Ilustración: Kara Walker
 
 
 
La poesía me acaricia besándome los labios
(Sunil Gangopadhyay)
 
Ni árboles, ni cielo, ni flores (en ningún idioma).

Ni kleenex, ni drogas, ni amante, ni vagina (ni sinónimos que se les parezcan).

Cada vez que leo un poema con alguna de esas palabras, para mí, para ellos, me visita por la noche. Mitológicamente, tiene el genio de Zeus y la capacidad de transformarse en lo que desee.
Se convierte en yegua salvaje, se sube de un salto a mi cama, sus cuatro herraduras desvanecen el sueño.

Tiene las caricias de un león agraviado.
Suelta sus crines sobre mi cara y acerca sus ojos, que rezuman violencia y que tienen el roce de un saco de arpillera. Es blanca, tan blanca que la palabra alazán se queda corta para describirla. No le tengo miedo, sólo sé que me amará empleando lija en vez de esponjas, que su lengua adquirirá la contundencia de la de un gato, hasta exfoliarme las escamas de la espalda. Rumiará el amor debajo de las axilas, entre las piernas y le hablará a mi interior, quejosamante, como una institutriz añeja.

Me atará los brazos a su cuello y pacerá horas en el mío, dejando la forma de sus dientes en la yugular, su saliva imparable rociando nuca y pechos.
Entiendo que mi cintura sólo debe obedecerla a ella y al bufar de su hocico, que reclama mi mirada hasta la amanecida.
Es tan fuerte el roce de su tronco enorme contra el mío, tan humano, que logra juntarme las dos costillas, que duelen, que logra cerrarme la caja torácica, que pide auxilio de aire, que logra bloquearme la glotis, que boquea quejidos, que logra bloquearme el útero que se arruga como las nueces y reclama su color rosa.
Y el dolor y esa conjunción de general, trovador, gaucho e incendio me lleva a un lugar en el que mis ojos ni oyen ni sienten ni son. Y es justo ahí, cuando me susurra: “Esto es lo que soy, esto es lo que debe sentir todo aquel que me lea. No me vendas en la puerta del templo como un mercader cualquiera”

Es complicado despertarse sola, cuando ella ya no está.
Tanto ha sido su peso, que el cuerpo se cruje en cada inspiración y cada espiración parece la muerte misma.
Pero ha dejado grabado su mensaje en cada píxel y me siento culpable por banalizarla. O no.

Ella desconoce que a veces me vuelvo frívola y entono esas palabras repetidas y huecas (Barco, libertad, rosa, espina) para que me visite,
para que me holle noches enteras
como toro, como un águila cuyas alas me abarcan toda;
yo, liebre recién cazada.                                                                                           .

Mi cama cruje cuando el animal no está, la espera es eterna, una de sus frases favoritas que se convierte en verdad.
La bilis se transforma en cólico sabiendo que andará también con otras.
Y que le susurrará la misma frase para despedirse: “Si no tomo lo que tengo enfrente, este cuerpo pasa hambre”, trozo de copla de otra de sus amantes.

 
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