Campiña cordobesa. ©Juan Manuel Vacas

 
Debajo de las sábanas y los perros aúllan a la noche. Pareciera que no se da lo uno sin lo otro, como si sus hocicos adivinasen que allí estamos nosotros, inválidos e indefensos, ocultos por un débil disfraz de algodón, mientras sus orejan se estiran y huelen la sangre.
 
Hacía tiempo que no sentía a estos lobos urbanos enloquecerse por las madrugadas. Años atrás, cuando vivía en la campiña, no advertía su merodear detrás de las tapias de aquella casa vieja que nadie quería comprar. Allí, cincuenta años antes, varios miembros de una misma familia había muerto de tuberculosis. Los supervivientes dejaron todo como estaba y huyeron de la vivienda, dejando a los muertos en sus camas, envueltos en sábanas, con cuatro o cinco vasos en la mesilla de noche, como si necesitaran hidratar la eternidad. Cuando unos nuevos dueños, forasteros, abrieron la puerta, se encontraron dentro todo intacto: aquellos vasos, llenos de antiguas marcas; restos de esputos de sangre en las toallas, al aire en los cordeles de la terraza; las sábanas, amarillentas de orines y restos de hierbas curativas. Cuatro o cinco perros se habían hecho dueños de la casa. Nadie supo por dónde habían entrado, pero aquella raza maldita, mezcla de mastín y callejero, se obstinaba en defender lo suyo; bastión principal, el patio mudéjar donde la hiedra era un solo cuerpo con las salamanquesas. No sé qué fue de aquella casa, pero el temor hizo que los perros fueran de nuevo encerrados en sus dominios. Quizá los canes eran los mismos muertos, que esperaban a los suyos, para vengarse de ellos por no darles sepultura o  por haberlos dejado solos en aquel caserón, vagando sin planes de agenda. Nadie encontró restos humanos, sólo los huesos de algunos animales en el corral, que habían sido devorados por los perros.
 
Una especie de respeto se instaló en mí desde entonces hacia la nocturnidad de estos animales. Enloquecían en los inviernos y en los agostos. Al tiempo, los sentíamos como guardas de la calle y de sus habitantes.
Luego llegaría un suceso de ésos que dejan huella en la mente de los niños. Corría el año 1990 y Granada saltaba a las noticias por un crimen cometido en el Albaicín. Una mujer se había sometido a un exorcismo. Fue torturada sádicamente y su padre la encontró muerta, en un charco de sangre. Lo que recuerdo es el comienzo del Informe Semanal de aquella semana: “La noche estaba oscura y los vecinos no oyeron nada. Sólo decían algunos que los perros habían aullado más de lo normal a lo largo de aquella madrugada”. A vueltas con esos animales que todo lo presienten.
 
Por eso, cuando el sueño va entrando en el cuerpo y éste se va relajando, el ladrido de un perro a lo lejos lo pone en alerta. No sucede nada, pero el sexto sentido queda activado y las imágenes de las tapias de la casa abandonada y de una luna roja enorme sobre Granada vuelven a martillear los sueños, inevitablemente.
 
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