados que confesar/confesarte, tantas violaciones de nuestros juegos de entonces.
Un millón de mutilados caminan por mis espaldas y me gritan en las noches,
disparadero de preguntas sobre sus miembros,

 
las manos que devoré
los hoyuelos que arranqué a setenta jóvenes
las piernas que ahora atan sus ligas al ombligo
los pies que embauqué para que me siguieran
las sonrisas que recorté al 3 para citar a la carcajada
 
 
Todos ellos emulan El festín de Babette y dan de comer a un hígado envalentonado,
vena porta vodka,
y piden volver a los cuerpos y piden el agua y el hilo a mí, el nudo del pescador a mí,
y aúllan, aúllan el dolor del miembro que no está.
Quiéreme con una hoja de reclamaciones llena de surtidores femorales.
 
Quiéreme porque ves sobre mí la vida, no más, la vida, con su grotesca mosca de la muerte,
la que acude siete minutos -exactamente siete- después de fallecer,
mi única compañía, ángel de la guarda de dos alas, la Maîtresse en titre de la putrefacción.
Yo coloqué la tibia y el peroné, cruz gamada, en tantos rostros…
Sin remordimiento, sin causa a la que servir más que a la Niña Flaca, la Santita, la Santa Muerte.
 
Quiéreme con abulia, con tristeza, pelirroja, como parte del diezmo, como un deber religioso.
Yo echo el cedazo sobre tu cuerpo, el último resquicio tibio de la Historia, y aquí me hallo, pesándote tus 55 kilos, notándote sobre mis costillas, mientras fuera de la red se alza el fuego, el Infierno, los mutilados.
Quiéreme en esta guerra -civil-, la última por librar,
sin tiempo para el cortejo, sin fuerzas para echar a la basura mi auténtica cara, la de médico de la Peste…
Cada arruga de tus plantas soy,
los kilómetros que recorrí, hoy calzas.
 
Quiere a este hombre de la humedad, a este hombre horno,
quítame la hojarasca de los ojos aunque sea un maldito,
aunque sea, pelirroja, el último acto de amor que realices.

 
 

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