Lady Lavery. 1916. ©Hoppé

Ayer había urbe.
Como si un maléfico arquitecto hubiera convertido el skyline en obtusas columnas salomónicas, retortijones en las oficinas desangeladas,
sin bonos ni seguros que vender.
La ansiedad que se deriva de albergar el vacío es imposible de saciar.
No cuenta para ella ni el cacao amargo Valor (parajódico nombre),
ni las golosinas de los puestos de chinos ni las Whopper o cientos de Un-happy Meals.
Los despachos bulímicos de la tarde de Madrid.

Cientos de mujeres de peinados ilustrados caminan en procesión por el centro,
vírgenes ancianas arañadas por los años, con sus sayas procesionales de visón,
con el visón riendo muerto macabramente sobre sus huesos (más próximos a la cripta que a la merienda del sábado),
con sus perlas de la no-suerte (qué importa la bonanza cuando todo está hecho y sólo se espera la ida definitiva) arracimadas en torno al sarmiento de los cuellos aburridos,
que analizan cada fotograma de la película vista desde la perspectiva de un tiempo circa 1960.

Entre las piernas de ese harén carcomido de cicuta y Elnett,
los niños se multiplican y presentan sus demandas mediante la mejor propaganda goebbeliana:
el grito, el llanto, el pizzo, el te odio, el puntapié.
Vengativa la Naturaleza, aporreando sus manecitas tiranas ese gredal de las costillas de las abuelas,
donde nunca se posa mano de hombre.
La marabunta escancia su tiempo y se retrepa, se deja seducir por cualquier color de un escaparate, crascitan los ojillos de las viejas, aúllan las naricillas de los bebés
y se transforman ambos en monstruos petitorios de lo que no pueden gozar:
éstos por edad temprana, aquéllos por edad tardía.

Sello conmemorativo en honor del sombrero. De ©filatelissimo.com

Único momento en que los demás,
los que andamos en una edad cariada y burguesa, sonreímos como una nota al pie,
gracias a pequeña vengaza que significa poder gozar del capricho.
Único momento en que puedes señalar tu lugar en el mundo, en Google Maps.
Un momento de localización.
El resto de la ciudad ha sido tomada por las dentaduras falsas y los dientes de leche,
en su interminable procesión sabatina.

Las oficinas -dicen- han contratado cigarras como mascotas de fin de semana.
Apropiado insecto para esos lugares más propensos al tedio y al Apalabrados.
Carraqueo que llena los aires de Madrid de un cierto olor a cuento.
Las oficinas -se rumorea- las fríen los domingos por la tarde,
bien untada la sartén con grasa de tocino,
para retomar el logo oficial de hormigas los lunes por la mañana.
Los extranjeros hablan con cariño en sus largas tardes nórdicas de aquellos olores que les recuerdan a la urbe del sur.
-Inexplicables.
-Indefinibles.
-Inclasificables.
Perjudicaría altamente al turismo saber que el mítico exudado madrileño pertenece
a las membranas y saquitos de miles de pequeñas cigarras,
dorándose lentamente con un topping de tedio dominical y un chorrito de Carbonell, Virgen Extra.

Creíste que nunca ibas a pensarlo. Pero avanzas sin querer y ya no eres aquélla, la nena con el hocino clavado a la espalda y el genoma dañado por uno no sé qué de maldiciones primitivas.
Ahora te ves mujer con par de brazos, dos capacidades, estate lista para cualquier calma que se te presente. Cualquier tranquilidad de Mozart y café ya no es la bomba H y nadie te mete ya castañas en el fuego.
Ayer lo pensaste. No el huir, no el escapar.
Ojalá no andáramos en esta procesión, en este harén que Madrid gobierna.
Ojalá mis pies tocaran el empedrado y el musgo que nadie quita y pueda rastrillar las horas mirando el cielo. Sin más propósito que el de encajarlo, dejando el cuello a tu arbitrio de besos.
Estar -estemos, estamos- en el sur, lejos del huracán de estas calles llenas de tábanos que nos enloquecen, nos zumban nuestros misterios y nos enloquecen.
Tú y yo. Yo y yo, en una nueva era. En la vieja Jerónimo Páez, en un cónclave privado, riéndonos de las viejas y los niños que, ahora, se nos suben por los pies, mientras clavan tumbas para insectos.

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