Graffitti callejero en Montparnasse
 
Ier arrondissement
El Hotel du Louvre se ha convertido en un telo, con unas luces fucsias arrojadizas que recuerdan a un qipao chino, de mala seda; luces fucsias que anuncian los (des)encuentros que se producen en su interior. A modo de cortesía, hospeda sobre la fachada varias estrellas, a modo de recordatorio de lo que fue y ya no es.
 
La primera epifanía parisina –qué es Lutetia, qué alberga, por qué miles de hombres han emigrado hacia su interior– la tuve aquí, delante de esta especie de Partenón desvencijado y pretendidamente moderno, hace ya muchos años. El Louvre me había vomitado, la Galería Francesa estaba en restauración y no había modo de ver La libertad guiando al pueblo. Después de varias horas andando los pasillos y haciendo la visita de manual, Egipto me acogió, con su silencio de momias-Bellas Durmientes. Descansé casi en un estado de trance, mirando al Escriba sentado, que tantas veces había aparecido en mis libros de Arte y que ahora tenía, frente a frente, estoico y sonrosado, harto y aburrido de tantos ojos muertos como lo acechaban cada día. El Louvre me había vomitado y yo vomité al Louvre cuando las pupilas defenestraban tanto amor mitológico y tanta dama perlada y renacentista. Llovía como suele llover en París cada verano (7. p.m. en punto, el diluvio es británico en la Île-de-France) y la ropa estaba calada, las All Star desteñidas (souvenirs enfrente de Notre Dame…) y la grisura del cielo se asemejaba a un relato de Kafka. El día anterior había escrito una postal en el hotel:
No me gusta París, es un enfermo deprimido y obsoleto. Este patio interior se asemeja a una tumba antigua: frío, seco, sin futuro. Me caigo aquí, me derrito, como un tigre en un deshielo, fuera del manglar.

 
Los árboles de París. La torre del fondo, un mero símbolo

Tenía veinte años y esperaba de la ciudad, de cada una de sus esquinas, una constante inspiración para escribir, una nueva perspectiva vital, la aparición de una oportunidad que me dijese: Abandona todo e instálate dentro de mí. Es cierto que la belleza hace milagros y París es La Belleza, pero la experiencia de siglos y de encuentros con jovencitos en mi misma situación, obligan a la ciudad a mostrarse poco a poco, con sigilo, para no epatar o para no mudar la piel de inmediato y que todo viajero desee que ella sea La Musa, el Oráculo o la resolución a un Destino que sólo el propio migrante debe trazar. París no fue una excepción en aquel julio de 1999 y se fue descubriendo a pequeñas dosis, como los tragos fuertes de un café árabe. París no miente: cuando quiere apagar su Gitane lo hace sobre tu cabeza, no es considerada con la tristesse ajena y te hunde, te hunde el fuego del tabaco hasta agujerearte el estómago, dejando allí sus cenizas. París no miente: cuando abre su cola de pavo real, te insufla el Mal de Stendhal, sitúese el lector en la margen derecha del Sena, Place Louis Aragon. Ahí, es cuando te enloquece.
Tenía veinte años, grandes esperanzas (perdón por la reutilización dickensiana) y mucha lluvia ya a mis espaldas. Me agarré a una barandilla del Metro y contemplé esta imagen:

Parada del Louvre. Donde todo (me) empezó  
 
 
Estaba allí. La postal más clásica, la que aparecía en todos los libros de París, en blanco y negro. La farola, con sus pechos en forma de cartel, rojizos y sin variación temática durante un siglo. En medio de la marea de chapapote que caía sobre mi cabeza, me alumbraban suavemente, como si fuera un resquicio de oportunidad. Podría decirse que soy animista y atribuyo espíritu y cualidades a cualquier objeto, una forma de asegurarte buena compañía en los trayectos desconocidos. Ni la farola apagó su luz tres veces ni el cartel de Metro cambió su estructura por un texto breve de Gide, pero pensé que si ella había visto tantos atardeceres melancólicos como aquél y permanecía allí, quién era yo para hacer la maleta y volverme a Orly. Al fin y al cabo, tenía veinte años y cualquier referencia, mucho más sabia, era bien recibida. Lo cierto es que aquella farola, modernista y quieta, marcó el Érase una vez de toda una historia de amor con París, que sigue en el presente. Para mí, el Museo Louvre -el verdadero- no es el que aparece en las guías; el Louvre es su parada de Metro, con la Victoria de Samotracia en forma de vieja farola, no alada, pero sí alando a los que pasan por debajo.
 
He vuelto a mi farola, como cada vez que visito París, y ella sigue perenne, cicerone, orgullosa de su añada. La ampara por detrás este Hotel du Louvre, que compite, en nombre, con el que está en la place André Malraux y cuya fachada se mantiene tan sólo como album de lo que fue un día París y como ventana obligada de lo que sucede en el museo más famoso del mundo. Siguen en el Louvre las hordas de turistas, las banderillas clavadas sobre la pequeña y tediosa Gioconda, mientras nadie aprecia Amor y Psique. Las viejas cámaras fotográficas del 99 han sido sustituidas por los Iphone e Instagram, las lolitas ahora son jovencísimas tokiotas vestidas de niña al estilo manga.



 
 
La Rotonde, donde pasaba su tiempo Modigliani. Vacío a las 5 p.m., excepto por dos viejas damas que tomaban té

Pero las ventanas del viejo hotel-atrezzo de mi farola no dan a la parte sofisticada del museo, al patio (ahora, escenario de las colecciones de Marc Jacobs para Vouitton), a las galerías, a los apartamentos de Napoleón III. Los ojos de buey a los lugares que nadie visita, donde habitan cientos de cuadros como locos atados en cualquier manicomio indio, agarrados al polvo como forma de vida. Entre ellos andan los restauradores, cansados de tanta pátina y de tanto borrar el Tiempo para hallar la cara verdadera del óleo, del fresco, del retrato. Conocí a uno de ellos hace seis años. Era un viejo judío, amante de los prerrafaelistas, legañoso y excéntrico que ya no entendía el porqué de eliminar esas capas que los siglos habían atesorado sobre las telas. ¿Se podría eliminar la vejez de la cara o el cuerpo de un ser humano, lo podrías enderezar, le podría reimplantar cabello y calcio y magnesio para que estuviera en el mismo estado que cuando nació? Igual de estúpido veo devolver a los cuadros a eso que llaman “su esplendor primitivo”. Aunque lo hagamos, nunca les devolveremos el goce que sentían cuando un Caravaggio, un Rembrandt, un Van Dyck los pintó por primera vez. No podemos “nacerlos” de nuevo. Podemos arreglarles las goteras para que vivan decentemente su eternidad. Decía esto con inhalaciones rápidas de Ducados, a la vez que se tocaba la nuca. Mi joroba es proporcional a la cantidad de cuadros restaurados; los matasanos me prohibieron respirar el aire de la madera, de los barnices. Para fastidiarlos, he empezado a fumar a los setenta. El cuerpo necesita algo malo en su interior para percibir lo que es bueno de verdad, afirmaba con una sonrisilla sarcástica. Ahora, en los bajos del Hotel du Louvre la Modernidad (ésa de la que tanto renegaba el restaurador) ha asentado sus galerías, dando un toque extravagante a los símbolos clásicos de París: los gatos, las buhardillas, las starlettes. En posturas imposibles, los escaparates exhiben a las amorosas habitantes del Moulin Rouge, alter ego de Kiki de Montparnasse, musa de escritores, artistas y bohemios de los 20, cuando Lutetia era Lutetia y las luces no customizaban el Hôtel du Ville como si fuera la portada de la Feria de Sevilla.

Graffitti en la rue Saint Paul

Esta vez, en mi obligada visita a la farola del Louvre, también llovió. Un calabobos decembrino. Pero no desconcertante. Han pasado catorce años desde aquel primer encuentro y París se ha vuelto un Macondo particular, un paisaje de mi vida, mágico y duro a la vez. En él he encontrado el Bien y el Mal, no ceñido -exclusivamente- a las banlieu. Las gárgolas no sólo habitan en Notre Dame. La ciudad sigue mostrándose espléndida -¿hay algo más bello que contemplar el transcurrir del Sena desde uno de sus puentes?- pero también poderosamente egoísta. No busco en ella destinos, ideas o inspiraciones. Sólo, exclusivamente, la visito, la paseo, me dejo envolver y, placenteramente, me tatúo de su savoir faire, de su misterio, de la elegancia de una urbe donde los ladrillos son de cashmere. Ya no vuelvo al Ier arrondissement por necesidad, sino por complacencia. Hay que tener cuidado con lo que se desea en esta ciudad. No suele recibir con alborozo las peticiones. Ella se muestra, no se ofrece.

Ay de aquél que no trate a París como la excéntrica, caprichosa y vieja aristócrata que es.
 
(Continuará)
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