Entrevista a Javier Cercas para Revista de Letras/La Vanguardia
 
Javier Cercas: “No he querido revivir el mito del quinqui, he querido desmontarlo”
 
 
 
No desprecies a la culebra por no tener cuernos, quizá se reencarne en dragón; también un hombre puede ser todo un ejército.

(Viejo proverbio chino)
 
Javier Cercas (Foto: Mondadori)
 

No hay Tratado de Schengen que valga en la última novela de Javier Cercas. Las fronteras, altamente permeables, se muestran frañidas, aparentemente. No se han erigido vallas, ni alambradas ni paredes que saltar, la ósmosis es posible. Tan sólo un río, el Ter, y los confines del barrio chino de Gerona son los límites a traspasar. Repartidos en sus casillas de ajedrez, los blancos juegan del lado de La Devesa, charnegos de clase media. Los negros viven en albergues fruto de la filantropía social del Estado del Bienestar aún en pañales. Andamos a finales de 1978. Las vidas siguen contenidas en ghettos, situadas metódicamente en sus posiciones de jugada. Cualquier salto involuntario puede provocar un jaque mate.

Es en aquel año de la Constitución, de los tres Papas, del secuestro de Aldo Moro y de un jovencísimo Adolfo Suárez intentando mediar entre falangistas y demócratas, donde Cercas ha situado la primera parte de un libro que pretende diseccionar el mito del quinqui. Recuerden las hazañas del Vaquilla, del Torete, aquellos jóvenes bandoleros que aupados por la admiración de una sociedad sin mitos y rodeados de una parafernalia mediática a su servicio consiguieron encumbrarse como iconos de toda una época.

El Billy the Kid particular del escritor cacereño lleva el nombre de Zarco y forma un particularísimo triángulo de amor y amistad con una chica de su mismo barrio, Tere, y con Ignacio Cañas, el Gafitas, un chico bien que convertirá los tres meses que pasó delinquiendo con la banda del Zarco en la obsesión que marcará su vida. Un verano, aquél del 78, en el que Cañas se iniciará en el amor, el sexo, la muerte, el dolor y la libertad, imitando Cercas con estas Leyes de la frontera, las clásicas Bildungsromano novelas alemanas de aprendizaje en las que un adolescente descubre los secretos existenciales. El reencuentro entre los tres protagonistas tendrá lugar veinte años más tarde, cuando ninguno de ellos haya podido luchar contra el bando en que el azar les ha situado, cuando del mito del Zarco sólo quede un preso heroinómano y con sida, cuando los ojos verdes de Tere estén trasegados de arrugas, cuando Cañas sea un abogado de éxito en medio de una crisis vital. Como metáfora de la novela, La frontera azul, mítica serie de los 80, en la que un Oficial de la Guardia Imperial china, el rebelde Lin Chung, organiza todo un ejército de proscritos para luchar contra la tiranía del favorito del Emperador. Un ejército que se mueve siempre en el entorno del mítico río Liang Shang Po, trasunto oriental del Ter geronés.

Lo primero que le transmito a Cercas es la sensación de “mareo” que embarga al lector al final de la novela, cuando se siente arrastrado por los personajes, su mente cuasi dirigida por el Zarco y sus avatares, sin conocer cuáles son sus verdaderas intenciones; algo que, al final, y dada la inteligente renuncia al maniqueísmo por parte del escritor, tampoco importa. Me responde con un “¡Qué bueno que el efecto haya sido ése!”. Y prosigo preguntándole si coincide con mi impresión de que Las leyes de la frontera no es más que una historia de amor a tres bandas.

“Sí, eso es lo que yo creo, aunque no estaba previsto. Creo que es una larga y compleja historia de amor, fundamentalmente ambigua. Es el lector quien decide si lo es o no. Lo cierto es que esta novela me ha cambiado la manera de ver la Literatura. Algunos de los temas de mis libros son tan, tan españoles que el trasfondo aplasta al libro. Pasó con Soldados de Salamina y el sempiterno tema de la Guerra Civil; pasó con Anatomía de un instante y el golpe de Estado del 23-F; ocurre aquí, con el mito de los quinquis. Y sí, a estos quinquis que son el Zarco y su basca los ubico en España pero, en el fondo, no son más que un avatar de un mito universal que es el mito del bandido adolescente”.

De hecho, da tan igual el rincón en que se ubica la historia del Zarco, que la película que se está rodando sobre el libro tiene como escenario Bruselas. “Me encanta que sea allí. Qué más da el lugar. Yo lo ficcioné en Gerona porque pasé buena parte de mi vida allí y forma parte de mi existencia”, afirma Cercas.

La ambigüedad de algunas de las cuestiones fundamentales del libro ha llevado al escritor a profundizar en ese lado oscuro que queda por aclarar en las grandes novelas. El “punto ciego” como él lo llama y que será el título de un próximo ensayo sobre el auténtico corazón de un libro. “Fíjate si Las leyes de la frontera me ha cambiado la manera de ver la realidad… El punto de partida de este ensayo es la idea de que en el alma de las novelas que a mí me importan hay un punto ciego a través del cual no se ve nada. Pero ese “no ver” es el modo en que la novela “ve”. Ese silencio que hay en el trasfondo es la forma en que las hojas hablan. Esa oscuridad es la forma en que el libro ilumina. Y todas las grandes novelas la poseen. Y las mías, también, seguro. Piensa en Don Quijote. Él está como una cabra, pero al mismo tiempo, es el hombre más sensato del mundo. Eso es un punto ciego. Al terminar una obra maestra siempre queda una pregunta esencial. ¿Don Quijote está loco? No lo sabemos al final del libro. Otro caso: Moby Dick. ¿Por qué está obsesionado Ahab con la ballena blanca? ¿Representa al Bien, al Mal, es Dios, es el Diablo? Ésa es la pregunta. Tampoco lo sabemos. ¿De qué acusan a Josef K. en El proceso? Otra zona oscura. Mis novelas funcionan así, eso es lo que he descubierto con este libro. Por ejemplo, en Soldados de Salamina. ¿Quién es el soldado que salvó a Sánchez Mazas? Toda la novela es una búsqueda de ese soldado. El punto ciego: no sabemos por qué salvó al falangista. En Anatomía de un instante la pregunta es: ¿Por qué Adolfo Suárez no se tiró al suelo ante los disparos de Tejero? Al final, o no lo sabemos o sabemos tantas cosas que no queda ninguna clara o taxativa. En Las leyes de la frontera,la pregunta es: ¿Quién delató a la banda del Zarco tras el atraco a un banco en el verano del 78?  Al término del libro no lo sabemos. Ése es el punto ciego, ése es el corazón de esta novela. Yo tengo mis teorías y el lector puede tener las suyas propias. Según lo que elijas, el libro significa una cosa u otra. Todo lo que tiene que decir el libro lo dice a través de ese silencio”.

 

Javier Cercas (Foto: Mondadori)

-Pareciera que a otros géneros literarios como al poético se les permite más la ambigüedad. En cambio, se exige coherencia absoluta para la novela.

-Eso es falso. Alberto Mangla ha escrito algo muy bello en el diario La Reppublica sobre la “poética de la inconclusión”. Dice que “vivimos en la ilusión de que entendemos todas las cosas. Sin embargo, la inmensa mayoría de las veces no la entendemos, siempre se nos escapa lo esencial”. Vivimos con el ideal de la coherencia, pero ésta no existe en el día a día. La ambigüedad es un valor fundamental. Un libro es una partitura que el lector interpreta y esa partitura tiene que ser lo suficientemente flexible para que dejarle espacio al lector y que éste lo desentrañe a su modo. Don Quijote es una obra maestra por su máxima ambigüedad. Hamlet lo es porque se puede desglosar de miles de formas: ¿Era o no era un loco?  ¿Era o no era un amoral?

 

Conversar con Cercas supone hacerlo con un tipo extremadamente sagaz, cercano, extravertido, que se conoce al dedillo su propia Babel. Sus manos revolotean por el salón principal del Wellington y refrescan el aire recargado y viciado de esas charlas inconclusas que nacen de exquisitos trajes a medida. Sus ojos tienen la puntería de una Magnum narrativa, conoce los rieles de la Literatura como pocos y domina la forma precisa de marear al lector, inmerso en una montaña rusa de sentimientos contradictorios a lo largo de sus novelas.

 

-Cuando el lector llega a la última página del libro, tiene la sensación de que el Zarco, y por ende usted, le han llevado por donde han querido. Se comienza sintiendo por él admiración debido a la lealtad con que obedece su particular código existencial, aunque sea amoral. Luego se pasa de la pena a la ira. Y, al acabar, parece que el único personaje lúcido de toda la novela es Requena, el director de la cárcel de Gerona en la que encierran al Zarco. El único que afirma que el Zarco es un cabestro, no un rebelde.

-Un psiquiatra hizo una presentación de mi libro y sostenía que el Zarco es un psicópata: carece de empatía. Es posible, algo de eso tiene. Es un personaje complejo porque es un animal. Las leyes de la fronteratrata de tres personajes. Uno es Cañas, que un día cruza la línea de la criminalidad pero que vuelve atrás y lleva una vida como la que llevamos todos, eso que llaman normal, aunque no sepamos lo que es. El segundo es Zarco, que está más allá de toda raya divisoria y que finge, sobre todo en la segunda parte, querer venir más acá. Sólo lo finge, no lo desea en realidad. ¿Eso lo convierte en un indeseable? En mi opinión, no. Es un tipo que obedece a unas reglas distintas de las nuestras, pero que tiene un código y una legalidad propios. Al final, incluso, adquiere una cierta grandeza cuando con una extraordinaria lucidez le dice a Cañas: “Oye, que nosotros nunca hemos sido unos héroes”. Ahí se revela quién fue el Zarco: Alguien que nunca se creyó su propio mito.

 

-Y luego queda la tercera en discordia: Tere. En ciertos momentos parece un espejismo, una mujer incapaz de conseguir la estabilidad por mucho que anhele una vida ordinaria, seductora incluso cuando la vida le pasa por encima. Me recuerda a las chicas de la Camorra que retrata Valerio Spada: fuertes, envejecidas prematuramente, practicando una leal omertá, en este caso, al Zarco.

-Es el personaje más complejo y eso no estaba previsto en el guion. Tere nace más allá de la frontera y del Ter geronés pero es muy probable que haga esfuerzos reales por venirse más acá, por reconducir su vida. Es más, es muy probable que Cañas sea desde el principio su única posibilidad de salvación. Otro punto ciego: nunca sabremos qué es lo que ha significado para ella Cañas, ése es el enigma. Tere guarda los secretos esenciales de la novela y se apodera literalmente de ella. Si el lector decide desde un principio que esa chica quiere reinsertarse tras su pasado delictivo en el mundo burgués, la novela significa una cosa. Y si no es así, si siempre utilizó a Cañas para lo que quiso en beneficio del Zarco, significa otra.

 

-Precisamente esa utilización de Cañas por parte de Tere es la que lleva a éste a meterse en la banda de los quinquis. ¿Quiere ese chico de dieciséis años huir, además, de una realidad propia en la que la libertad escasea?

-La pregunta te la haría yo a ti como lectora. Puede querer libertad también. Pero si a los dieciséis años un chico tiene una experiencia sexual como la felación que Tere le hace en los lavabos de can Vilaró, te metes donde sea y te atreves a cometer los disparates más grandes. ¿Todo conspira para que él se integre en esa banda? Sí, de acuerdo, pero el momento crucial es el primer encuentro con Tere. Incluso esta novela puede contarse así: es la historia de un tío al que hacen una mamada impresionante en un lavabo a los dieciséis años y se vuelve literalmente loco por esa chica (ríe). La primera parte de Las leyes de la frontera es un género que a mí siempre me interesó mucho, la novela de aprendizaje, el inicio en el sexo, el amor, la muerte y la violencia. En la segunda parte, en mi opinión, descubrimos que esto de la madurez es una estafa. No creo que el Gafitas se haya quedado colgado de Tere para siempre, lo dudo mucho. Creo que este tipo, que más o menos se ha olvidado de esa historia, llega un momento en que piensa: “En algún sitio tomé un desvío equivocado y ésta no es la vida que yo quería llevar”. Y, de repente, aparece otra vez el pasado en forma del Zarco y Tere y en forma de promoción personal.

 

-Una promoción que le viene de los medios de comunicación, que convierten al Zarco en mito, en el hombre al que reinsertar, con el morbo añadido de un pasado inusual y, que visto desde fuera, estaba lleno de libertades y trasgresiones. Es usted muy duro con los medios de comunicación. ¿Exime de su parte de responsabilidad en ese show periodístico al Zarco y a su mujer, María Vela?

-Ellos son dos mediópatas. No soy yo el que fustiga a determinada forma de hacer televisión o prensa, son los personajes de la novela. Y por motivos obvios: vivimos en la sociedad del Cuarto Poder. Lo que no ocurre en los medios no ha tenido lugar. Eso significa que los periodistas tenéis una responsabilidad brutal y no todo el mundo está preparado para esa responsabilidad. Es enorme, enorme. Alguien me hizo un comentario muy gracioso: “¿Te has dado cuenta de que los dos únicos personajes sensatos de la novela, que ven la realidad, son funcionarios del Estado?”. Sobre todo, Requena, el funcionario de prisiones. Es el más crítico porque, obviamente, ha visto gente destruida por los medios. No digo que los mediópatas carezcan de responsabilidad, la responsabilidad también es suya, en parte.

 

En los 80, cuando los bustos parlantes televisivos glosaban las hazañas de los quinquis, éstos se adhirieron a aquel carro buscando, quizá, los famosos quince minutos de fama. Le comento a Cercas que Warhol tendría que cambiar la cantidad de tiempo en la actualidad: ya no se buscan los quince minutos, sino los quince segundos. Hay una enorme crueldad en la forma en que el público erige a los mitos. A cambio de auparlos a la fama, les pide que no tengan defectos, que sigan manteniéndose como un ideal plausible con el que soñar por las noches. Cuando el Zarco, llevado por su Naturaleza, no puede “resistir” la libertad y comete un atraco, sus admiradores lo dejan de lado, le lapidan socialmente.

Todas las andanzas del Zarco y su basca pasan por los muros de la ciudad de Gerona, a la que Cercas llegó con apenas cuatro años. Aquella urbe de los ochenta fiscaliza los pasos de quienes la vivieron: una banda de jóvenes delincuentes a los que, veinte años después, remozada y asomándose al tercer milenio, devuelve a un seno particularmente cruel: la cárcel.

 

-¿Es el cuarto personaje de la novela la ciudad de Gerona?

-Puede ser. No es algo anecdótico. Aunque la novela puede transcurrir en cualquier lado porque esas fronteras de las que hablábamos están en todas partes. De los libros que he escrito es, seguramente, el que está más enraizado en una ciudad concreta. También es verdad que los hechos podrían tener lugar en muchas localidades españolas que transitan desde la posguerra a la ultramodernidad de principio de siglo. Ése es el tránsito, en verdad, que ha hecho el país entero, así que la ciudad puede verse también como un microcosmos, como una metáfora en pequeño. Gerona es mi ciudad. Yo vivo en Barcelona y me encanta Barcelona porque no soy de allí. La relación que tienes con tu ciudad es mucho más compleja y conflictiva, más íntima. Disfruto muchísimo a Barcelona. Con Gerona tengo un trato más personal, porque llegué allí a los cuatro años, porque voy cada fin de semana. Gerona es mi ciudad como Ibahernando (Cáceres) es mi pueblo. Alguien me preguntaba si éste libro era una reconciliación con ella. No porque nunca nos habíamos peleado. Hay cosas que detesto de ella y otras que me encantan.

 

Habla Cercas de las protestas de los barceloneses sobre los turistas que invaden Las Ramblas, algo que a él no le importa, asegura entre risas. “Pero les entiendo, porque no es mi ciudad”. Afirma que sólo ve las cosas positivas de la capital catalana, fijándose mucho más en las contradicciones de Gerona. “Casi todo es bueno para mí aunque me ha costado llegar a eso. De pequeño tenía una relación mucho más difícil. Cuando me fui no quería volver, me parecía una ciudad provinciana, pequeña, sucia. Hay un personaje en la segunda parte que dice que se ha convertido en una ciudad de postal, ridículamente satisfecha de sí misma. Yo no comparto esa opinión, creo que es una ciudad donde se vive muy bien aunque no tenga las comodidades de Barcelona”.

 

-¿Le epata la transformación del barrio chino donde se reunían los quinquis de su novela en un lugar donde vive gente adinerada en lofts sobre los antiguos burdeles?

-Esa transformación es algo que ha ocurrido en todas las ciudades españolas. Te digo la verdad: el barrio chino era una cosa cutre, asquerosísima. Yo pasaba por allí y la zona era horrible, lo peor que te puedas imaginar. No siento ninguna nostalgia de aquella Gerona, ni la más mínima, y no entiendo que alguien se pueda quejar de que hayan adecentado esos lugares y se hayan convertido en sitios preciosos. Vivan allí millonarios o quiénes sean. No veo nada negativo, no sé si hubo muchos pelotazos inmobiliarios, no tengo ni idea. Pero no siento ninguna añoranza de mi adolescencia y no creo que nadie pueda sentirse nostálgico ni de la Gerona, ni de la Cataluña ni de la España de aquella época porque era penosa, tercermundista, deprimente y clerical.

 

-Otro escenario del libro son las cárceles. Unas cárceles infernales en los primeros años de la democracia, donde las drogas, las violaciones y los ajustes de cuentas estaban al orden del día.

 -Eso es algo en lo que hemos mejorado muchísimo. Las cárceles de los años 70 y 80 eran terroríficas. He estado en varias de ellas para documentarme para el libro. Y he llegado a la conclusión de que lo primero que debía hacer el Ministerio de Educación es que los chavales tuvieran una visita obligada a las cárceles. Es lo más útil que podrían hacer para que se den cuenta de lo que es y de que la gente que hay allí no son extraterrestres, son como tú y  como yo. Y que por muy limpias que estén y por mucho que hayan mejorado, son sitios horripilantes. Más vale no pisarlas.

 

-Una pregunta que me hacía a medida que veía la imposibilidad del Zarco por revocar su propia Naturaleza, sus intentos por salir de la cárcel cuando, en el fondo, le aterrorizaba el miedo a la libertad. ¿La reinserción social es posible o es una utopía?

-No lo sé. En el libro hay un debate sobre esta cuestión, un debate sobre el determinismo. La novela no da una solución, la deja abierta. Sólo te puedo decir que Ignacio Cañas lo tenía mucho más fácil que el Zarco. Que hay gente que vivía en los albergues provisionales, más allá del Liang Shan Po (del Ter) y que ha salido adelante. Eso es cierto. Pero esa gente ha tenido que luchar mucho más. La novela habla de eso: de cómo un chaval de clase media, como lo era yo, tuvo oportunidades y el otro, que vivía hacinado en medio de drogas y violencia, tuvo muchas menos. El Gafitas tiene una familia y una estructura emocional detrás. Tiene un hogar al que regresar, como le dice Zarco. “Nosotros no tenemos ningún lugar al que volver”, le espeta. El Zarco y su basca son chicos que obedecen al verso de Bob Dylan: “Quien no tiene nada, nada tiene que perder”. Aunque dicen que los chavales ahora están mal, en aquella época estaban infinitamente peor.

 

-¿Eran aquellos chicos más inocentes que los de ahora, los que viven en los extrarradios, sin asistir a la escuela, haciendo de camellos a temprana edad, emulando a otros ídolos, los futbolísticos en este caso?

-¿Tú crees? No estoy seguro. ¿Más inocentes? Creo que lo tenían mucho más difícil que éstos porque había muchos más. Se olvida que en aquel momento, si hubo tantas bandas de delincuentes y los delincuentes se convirtieron en mito, era porque había muchísimos. Era el momento del babyboom, jamás ha habido tantos adolescentes en España. Y gran parte de ellos sin la menor esperanza porque eran chavales de arrabal, sin escolarizar, viviendo en unas condiciones de miseria total, sin horizontes. Ahora eso existe pero es mucho más minoritario. ¿Qué hacían antes? Agarrar la recortada y ponerse a atracar bancos porque no tenían otra alternativa. Y, encima, la gente los mitificaba y hacían películas y canciones… ¡Pues fantástico! ¡Encima los convertimos en héroes! Pues mira el resultado: Todos muertos a los 25 años.

 

-A propósito de los quinquis, ¿Por qué aquel mito? ¿Por qué el mito del Vaquilla o del Torete?

-Ésta es una pregunta esencial. Un mito es una mezcla de mentiras y verdades, con lo cual el resultado es una mentira. Esa mentira dice mucho de la sociedad que la crea. La sociedad española los creó y los dotó de un grado de idealización sonrojante. Vuelves a ver las películas que se hacían en aquella época, vuelves a oír las canciones y son de una utopía tremenda. Los ensalzaron como si fueran Robin Hoods, como si les robaran a los ricos para dárselo a los pobres: un disparate total, sin la menor relación con la realidad. ¿Por qué se hizo eso? Porque ellos encarnaban muy bien la mezcla de temor y de esperanza con que la gente vivía un momento de mucha incertidumbre. Se les admiraba porque estaban en todas partes en tu ciudad: en los autos de choque, en los recreativos, en las calles y admirabas que fueran con dinero, con chicas y coches, con porros, teniendo una vida impresionante a los dieciséis años… Y por otro lado se les temía porque eran capaces de sacarte una navaja y matarte. Ésa relación ambigua y contradictoria es la que la sociedad misma tenía con respecto a ellos.  Los mitificó porque encarnaban mejor que nada el clima moral de aquel momento. Es ridículo pensar que en esta novela yo quiero revivir todo aquello, lo que quiero es desmontarlo. ¿Qué hay debajo de este mito? Nada más que unos pobres chavales que no tenían nada y, por tanto, no tenían nada que perder. 

 

En Las leyes de la frontera, Cercas lleva a cabo un análisis sociológico de una época de la que ya antes había hablado. Lo hace desde la perspectiva callejera, cuando antes –en Anatomía de un instante– examinaba aquellos primeros tiempos de la democracia desde arriba, desde un sillón del Congreso de los Diputados. La colonización que llevaron a cabo los quinquis en periódicos, revistas y música es paralela a la que el personaje del Zarco hace en la cabeza del lector. Los españoles de los 80 pasan de admirar su audacia a pensar en él como un pobre diablo. Y ese pensar es fruto del objetivo de Javier Cercas de desmontar utopías y descubrir el auténtico engranaje de los relojes. Un movimiento el de los quinquis–añade- “intenso y efímero, propio de sociedades muy convulsas en ciertos momentos de cambio”.

El bisturí de Cercas se ha extendido también a otro libro anterior: El vientre de la ballena, del que pensaba “que era mediocre, aunque enterrado entre sus páginas había un libro bueno. Lo he rescatado y lo he convertido en un libro más cómico”. Saldrá para la rentrée otoñal. De cara al verano, Mondadori ya ha publicado los dos primeros libros de la Biblioteca Javier Cercas: La velocidad de la luz y La verdad de Agamenón, prologados por el propio autor. “¿Sabes que Raymond Carver decía que un autor sólo puede prologar sus libros a partir de los 50? ¡Pues ya tengo 51, así que lo puedo hacer!”, me dice por último el escritor entre risas.

Es un experto en “liposucciones salvajes” a sus libros anteriores, como asegura. Y también las hace al maniqueísmo. Cuando lean Las leyes de la frontera se darán cuenta de ello. No hay buenos ni malos. Toda Naturaleza obedece a una circunstancia, en este caso al azar de haber nacido en la orilla afortunada o en la orilla perversa de un río. Ningún mito es, en la realidad, como lo pintan las leyendas. En la serie La frontera azul, las huestes de Lin Chung derrocaban al favorito del Emperador. En los años 80, el Zarco también creía ser un oficial de la Guardia Imperial que luchaba contra una sociedad zambullida en una grave crisis. Lo que nunca se dio cuenta es que la auténtica batalla se libraba dentro de sí mismo.

 

Portada de “Las leyes de la frontera” (Foto: Mondadori)

 

 (Breve) CUESTIONATIO PROUST

-¿Cuál es la idea de perfecta felicidad para usted como escritor?

-Fácil: que te salga la GRAN frase.

-¿Cuál es su gran miedo como escritor?

-La facilidad. Cuando las cosas me salen con mucha facilidad, sospecho. Y también cuando aparece todo lo contrario: la dificultad.

-Rasgo que más le desagrada de un escritor.

-La vanidad. Me molesta mucho que en vez de ocultar el trabajo que le ha costado escribir algo lo quiera mostrar una y otra vez.

-Escritor vivo al que más admire

-J. M. Coetzee.

-Escritor muerto al que más admire

-Borges, ha sido fundamental  para mí.

-Su mayor extravagancia como escritor

-El no tener extravagancias. (ríe)

-Las promociones, ¿necesarias o detestables?

-Tener éxito consiste en que no haga falta hacer promociones. Las hago porque es lo que toca, pero llegará un momento en que ya no pase por ahí. Pero para ello hay que tener un éxito brutal. Espero llegar a eso.

-Cualidad que más admira en un escritor

-El talento y la disciplina, que, seguramente, es una forma de talento.

-¿Qué libro salvaría de su biblioteca en caso de incendio?

-¡Qué complicado me lo pones! (Tras pensárselo mucho) ¡Uno mío! (ríe)

-Héroe de ficción

-El teniente Drogo de Dino Buzzati.

-Un personaje histórico que le fascine

-Todos lo somos: mi padre mismo. Pero tú te referías a uno que trascienda… Aquel caballero inglés que hizo el viaje de Londres a Edimburgo caminando de espaldas y cantando himnos anabaptistas.

 

 
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