Foto: Shirin Neshat. Escrito sobre el cuerpo. En la actualidad, en la Fundación Telefónica. Madrid.
 
Per Zack
 
El pan masticado en el café a las once de la mañana, los dos chorreones de aceite partiéndose como el Tigris y el Éufrates a lo largo del plato y luego reencontrándose. Células oleosas fraccionadas al principio de la Creación y luego unidas por la necesidad del hombre. Así, tú y yo.
 
Tus manos recorriendo un periódico en busca de huérfanos de guerra, no importa de qué batalla, preferibles los de Leningrado, quizá, comedores de ratas que comían gatos que comían poetas. Preferibles los pequeños revolucionarios porque ellos, como tú, pasaron por el frío y la ventisca, convertidos en picadores de hielo y en arenques de bajo consumo. Ciertas glaciaciones no se olvidan, deduzco. La muerte de los dinosaurios acabó cuando alguien arrancó violentamente una sonda de tu nariz y expulsaste sangre, huevos, la cena mezclada con pastillas y hasta unos restos de oxitocina de la parturienta de al lado. Entonces, resurgiste, Velociraptor.
 
Él, hecho una espiral con fin rayado, mientras le sueñan otros miembros de su especie, que no devoran yogures de frutas ni carnes de aves químicas. La sabana se hace una con la sábana, tilde innecesaria de por medio y él se despereza, ya sea verde el pasto, ya sea del color indefinible-lavadora. De vez en cuando, hay un movimiento espasmódico en su pata. Le perseguirán las hienas, el animal más común de la Humanidad, ya sea Namibia, ya sea san Francisco, que tanto hermanaba hijos perfectos y bastardas criaturas.
 
El silencio después del chillido cruel del pavo real.
 
La mano, apoyada en el muslo por la costumbre. Mi palma, acodada en tu brazo, barra de bar tierna y desorientada en sueños, como el lugar donde reunirme con los vecinos, que no son más que las tres pesadillas clásicas de mi vida. Pesadillas bien avenidas, a quienes tus extremidades les imponen respeto: reducen los metros de sus olas, la cantidad de texto que he de memorizar, alargan estilo Greco las caras de los enemigos. Mientras, tú sueñas caballos. Les cuentas las pestañas y memorizas el olor de sus quijadas.
 
La crujiente cama de camarones que fríes con solemnidad. Alguien me avisó de la cacofonía, pero me gusta: tu cama de camarones. Y la boca se suaviza y el paladar dibuja Sixtinas sobre sí mismo y también se vuelve ciego cuando te ve: discretamente asiendo el mango de una sartén, como si fuera un principio y un valor, como si un acto no tuviera sentido ni no se deja huella. Huella grande, dinosaurio.
 
Las piernas cruzadas sin saber cuál de las cuatro es mía, cuál huyó hace años hacia Pigalle, cuál se quedó varada en unas redes de pescar. Qué dedos cosían millas, qué dedos gozaban extranjeros Ramen en un hutong de Shichachai. Antes, eran piernas como ríos, válidas, siempre válidas, pues nos llevaron a tantas partes. Pero los ecologistas protestaban ante aquel Tinto y aquel Odiel, engrasados, con las arterias embutidas de asfalto y pez, tanta carretera por detrás, el diésel a cero, la sangre fluyendo lenta como pan de tres días al agua. Quedan restos del naufragio agarrados a los percebes, viró de signo el dedo pequeño, desmemoriado todavía, pero los mosquitos disfrutan de un grupo sanguíneo ya despreocupado, que dice “de mayor quiero ser jinete”. Y las rótulas se conforman, aplauden los relinchos de tu caballo de los sueños, palmeras.
 
El olor a jazmín sin venir a cuento porque no tenemos jazmín.
El olor a rojo sin venir a cuento porque todo está pintado de blanco.
La misma palabra dicha a la vez.
Quizá también el sonido de la primera ducha del amanecer, cuando bautizas al patio.
 
El Patibulum descansa entre la arcada de la corrala, convertido en un Midsummer Pole, cuajado de sepias a la plancha, el símil urbano de las campanillas de san Juan. Los fuegos artificiales son los quejidos de las ruedas traseras, reventadas por el peso de las rutinas y el polvo. El ser o no ser, protocolo poético del camaleón era el graffitti que demarcaba el territorio. Okay ha sido sustituido por un profeta de este tiempo: No estuve allí, pero me acuerdo de todo. Amén, a Toby Maguire.
 
Viven con nosotros decenas de cristianos, rescatados de entre las tumbas de los perros de Pinkas. Acogemos lo funesto como medalla del pasado, Cave canem y gatos durmientes entre los quejidos huesos de los viejos orantes. Factor de protección 50 para ellos y para las hazañas vividas.
 
Nosotros tres y el caballo soñado vamos ya a pecho descubierto.
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