Toothbrush. ©Maria Bodis Wellner

La fragilidad y la putrefacción se ocultan detrás de los bloques de hormigón que sólo ven nevar.
No hay silencio más espléndido que el de Escandinavia, alimentando el estado anímico que se lleve a cuestas: velas para la alegría, ensordecedor vacío para el abuso.
La sociedad perfecta, la que vela los perfiles bajos, es corroída por una metástasis-tenia, que la devora desde abajo, donde las persianas se bajan rápidamente para ocultar la bazofia del ser humano.
The invisible inside the visible reza uno de los graffittis de Huellas, la exposición que acompaña al montaje teatral Fragmente, basado en la obra de Lars Norén, que ayer subió al escenario de La Abadía, brillantemente dirigida por Sofia Jupither. Espléndidamente interpretada por Anna Ackzell, Tobias Aspelin, Adam Dahigren, Magdalena Eshaya, Karin de Frumerie, Anders Granell, Elisabeth Göransson, Sergej Merkusjev, Asa Persson, Jonas Sjöqvist y Ulla Svedin.
 
Elin/ Papá Arvid ©Teatro de la Abadía
 
I
Elin tiene una nuca perfecta, un cuerpo rosado de 19 años, un moño alto que le estira la frente. Encima de la naricita achatada, sus ojos no se abren. Nunca abre los ojos y sólo habla de la muerte o de los padres de las demás compañeras de psiquiátrico. Papá, papá, papá.
El rubio papá entraba desde los cuatro años en su habitación y mojaba la lengua en líquidos que ni ella sabía que existían. Papá Arvid no tenía trabajo y mamá debía mantener a la familia, por eso pasaba tanto tiempo fuera de casa. Papá Arvid bebía y Rainer, el hermano, era demasiaso pequeño para comprender nada. Papá Arvid bebía muchas cervezas y volvía a las cinco de la mañana con sus amigotes.
Elin percibía el olor del gasoil del Wolkswagen desde su cuarto y se aferraba al ojo de su peluche. Se ponía el rostro de aquel oso encima del suyo: sólo él veía la lengua de papá. Sólo las pupilas estupefactas del oso veían que mamá, a veces, también miraba. Y luego cerraba la puerta quedamente.
 
El brazo de Elena. ©Nan Goldin
 
 
II
Elena se mira al espejo y comprueba que el final de su cabello postizo está simétricamente alineado. A su marido no le gustan las pelucas, dice que la convierten en un ser ridículo. Pero ella siente que esa línea de cabellos que recorre sus omóplatos es lo único que puede controlar.
Siempre le han gustado sus pies. Incluso, todavía, lleva las uñas pintadas. Quizá ese color berenjena dure más que ella. Dos semanas. Tres, a lo sumo.
El cuerpo le pide antojos, como cuando estuvo embarazada de Niklas. Comida tailandesa, hoy. Pero cuando su marido llega con la comida, a ella le da asco. No le produce el vómito la quimio. Es él. Él, que huele a otro sexo, barato, viejo, enfundado en unos pantalones de pana que ya no se llevan. Un cuerpo apolillado y vivo, sin embargo.
Lo entiende. Entiende que su marido necesite una mujer. Y un hombro. E incluso un calendario donde anotar cuántos días quedan para las paletadas de tierra que caerán encima de ella. Lo que no soporta es la descarnada forma que tiene de tratarla como una niña.
Es cierto que queda poco de ella. Muy poco. Los pechos están caídos y amoratados. Los cabellos, ralos. Nada en su superficie de aquel nervio, aquella electricidad de antaño.
Afuera es 20 de abril y sigue nevando.
Ella lleva unos pantalones de pijama de seda, una camiseta de H&M y una rebeca fina, casi transparente.
Allí, en el descanso del edificio, está Arvid, con su Marlboro, su chándal, sus pectorales gritando la rabia acumulada.
Elena le roza el pie, le acaricia la espalda y le baja la cremallera del pantalón sin que él sea capaz de moverse. La contempla como si fuera un ser extraño y diabólico. El cigarrillo pende de su labio inferior y ella se lo quita.
Entonces, le cruza la cara de una bofetada y la tira al suelo. ¡Puta muerta! ¿Qué haces tocándome? ¿Qué haces, estúpida? ¿No te has mirado al espejo, zorra?
Le pega una patada en la barriga y sube corriendo las escaleras.
Elena tiene los pechos al aire. Sobre ellos cae la nieve y el frío parece devolverla a la realidad, la hace sentir. Masajea los copos sobre los pezones y se queda allí tirada. Esperando.
 
 
 

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