Mathias Énard. Foto: RHM
 
 
Podría ser un extranjero sentado en el Café Hafa, Tánger, de cara al Atlántico. Un viajero de los que construyen tipologías árabes mezclando impunemente estereotipos de odaliscas de Ingres y hamman para el servilismo europeo. Podría estar leyendo este escritor, nacido en Francia y habitado por Barcelona, el Pan a secas de Mohamed Chukri, el poeta-mendigo, el poeta-vagabundo, el sexual Chukri, enterrado en el Marshan. Podría sonreír desde un francés traje de lino y unos suaves Tod´s, a la vez que experimenta la zozobra de la desubicación: ésa que te alquila el espíritu cuando los prejuicios sobre lo árabe se desmontan, callejuelas adentro de la Medina, y que te convierte en un majdub, un poseso, un hechizado.
Nada más lejos de los tipismos occidentales que como fantasmas siguen habitando Tánger. Fuera Bowles, Kerouac, Ginsberg. Esta biblioteca de hotel en que me encuentro con Mathias Énard podría ser el Hafa (silencio de aire) pero el escritor dista mucho de actuar como los extranjeros que lo frecuentan y escriben manidas frases en manidas postales sobre el Islam. Eso sí, toma café negro, muy negro, al estilo árabe.
Énard (Niort, 1972) no se circunscribe a los patrones establecidos: él es un mabruk, un bendecido por la arabidad, donde ha llevado a cabo su particular rihla: Líbano, Siria, Marruecos. En su última novela, la espléndida Calle de los ladrones (Mondadori, 2013), recupera su ya clásica línea de escritura: plasmar un viaje, en este caso, iniciático, el del tangerino Lajdar. A imitación de su admirado Ibn Battuta, Énard narra la odisea física y espiritual de este joven de veinte años, amante de las novelitas baratas de detectives, expulsado de su casa, y cuya travesía vital sufrirá las consecuencias de las revoluciones árabes y de la crisis económica europea. La Intifada de Sidi Bouzid, contemporánea a las movilizaciones de los jóvenes españoles de 2011, obligarán a Lajdar a postergar sus sueños de niño y a tomar decisiones adultas, en un periplo que empieza en África y termina en el carrer Robadors, barrio del Raval, Barcelona.
 
 
El baño turco. Jerome
 
 
 
 
¿En qué momento surge la idea de plasmar las revoluciones árabes a través de los ojos de un marroquí?
La idea inicial para Calle de los ladrones surge a finales de 2010 cuando comienza la Revolución de los Jazmines en Túnez dando paso a la de Tahrir en El Cairo. Por mi proximidad con el mundo árabe estaba fascinado, durante todo el día escuchaba la radio, miraba por Internet. Hacía tiempo que tenía la idea de escribir un libro de iniciación, sobre el final de la adolescencia y que también homenajeara a la novela negra y policíaca. Todo ello se cruzó a la vez y así surgió el reto de contar lo que estaba ocurriendo en el mundo árabe. Pero mi intención fue la de crear, a la vez, un artefacto literario independiente, con un recorrido que se pudiera leer de forma totalmente autónoma: la trayectoria existencial de Lajdar.
 
Como conocedor del mundo árabe, ¿le sorprendió el estallido de las revoluciones?
Sí, yo creo que todo el mundo se sorprendió, incluso los propios egipcios o tunecinos. Nadie podía creer que algo así ocurriera de repente, que se comenzaran a pedir derechos, libertades, gobiernos no autoritarios. ¿Posibles democracias en un mundo árabe? En aquel momento, parecían plausibles pero vemos a lo largo del libro cómo los jazmines tunecinos se marchitan, cómo Tahrir es ahora centro de protestas contra el gobierno de Mursi. Una cosa es la Revolución en sí, echar al dictador, lo cual ocurre de una forma más o menos rápida. Pero luego está el después: hay que construir un país democrático, con instituciones y políticas nuevas, con personal nuevo. Eso no se hace en dos días. Y ése es el momento en el que nos encontramos. Lo que intento dejar claro en la novela es que la generación que ha hecho la revolución no puede disfrutar de sus resultados porque los que están en el poder, los que están saboreando lo logrado por los jóvenes, pertenecen a otra generación: la que ya lleva 30 ó 40 años en política como los islamistas de Ennahda en Túnez o Mursi en Egipto. No hay nadie o casi nadie de esta generación de la Revolución ocupando altos cargos.
 
Otra vez el viaje es el eje central de su novela, como ya ocurrió en Zona o en El alcohol y la nostalgia. ¿Qué le pesa más al protagonista al final de su periplo: el sueño europeo personal que se cae o el sueño libertario que fracasa en el mundo árabe?
Es una pregunta difícil. Creo que le afectan las dos cosas a la vez. De hecho, a medida que avanza el libro, Lajdar va perdiendo sueños, uno tras otro, hasta llegar a una desilusión permanente con el mundo. Y lo terrible de su final es que la esperanza viene de algo muy triste: deshacerse de la parte más oscura de sí mismo, encarnada en su amigo Bassam. El joven está al final de la novela entre dos aguas, creándose un cierto paralelismo con este momento contemporáneo que estamos viviendo. No sabemos si las revoluciones árabes han sido un fracaso absoluto, no sabemos la situación a la que se abocará Europa. El libro está abierto a posibles opciones, como la vida de Lajdar.
 
Cuando Saadi, el viejo marino del que se hace amigo en Algeciras, le habla a Lajdar de Europa hace una comparación curiosa. Le dice que, tras la Segunda Guerra Mundial, una ciudad destruida como Rotterdam fue inmediatamente reconstruida y que, en cambio, en Marruecos, un simple agujero en una avenida tarda dos años en ser tapado. ¿Europa está demasiado mitificada, económicamente, en los países árabes?
Sí. De hecho, estas mismas palabras del marino Saadi se oyen mucho en el mundo árabe: mira lo que han hecho los europeos, mira dónde estamos nosotros. Y es triste porque esa manera de ver su propio mundo hace que no cambie lo establecido, hay una pesada resignación tras décadas de dificultades económicas y políticas. Y aunque parezcan amoldarse al destino que les ha tocado, poco a poco la situación está cambiando: hay una enorme diferencia entre la generación de Saadi y la de Lajdar. Los jóvenes han tomado casi las armas en contra de ese acomodarse de sus mayores diciendo: “Esto puede cambiar. Y lo vamos a cambiar”.
 
A raíz de la pregunta anterior. En la novela se menciona la insolidaridad panarábica, ¿no es la unidad del mundo árabe una utopía que se marca desde Europa?
No, es una utopía de los árabes mismos. Existieron partidos panarabistas hasta los 80, el de Nasser, el Baaz. Son muy minoritarios en este momento los nacionalistas árabes que militen por una unidad del mundo árabe. También es una cuestión de identidad: qué se prima antes. Los grandes teóricos e ideólogos del panarabismo eran cristianos ergo anteponían el hecho de ser árabe al de ser musulmán. Ahí tienes el ejemplo de Michel Aflaq, el fundador del partido Baaz. En cambio, ahora, sucede a la inversa. Las ideologías que dominan en el mundo árabe ven la identidad del hecho musulmán como algo por encima del ser árabe.
 
Una parte de la novela transcurre a lo largo del otoño de 2011: en octubre, se celebran las elecciones tunecinas; en noviembre, la españolas ¿Se puede establecer un paralelismo entre ambos comicios ya que han acabado creando un clima de rechazo social?
Sí, pero no porque tengan que ver las coyunturas de los dos países sino porque se dan al mismo tiempo y porque son elecciones sin sorpresa: sabíamos exactamente lo que iba a ocurrir en ambos lados. A la vez, son comicios que no resuelven nada ya que dejan de lado los verdaderos problemas, que siguen tal y como estaban. Y también es parecida la reacción frente a ese obviar las dificultades: surgen los indignados en España, el movimiento 15-M, o vuelven las protestas en Túnez. Para estos jóvenes los resultados no van con su sentido vital.
 
¿Es desafortunada la comparación que se establece en ocasiones entre los indignados españoles de 2011 respecto a los revolucionarios árabes?
No se puede comparar pero hay cierto paralelismo entre ellos: tienen la misma edad, las mismas maneras de funcionar mediante las redes sociales, convocan de la misma forma las manifestaciones, se agrupan, hablan mucho por Internet. También hay cierto paralelismo en lo cronológico: todo sucede al mismo tiempo, tanto en Túnez como en Madrid, es contemporáneo. Pero no creo que los acontecimientos tengan relación entre ellos ni se puedan comparar. Lo que es comparable es la desesperación de dos juventudes que se encuentran frente a un muro y deciden hacer algo, aunque en ambos casos sean un fracaso.
 
 
Calle de los ladrones.jpg
 
 
 
A lo largo de la novela, en paralelo a un mundo contemporáneo agonizante, el protagonista parece enredarse en el mundo de la Muerte, una especie de sombra que le persigue: primero, a través de su prima Meryem, después clasificando a los franceses muertos en la Primera Guerra Mundial o trabajando en una funeraria en Algeciras. ¿Está abocado Lajdar a encontrarse con La Chata?
Sí, todas esas situaciones que describes son como pequeñas pistas, señales del destino. Como te decía al principio, el libro, si bien sigue los acontecimientos de forma casi cronológica, se alzaba en mi cabeza con una construcción distinta, relacionada con la odisea de Lajdar. Una construcción que no es sólo un recorrido geográfico. Para ello, dejo caer esas recurrencias a la Muerte; mezclo la historia con los fragmentos de los viajes de Ibn Battuta; con relatos de encierros como el de Hassam el Loco. Todo son pinceladas destinadas al encierro final. Y, aunque haya un viaje de por medio, Lajdar siempre está encerrado: con los islamistas al principio, en un barco o en un una funeraria más tarde, en el Raval al final. No hay un gran movimiento en la novela, su viaje consiste en ir de celda en celda.
 
Lajdar tiene buena baraka, puesto que logra llegar hasta Barcelona, tiene sueños con Judit, tiene un amor tan recurrente hacia los libros que desea convertirse en librero. ¿Qué le ocurre para que llegue a tomar decisiones tan extremas cuando acaba en el Raval?
Se da cuenta de que para seguir adelante tiene que deshacerse de esa parte suya que es Bassam, su amigo convertido al islamismo extremo. Es un precio a pagar para poder perseguir sus sueños, tiene que saldar sus cuentas con el pasado y con ese tipo de gente para entrar en una forma de libertad más allá, más clara, para salir de su callejón particular.
 
Lo cierto es que él se deja cortejar por todo lo que le va sucediendo durante esos meses, ve las revoluciones o la crisis económica como un mero espectador. De todos los personajes de la novela, es el más pasivo. Y, sin embargo, en la última vuelta de tuerca, se erige como el más valiente.
Claro, porque toma una decisión. Todo el libro es un camino hacia esta decisión, más simbólica que otra cosa. Él ve formas de compromiso, las ve en Túnez, en Marruecos, en Barcelona, pero no puede formar parte de esos movimientos, está como fuera de ellos, construyendo su propia identidad. Pero, al final, toma la decisión de estar dentro del mundo, de participar de él. Una participación que implica, por otra parte, una salida.
 
Cuando nos encontramos a Lajdar en el Raval, vemos que ha ido perdiendo su inocencia. Al final él echa de menos lo que era al principio: un niño. Extraña a su madre, a su Tánger, a su colmado. Los viajes suponen siempre una pérdida de la inocencia, para bien o para mal.
Sí, exacto. El viaje en sí implica que al emigrar vas a echar de menos lo que acabas de dejar atrás. Hay que viajar para saber eso, es la gran contradicción del migrante: tiene que dejarlo todo para saber lo que ha dejado. Así, Lajdar no se da cuenta de hasta qué punto podía echar de menos a Tánger y a sus padres hasta que el viaje ha pasado por él.
 
Pero es extraño que, a pesar de esa saudade, Lajdar afirme que no pertenece a ningún sitio. Que no se siente ni español, ni marroquí, ni árabe, ni musulmán.
Él es todo eso a la vez. Y muchas más cosas. Una identidad nos limita a un adjetivo, a una nacionalidad, a un pueblo, cuando existen en nosotros decenas de variables. Esa pluralidad es una forma de luchar contra la uniformidad a la que lleva la religión. Los musulmanes no sólo son musulmanes, son más que seres humanos que profesan un credo. Ladjar es un ejemplo peculiar de cómo uno puede ser todo un mundo.
 
Como dice Saadi, si no existiese la religión, ¿todo el mundo sería más feliz?
Es una buena pregunta. No, creo que no. Lo que ocurre es que en este momento mucha gente se aprovecha de la religión, sobre todo en el Islam, para asentar su poder político. Sin esto seríamos más felices, eso seguro. Y es que a la postre ellos engañan: no les importa la religión sino el poder.
 
“Hace falta en un país como España un gesto como el de Sidi Bouzid, un gesto de auténtica desesperación para salir”, le dice su amigo Munir a Lajdar. Pero aquí la gente ya se está suicidando al ser desahuciado. En su opinión, ¿qué falta para que actuemos los españoles: que se le elimine la cerveza diaria, que se elimine el Madrid o al Barça, esa especie de opio neoliberal, como dice Judit?
¡Eliminar al Madrid o al Barça! ¡Eso sí que sería motivo de revolución! (ríe a carcajadas). Todo lo que ocurre en España es distinto de lo que acontece en Túnez, en Egipto. Estamos en una democracia parlamentaria, ellos no. Por tanto y en teoría, son nuestros políticos los que tienen que cambiar las cosas. Votamos para que esto vaya en un sentido o en otro. Se necesita una refundación de este juego democrático, grandes cambios pero dentro del sistema, poniendo las cartas encima de la mesa, reformando la Constitución y decidiendo que, por fin, la Transición se ha acabado y es la hora de crear algo nuevo, pero todo dentro de la democracia.
 
En España ahora también existe una especie de esnobismo solidario. ¿Pertenece Judit, la medio novia de Lajdar, a esa clase de gente?
Es una buena pregunta. Judit se parece mucho a las que eran mis estudiantes universitarias, a las que mandábamos de intercambio a Marruecos, como hace la misma Judit. Tiene una relación un poco ambigua con Lajdar: no se sabe quién se aprovecha de quién. Ambos tienen interés en el otro, lo que hace que no sea una relación descompensada. Y aunque aparece como una chica solidaria, implicada en movimientos de protesta y de okupas, luego descubrimos que vive en Grácia, algo que a nivel social es bastante real. Son los hijos de gente acomodada, pertenecen a una especie de gauche divine.
 
¿Hace falta, como dice Lajdar, venir de un país árabe para darse cuenta de que la situación aquí está por explotar?
No, espero que no, sería muy triste, pero necesitamos estas visiones que vienen de fuera. Los ojos del viajero nos dan otra perspectiva: se dan cuenta de lo que nosotros somos incapaces de ver porque estamos demasiado metidos en la realidad.
 
¿Cuál es el estado anímico final de Lajdar?
Creo que mantiene la esperanza: no es fácil la situación en la que se encuentra, pero ve que sus posibilidades no se han marchitado. No veo el final de la novela como algo desesperado, aunque hay gente que opina así. No. Para mí, es algo que llama a empezar de nuevo, dejando todo atrás, deshaciéndose de lo tenebroso, con perspectivas de salir a la luz. De hecho, la luz del alba es la última imagen del libro: empieza un nuevo día, una nueva vida.
 
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Acabo la entrevista preguntándole por el futuro de Siria, un país donde ha pasado muchos años y donde tiene grandes amigos. No lo tiene claro. Sí asegura que Bashar al Assad tuvo, como Lajdar, una oportunidad de salvarse cuando comenzaron las revoluciones de primavera. Pudo haber hecho reformas y el país no hubiera acabado en una guerra civil. Tal vez como en esta novela o en la anterior –El alcohol y la nostalgia-, al final, debajo de la muerte o de la desesperación, se esconda cierta esperanza, una sutil capacidad de supervivencia.
Quién sabe si Damasco será el centro de la próxima novela de Mathias Énard. Lo que sí me asegura el escritor es que en ella retratará de nuevo un viaje existencial. “Parece que es lo único de lo que sé escribir”, asegura, acabándose el café negro, negrísimo.
“Afortunadamente”, le respondo.
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