El Apocalipsis. ©Lori Nix
 
The world was on fire
no one could save me but you
it’s strange what desire
will make foolish people do
(Wicked game, Cris Isaak)

La tarde

Le quedan grandes los pantalones grises del uniforme escolar. Lo percibo cuando me abre la puerta, educadamente. “Pase usted primero”.

Esto es el centro de Madrid, pero la calle, con postes para amarrar bicis, cada uno de un color, se asemeja a una de París. Los pilotes que se alzan delante de nuestro edificio forman la bandera de Marruecos: rojo terciopelo, verde aceituna. No hay poesía en ellos, por mucho que el artista pusiera todo su empeño. El silencio y las baguettes que llevo conforman una escena parisina melancólica.

Un vecino ha puesto “Blue velvet” en el tocadiscos. Mis vecinos siguen usándolos.

Me fijo en que el chico tiene las perneras de los pantalones manchadas de restos de maíz, churretones en los muslos, signos de haber pasado las manos muchas veces por ahí. En los brazos, restos de bolígrafo, fechas para recordar, alguna línea de una chuleta: “Precam/Paleo/Meso/Ceno”. Debajo de la palabra Ceno, un dibujo de algo parecido a un esqueleto humano.

Le miro el brazo sin querer, no puedo evitarlo. No me sostiene la mirada, pero suelta en una especie de hilillo de voz, desganado: “El primer ser humano nació en el período Cenozoico, ¿lo sabía?”.
Niego con la cabeza mientras él acaricia la chuleta de su piel.
“En realidad, no me sirvió de mucho hacerla. Preguntaron otra cosa en el examen”.
Necesito saber cómo le salió, pero hay algo en él que me frena. Me mira fijamente la boca y espeta: “Me gusta su color de labios. ¿Me puedo llevar un poco?”. No hay nada obsceno en su pregunta. Su cara color amianto, la ropa color amianto, sus palabras color amianto, su aliento color amianto, su cerebro color amianto. Que quiere ser rojo.
Sin esperar mi respuesta, me pasa el dedo por los labios en un movimiento rápido y se lleva parte del carmín. Se lo pone en el brazo, dibujando una cabeza ensangrentada sobre el esqueleto que había dibujado.
Sonríe con timidez y, como avergonzado por lo que ha hecho, corre sin mirar atrás y desaparece escaleras abajo, hacia su casa, el Bajo Derecha.

La noche

Hace frío incluso debajo de los dos edredones. La pared del dormitorio da al callejón que hay tras la iglesia del barrio y la lluvia parece estar anegándolo.

Por encima del viento y del agua, se oye su voz. Es rasposa, irritante, hiriente. Parece que sus cuerdas vocales estén hechas de lija, parece que su espíritu esté hecho de lija y la aspereza le salga por cada poro. Sube la voz por las paredes del patio interior y me dan ganas de arropar a los geranios de mi ventana, desnudos ante ella. Pienso que las sábanas mojadas de los tendederos también se arrugan, muertas de miedo. Nunca se cansa de insultar. Años de alcohol y Ducados espolvorean los monólogos donde ella es la absoluta protagonista de las desgracias que subre, víctima de los otros. Los otros son un marido alcoholizado y dos hijos. Un niño que le abre la puerta a las mujeres y una niña que está obsesionada con las ovejas. Siempre lleva algo de lana en su cuerpo, algún dibujo de esos animalitos en las camisetas y un peluche desgastado que se parece a la mítica Dolly.

Estoy segura de que todos los que habitamos este edificio nos ponemos en posición fetal a esta hora de la madrugada. Amenazan, quizá, recuerdos de infancias duras, de madres que nunca rozaron la piel. Amenazan los remordimientos. Porque nadie, jamás, ha bajado a ponerla en su sitio. Todos hemos oído los golpes contra la nevera atemorizados, las recriminaciones y amenazas al marido, los reproches a los hijos “porque me destrozasteis la vida al nacer”. Todos hemos oído los constantes hijos de puta que les dirige a los niños. Todos sabemos que le pega al marido y él le devuelve los golpes; que ella es tan fuerte que un día le rompió la mandíbula. Todos sabemos que no toca a los hijos. Y con ello nos sentimos más seguros, más éticos. Todos vemos cómo la pequeña se sienta cada tarde en una esquina del patio, abrazada a su oveja, mientras de los cascos sólo sale Wicked game. Ella, tan delgada y tan rubia, queriendo parecerse a la Helena Christensen del vídeo, retorciéndose, palpándose su minúsculo cuerpo de sólo cinco años.

Durante las noches en que las que ella sola es la prima donna, el marido cocina huevos y salchichas mientras comparten una Heineken. Luego otra y otra. A la quinta, comienza la batalla verbal. El olor a fritanga se mete por los cristales, por los agujeros de las persianas y se prende en las mantas y en los pijamas. No dejamos que nos atraviese hasta llegar a la piel. Entonces, nos convertiríamos en uno de ellos. Entonces, padeceríamos lo mismo que los hijos, que se silencian durante esas noches hasta que ella va a buscarles a los dormitorios. La borrachera la planta en el quicio de la puerta y allí comienzan los exabruptos. Nunca traspasa el umbral. Esos ojos enormes ya sin inocencia deben contemplarla como si fuera un reality show malo, muy malo. Nunca puede con ellos porque no hay respuesta de su parte. Fingen el asombro, como si cada madrugada fuera la primera vez que la oyen. Al poco, su voz regresa a la cocina, a enfrentarse con un enemigo más débil. Poco después, llegan los golpes a la nevera, fracturada y deseosa de que la despiecen.

La niña debe abrazarse a la oveja. No sé a qué se abraza él. Quizá sólo a su cuerpo. Quizá se mire el dibujo del esqueleto y lo pintarrajee de bermellón, del rojo del labial de una vecina que, metida en su cama-útero, no quiere recordar lo que vio debajo de la chuleta dibujada con un Bic sobre la piel de amianto de un niño de diez años. Una vecina que no quiere recordar la profunda cicatriz horizontal que recorría su muñeca. Y que él ocultaba debajo de una chuleta que se asemejaba al primer ser humano.

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