Dibujo del cómic Une Jeunesse Soviétique, de Nikolaï Maslov

Rabindranath Tagore, enseñando
Este cuento, quizá real, nació gracias a los recuerdos infantiles del poeta sueco y Nobel de Literatura Tomas Tranströmer

Convertir al adulto en un niño, contemplar en él todas las posibilidades que el el futuro no le trajo. Pero creer que, rememorando su infancia, aún el anciano que está a tu lado no ha perdido del todo su mano en la partida.

Ese hombre, alto, embutido en su sofá verde, en sus vaqueros anchos, en tu jersey de adolescente, fue un niño listo y un joven que, sin querer, retrató Geynes un invierno en la Gran Vía. Ese hombre alto que es cada vez menos rascacielos y más entresuelo, que propina palizas a los empedrados para sentirlos más cerca mientra los recorre a la amanecida, que replica al televisor como en la Cámara de los Comunes. Él, el menos común de los hombres que conociste, tembló una vez. La primera de muchas. La única que te contó. Las demás se guardan bajo sus propios nudos gordianos porque recibió una educación tan sentimental que los silencios eran herencias de la experiencia, malversados si se contaban. Los secretos no eran pudorosos, no eran impropios de la virilidad, no eran muestras de una construcción dañada y frágil. Lo que no se hablaba pertenecía a la propia carne, al ADN que no obedece a la oferta y la demanda.
Esto te lo contó durante aquel viaje en el que una tormenta os hizo temer por vuestras vidas. Las azaleas perennes se llenaban de granizo. Quizá ante lo inevitable, el hombre vuelve a la infancia.
 
Aquel día no fue el maestro. Alguien dijo que estaba enfermo, viejos recuerdos de la tuberculosis. El niño, que se rodeaba de lutos y de recuerdos de un tío yacente y llorado, pensó que el anciano no volvería. Nunca. Que pasearía por última vez cerca del Paseo, seguido por las miradas de respeto de los campesinos, que se quitarían el cigarro de la boca, la boina encalada al paso del ataúd. Las mujeres acompañarían a aquel hombre de letra redonda hasta el Santo y lo depositarían con mimo en la tierra, las manos cruzadas sobre el vientre, como si se les hubiera ido un hijo bueno, parido con anterioridad.
Entró en el aula alguien extraño. No recuerda su cara, sólo el olor a naftalina que despedía, el traje oscuro, el tímido pañuelo que asomaba del bolsillo y que se doblaba hacia delante como si no pudiese más con sus propios hilos. De aquel cuerpo tan moreno, tan distinto de la blancura del otro maestro, salía una voz cavernosa, inmensa. Y el chiquillo veía como las palabras, enormes las palabras, se dibujaban en el aire. EVEREST,RUBIDIO,INFINITESIMAL. Esta última abarcó la escuela, las paredes, los techos. Y él corrió, corrió, corrió, y escapó de allí.
Quince minutos hasta su casa, donde esperaba el regazo de la madre. Olía a tocino la mujer, a tocino añejo y a esterilla para coser. Miró a los ojos al hijo, lo agarró de una oreja y lo llevó calle arriba, salvando el barro de aquella mañana. Restregándose las manos en el delantal, enderezándose las greñas del moño entró en el aula, achinó los ojos para ver lo que ponía en la pizarra (algo de Euclides) y dejó al niño plantado en medio de la clase. No ocurrió nada. Él se puso los brazos en torno a la cabeza, metió los dedos entre los cabellos y los estuvo masajeando el resto de la mañana, como alejando las voces que crecían y crecían a su alrededor. Método infantil de no invasión.
Al día siguiente volvió el maestro de siempre. Volvieron las voces de la costumbre, las maneras suaves, las permisiones, la sana tranquilidad que invadía a los cuarenta niños.
En el recreo, en medio del juego, alguien le tocó en el hombro. Al volverse, un bofetón le cruzó la cara e hizo que comiera la tierra amalgamada del patio. Miró hacia arriba. Lucía un sol feroz que ocultaba los rostros de los dos maestros, el bueno, el malo. Éste acercaba su nariz hacia el cuerpo del muchacho, tendido, los ojos medio abiertos. No recuerda el rostro de su viejo maestro, el sol de marzo lo tapaba. O tapaba su vergüenza.
El pañuelo del otro maestro seguía en su misma actitud: caía hacia la tierra, como prefiriendo la muerte por salto al vacío que la vida en aquel cuerpo orondo. Ya sólo recuerda que tenía bordadas unas iniciales -E.H.- y que su color era de un blanco sucio.

 

Y que no lloró por la bofetada sino por un deseo repentino e insaciable de querer comer tocino añejo.

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