Joaquín Pérez Azaústre: “La poesía española se mira demasiado a sí misma”
 
Joaquín Pérez Azáustre en el Café Central. Foto: Pablo A. Mendivil
Web del autor: El Gran Felton
 
Las ciudades esconden en sus entrañas, a menudo, a gentes asombradas que las habitan desde otras épocas y que no ocultan su perplejidad ante lo que ven sus ojos, descarnados y ahuesados. Son embriones que nunca nacieron y que intentan dormir un particular sueño eterno en medio del infernal útero de cemento, acero y pez, maldiciendo el Futurismo, despistados ante la avalancha de ojos que pasan ante ellos y que no los ven, atentos a unas pantallas de colores que los zigotos no logran identificar. Huevos esqueletizados del pasado a quienes no les importa el presente, pero que son vigías de la gran urbe.
 
Recién llegada a Madrid, una de aquellas primeras noches en que la ciudad parecía fascinada consigo misma, me zambullí con unos cicerones muy particulares dentro del vientre de la capital. El tiempo se paró en una cueva de la calle San Lorenzo donde estaba reservado el derecho de entrada. El dueño, un viejo judío, regentaba los bajos del lugar, dictaba el menú de la cena -casi siempre una pasta riquísima elaborada por su mujer- y decidía los temas de conversación. Allí conocí a gente que, supongo, no volveré a ver jamás y que sólo en aquel lugar se sentían libres. La música que se oía, las compañías que se frecuentaban -la comida nos igualaba a todos-, los secretos sobre el Madrid que se levantaba seis metros más arriba, se quedaban allí.
 
Amanecía, cuando el viejo judío nos contó una historia acerca de los verdaderos guardianes de la Villa y Corte, ésos que no pertenecen a ningún club y que tienen a Madrid como única compañía. Hablaba de los monjes emparedados de la estación de metro de Tirso de Molina. Cuando se empezó a construir la Línea 1, a principios del siglo XX, se descubrieron los restos de los monjes de un antiguo convento mercedario. En vez de darles sepultura, sus cadáveres fueron emparedados tras los azulejos de la estación. Allí siguen un siglo después, preguntándose atónitos qué hacen durante la eternidad contemplando mareas de gente. El viejo judío les rendía homenaje y se encogía de hombros: él se sentía seguro sabiendo que estaban allí, protectores conscientes de la ciudad.
 
 
 
 
Me acordé de esta leyenda cuando comencé Los nadadores, la novela de Joaquín Pérez Azaústre, que narra la particular relación de un fotógrafo, Jonás, con una Gotham apocalíptica donde la gente desaparece sin que nadie se preocupe por ello. Metáfora no pretendida del existencialismo, Jonás es un símil de aquellos monjes: mientras ellos duermen en el vientre de la ciudad cambiante, el protagonista de la novela nada cada día en una piscina, a “braza” partida contra la vida, en un acuático útero de la enorme ballena que es la metrópoli.
Pérez Azaústre alumbró este libro en mayo de 2012. Pronto saldrá a la luz su poemario-río Vida y leyenda del jinete eléctrico, de la mano de Visor. Un jinete “que cabalga entre las ruinas de la inteligencia, donde caben los versos del desahucio y los pájaros fugitivos que vuelan a la región donde nada se olvida”, narra Luis María Ansón para su Primera palabra de El Cultural.
 
Encontramos al escritor en Madrid, en medio de su itinerario norteño-sureño entre Bruselas y Córdoba. En su cabeza, narraciones, las composiciones que gestiona cada semana en Cuenta 140 desde El Cultural y las próximas temáticas sobre las que versarán sus artículos en El País-Andalucía y Diario Abierto, siempre paralelos a la actualidad. Y, por supuesto, la edición de Cosmopoética 2013, la fiesta de la poesía en Córdoba, que abrió las puertas de su décima edición el pasado día 23 con un homenaje al poeta Pablo García Baena, miembro del Grupo Cántico.
 
Lo más difícil de conseguir por parte de un escribidor es el estilo, el ser reconocido por él. No sólo lo ha logrado Pérez Azaústre en su técnica. A lo largo de esta entrevista, tendremos la posibilidad de descubrir que, a pesar de su juventud, también se ha forjado un estilo de cómo ser escritor: con trabajo y vocación, incluso con pasión excesiva, pero siempre desde la libertad de acción, sin adscripción a lobbies, castas o nepotismos, tan presentes en nuestra Literatura.
 
 
El escritor (porque así se define él) está exultante. No sólo por haber recibido un premio cuyo nombre le recuerda a uno de sus poetas más queridos. Sino porque el cinematográfico poemario que publicará Visor ha sido dado a luz con gran goce por su parte.

He disfrutado muchísimo practicando la técnica del poema río, que han usado Caballero Bonald o Gimferrer en sus últimos libros. Me ha entusiasmado escribirlo; el encontrarte cada día con el mismo poema es apasionante. Además, está pensado para ser leído de un tirón. Lo he fraccionado, sin embargo, poniendo pausas, dividiéndolo en 35 fragmentos porque prefiero escoger dónde se para el lector. Así, de esta forma, él puede escoger cada día un tramo diferente del libro. La continuidad en la escritura la había vivido con la novela, pero es muy distinto.
 
 
 
 
Un poemario que se percibe diferente del anterior, de Las Ollerías (Premio Loewe 2010), ya desde el título. De una señera avenida cordobesa pasamos a una película de Sydney Pollack y a unos versos entrelazados con el leit motiv de los filmes interpretados por Robert Redford.
 
Desde hace 10 años llevaba pensando en que Redford es bastante más que un cineasta o un actor guapetón. Me di cuenta de que muchas películas suyas tenían un fondo ético complejo, algo que es una constante, tanto cuando actúa como intérprete como cuando dirige. Desde que él llegó al estrellato empezó a sacar adelante proyectos sólo viables desde su posición. Por ejemplo, en Brubaker, establece un diálogo muy interesante con el sistema penitenciario americano. En Los tres días del cóndor se plantea muchos interrogantes acerca de la libertad de expresión, mostrando un debate muy de actualidad: el de los límites entre el derecho a la privacidad de los ciudadanos y la seguridad. Aborda la relación con la Naturaleza en El río de la vida o en Memorias de África. O, en la famosísima Todos los hombres del presidente reflexiona sobre los derechos del ciudadano en contraposición al gran poder estatal. Y pensé que a través de su filmografía no sólo se puede establecer un discurso poético sino ético. Me pareció que era una manera muy atractiva e interesante de dialogar conmigo mismo utilizando esas películas como marco referencial para hacer un poema largo.
 
 
Dentro de esta nueva apuesta de Pérez Azaústre, las películas aparecen como una especie de telón de fondo, nunca como una referencia explícita. De hecho, deja de lado el manido romanticismo de Tal como éramos para abordar su verdadera naturaleza: la de ser la primera cinta hollywoodiense que trata el tema de la caza de brujas de McCarthy contra los actores del star system.
 
Me di cuenta de que las cuestiones más importantes del ciudadano contemporáneo respecto de sí mismo y respecto a la colectividad estaban reflejadas en muchos de esos fotogramas.
 
 
Claro que no sólo del rubio de Santa Mónica vive el poeta. En los versos, Joaquín mantiene un tête-à-tête con su interior y con su entorno.
 
Mi madre me decía el otro día: Hijo, es que el jinete eléctrico eres tú. Y es verdad. Las cuestiones principales del poemario no se las plantea Robert Redford sino yo mismo. El poema río te permite entrar y salir una y otra vez, abordando distintos temas y tonos: más conversacional, más épico, más elegíaco, pero siempre yendo y viniendo porque todo fluye de un mismo magma, que es esa corriente principal.
 
 
Decía en un verso de Las Ollerías: “Casi no he cumplido mis pactos con la vida”. ¿Ha cumplido ya el escritor con esos pactos y ahora siente la necesidad de enfrentarse con temáticas externas, una vez situada cada pieza de ajedrez interior?
 
Sí. Las Ollerías plantean esa pregunta y la resuelven. Sentí que había cumplido bastantes pactos tanto con ese poemario como con Los nadadores. Hay una serie de cuestiones que han quedado, no tanto cerradas, porque siguen estando en mi vida, sino resueltas. Tiene que ver con mi relación con el componente biográfico, con el pasado, con la identidad. Todo esto no está olvidado ya que forma parte de mi biografía. Lo que me planteo de ahora en adelante, que es uno de los temas de los que trata también el poemario, es el compromiso de un autor con su tiempo. No desde el punto de vista de la poesía social, sí desde una responsabilidad con la actualidad inmediata mucho más fluida. Hoy día, me interesa bastante menos lo que sucede dentro de mí que lo que sucede alrededor.
 
 
El ser alguien metódico lo ha predispuesto para abordar las cuestiones personales primero y, más tarde, las sociales, las contemporáneas.
 
Una vez que la parte interior está más o menos resuelta o prefijada puedo dirigirme hacia afuera de una manera honrada. Si no lo hubiera hecho así, el resultado sería  un pastiche, una pose, un discurso heredado de otros, algo que no me interesa demasiado. De esta manera surge un discurso natural.
 
 
Un discurso del que han brotado espontáneamente temas como el 15M, el cerco al Congreso o la crisis ciudadana respecto a nuestro sistema de representación pública. Pérez Azaústre lo reafirma:
 
No es poesía social lo que hago, a modo de etiqueta. Ha nacido de la pura preocupación, al tiempo que escribía.
 
 
Habla de la mirada del poeta hacia lo exterior, hacia las inquietudes de su tiempo, hacia lo que estalla en las primeras páginas de los diarios. ¿Se ha mirado mucho en su generación, la de los 70-80 hacia el “yo”, hacia el “individualismo” en poesía y se ha dejado de lado lo que estaba ocurriendo en esos momentos?
 
En mi generación han existido dos polos: uno, el de la poesía que se justificaba a sí misma a través del mensaje social o poesía intimista y el otro, el de la poesía del yo. El quid reside en que entre esas dos posibilidades hay mil caminos intermedios. Se ha abusado de una poesía “pretendidamente social”, de una poesía de la experiencia, simplificando muchísimo el mensaje con la demagogia de que “todo se tiene que igualar para abajo”, de que “todo se tiene que simplificar”. La simplificación ha llevado a que los mínimos exigibles sean muy precarios porque se pretende que todo el mundo entienda de poesía. Por esa regla de tres, Góngora y García Lorca nunca van a estar al alcance de alguien. Lo que tenemos que hacer es subir esos mínimos y poner las herramientas para que todos puedan percibirlos y sentirlos. Un ciudadano es mejor ciudadano si sabe escuchar a Beethoven. Eso no significa que tenga que tocar el piano y componer. El conocer nos hace ser más libres y tener más conciencia de nosotros mismos.
 
 
 
 
Joaquín reflexiona y hace un análisis lúcido y sin ambages de la actual poesía española.
 
“El principal problema que tenemos en nuestra poesía es que se mira demasiado a sí misma. Tengo amigos poetas que sólo leen poesía. Prefieren ojear el último libro que ha sido publicado antes que leer a Tolstoi. No lo comprendo. La poesía tiene que estar en íntima comunicación con la vida, lo que no significa que yo abogue por la poesía de la experiencia o la nueva sentimentalidad granadina. Me encantan Gil de Biedma y Blas de Otero y me apasiona Pere Gimferrer. Y no me gusta Gabriel Celaya. ¡Esto no es como ser del Madrid o del Barça! La poesía española, en resumen, está demasiado obcecada consigo misma”.
 
 
¿Es demasiado ombliguista el ámbito poético?
 
Sí, sí. El propio medio lo es. ¿Cómo es posible que te importe más la última riña vecinal entre dos poetas que se tiran los trastos a la cabeza que leer a Cormac McCarthy? Uno escribe lo que lee. Y yo creo que la poesía española adolece de eso. Hablo de la española porque es la que más conozco.
Como poeta, también siento la impresión de que es muy endogámica y lobbista, algo que me produce bastante miedo. Como el escritor no se haga isla hay una llamada de sirena constante por parte de los sempiternos círculos poéticos. Parece que hay obligación de pertenecer a uno.
Totalmente. La poesía hay que vivirla como un don. Un don que la vida te ha regalado. Ya está. Tú eres escritora y a lo mejor mañana escribes una novela o una obra de teatro. No sólo eres poeta, no es una limitación. Yo, cuando empecé a escribir, lo primero que publiqué fue un libro de relatos, después gané el Adonáis. Y la crítica decía: “Se ha pasado de la novela a la poesía”… ¡Pero es que me presenté al Adonáis cuando el otro libro lo tenía ya contratado con Ediciones B! Me gusta la novela, disfruto mucho escribiéndola, al igual que con la poesía. He tenido que aguantar durante muchos años lo siguiente: “Es más poeta que novelista”. Para mí escribir poesía y escribir novela y leer poesía y leer novela no es una limitación. Que en este país se oiga: “Su novela está bien, pero la poesía…”. ¿Por qué nos ponemos límites? Somos escritores, ergo podemos abordar los géneros que nos apetezcan.
 
 
Recuerdo cuando al gran John Banville se le criticó por escribir novela negra. Estaba harto de ser un escritor de culto y tener que pagar las facturas con su trabajo como editor en el Irish Times. Así que inventó el personaje de Quirke. Y con él, un camino nuevo dentro del género noir. Y su genialidad la podemos encontrar tanto en Imposturas como en El secreto de Christine.
 
Claro. ¡Pero si lo único que tenemos es la libertad! Como me decía el otro día un amigo: el escritor tiene que tener el gen de la austeridad porque vivir de la escritura -y yo lo hago- es complicado. No tenemos grandes lujos pero es difícil, así que como una de las pocas cosas que tenemos es la libertad… ¿por qué no voy a escribir novela y poesía? ¡¿Porque hay un fulano en una universidad que afirma que sólo se puede ser novelista o poeta?! ¡Como si mañana me da por cantar! Yo lo he vivido así porque para mí ha sido una experiencia de libertad personal, nadie te obliga a escribir. ¿Por qué lo hacemos? ¿Por qué le quitamos horas de estar con los amigos, con los padres, con tu mujer o con uno mismo? Le quitas horas a tu vida porque es una pulsión que se tiene dentro y que te hace ganar ámbitos y espacios de libertad. Para mí todo lo que restrinja eso no tiene sentido. Otra cosa es la necesaria autoexigencia, el respeto a cada medio, los códigos distintos para cada uno. Pero ¿quién ha dicho que no se puedan hacer varias cosas? Orson Welles dirigía, interpretaba y guionizaba. Por poner sólo un ejemplo.
 
 
 
 
 
 
 
El abarcar distintos géneros hace que en Los nadadores, por ejemplo, el lector encuentre párrafos muy líricos. Casi prosa poética, radicalmente distinta de la de sus libros anteriores, confeccionada expresamente para esa especie de Gotham fría, algo telúrica en la que vive Jonás, el protagonista. Por las descripciones, esa ciudad es Madrid, concretamente la zona de Cuzco. Y la narración hace que el lector empatice con la soledad de ese muchacho de nombre bíblico que sigue el ritmo de la vida nadando a braza en una piscina.
¿Es la piscina para Jonás el vientre de la bíblica ballena, el único útero en el que se siente protegido, el que le brinda la oportunidad de poder estar solo en una metrópolis tan habitada como desértica?
 
Fíjate, lo del útero no lo he escrito pero sí hablo de ese líquido amniótico en el que se sumerge Jonás. Me parece una imagen bellísima ésa que recreas de que la piscina sea el útero de la ciudad. Y sí, la localización de la zona es cercana, el objetivo de la descripción nocturna que hago cuando sale de la piscina es el de mostrar la soledad del protagonista. Todo partió de una experiencia propia. Yo iba a nadar a la piscina del colegio San Agustín, al lado del Bernabéu, en la calle Padre Damián. La verdad es que cuando me quedaba allí de noche, nadando, albergaba una sensación muy rara: estaba a solas conmigo, el socorrista casi se había ido y a través de los ventanales veía sombras que se movían. Al salir, en plena canícula, no había nadie. A veces, atravesaba Azca y no encontraba un alma, cayendo esa especie de opresión cálida del verano. Convivo bien con la soledad de la piscina, pero no deja de ser algo agobiante. Y llegar arriba, empezar a pasear, y no ver a nadie… Es un hecho que, de alguna forma, te sacude. Ojo, la atmósfera de la ciudad está muy forzada. El Madrid que yo he vivido no es el Madrid que cuento en la novela. La zona en la que vive Jonás está inspirada en una Latina deshumanizada; la Latina no es así, tiene mil bares, la gente es simpática, divertida… Lo que he hecho en esta novela es pasar mi experiencia personal por un filtro de deshumanización, de frialdad, haciéndolo todo muy aséptico.
 
 
Los seres que rodean al protagonista parecen sacados de una novela de Huxley y están peligrosamente alienados. El mismo aborregamiento sin sentido que se vive en las grandes ciudades. Los ciudadanos no perciben el sufrimiento de los demás. De hecho, es curioso que el único que empatiza con Jonás es un completo desconocido, Leopoldo. Es un mundo de una gran soledad.
 
Si te fijas, en la novela todo el mundo está solo o divorciado, el propio Leopoldo está separado de su mujer; su hija está independizada, también divorciada y sola, al igual que los padres de Jonás. Yo he disfrutado de una Madrid maravillosa, de la que pienso seguir gozando muchos años porque soy un apasionado de esta ciudad. Pero lo que cuento en la novela lo he visto tanto aquí como en otras ciudades del mundo: la cara B de la fiesta de las macrourbes, que es esa soledad. Uno puede estar en una fiesta o puede quedarse fuera de ella. En la novela, la gente no ha sido invitada a ese evento. Es una especie de soledad social.
 
 
En Los nadadores también habla de una sociedad hipertecnologizada. Nadie se mira a los ojos en el metro, se está perdiendo el goce por la palabra. Skype, Whatsapp, chats, Redes Sociales. Y, sin embargo, ¿estamos más solos que nunca?
 
Sí, sin ninguna duda. En mi caso, me abrí un muro de Facebook cuando saqué esta novela. De hecho, mi foto de perfil es su portada para que quede bien claro algo: que para mí esa red social es un instrumento de trabajo. Eso no quiere decir que no pueda mantener relaciones personales a través de ella. Pero la única gente con la que tengo una relación fluida por Facebook es gente con la que ya tenía una relación fluida desde antes: mis amigos de siempre. Yo no he hecho amigos por Facebook. Claro que se establecen complicidades, pero en su mayor caso son de tipo profesional ya que por Internet hay gente que me puede localizar o viceversa. Pero creo que nada de lo que viene por ahí es real. Sólo es verdad lo que uno vive consigo mismo. Es como el sexo virtual: ¿cómo va a ser igual eso que tocar la piel de otra persona? ¡No puede ser ni igual ni distinto! Es una película que nos hemos montado y que crea grandes espacios de soledad. Estoy seguro de que la mitad más uno de la gente que llama a los teléfonos eróticos o de contactos son personas que están radicalmente solos. Lo virtual es una ficción de encuentro. Yo me siento mucho más acompañado leyendo a Dostoievski y a Galdós que metiéndome en una chorrada de Internet. Pero, claro, también soy escritor: he escrito siempre en prensa, los medios se digitalizan, tengo que estar con mi tiempo. Como llevo el concurso “Cuenta 140” de El Cultural y el poema se tiene que redactar en los 140 caracteres de Twitter, me he tenido que abrir uno, no hay más remedio.
 
 
 
 
Y con una sonrisa socarrona añade: “¡Pero si yo con Claudio Rodríguez tengo para toda la vida! Si me fuera a una isla desierta me llevo sus poemas y los de Gil de Biedma, ambos enfrentados en su concepción estética, pero a los que tengo muy asimilados”.
 
 
Durante toda la novela, el lector trata de arrancar al protagonista de ese precipicio existencial en el que parece estar viviendo. Hay un dolor consciente en todo momento. ¿Qué subyace debajo de él? ¿Debilidad, apatía, tristeza, melancolía?
 
Creo que en él existe un enorme vacío, a la vez que una rara sabiduría, inconsciente. Esa sabiduría radica en que se ha dado cuenta, prematuramente, de que nada importa. De hecho, Jonás sigue nadando aunque la gente, a su alrededor, comienza a desaparecer. Su vínculo con la realidad es ir a nadar cada día. Él no es consciente de haber llegado a esa certeza, a la seguridad de que nada es verdaderamente importante. Y esto es algo que he descubierto muy a posteriori de la publicación de la novela. Por ejemplo: la que fue su mujer sigue viviendo en otro sitio y él no es capaz de ir a buscarla, lo hace en el último momento de la novela. Él es fotógrafo, pero no tiene ningún afán de exponer; de hecho, retrata escenarios vacíos, no quiere figurar… Pero no desde una postura estética de descreimiento. Es que, verdaderamente, le da exactamente igual, pero tiene que seguir viviendo. En Los nadadores, el drama reside en que la gente llega a un profundísimo vacío existencial y, paradójicamente, tampoco tiene deseos de suicidarse. Jonás no vive una zozobra. Vive una muerte lenta. En el fondo, lo que todos vivimos.
 
 
Y también en esa ciudad, aparece el modelo de familia perfecta, que son Sergio, el mejor amigo de Jonás, y su mujer, Martina, esos seres siempre felices. ¿Todas las familias felices actuales se parecen?
 
No creas que son tan felices porque Sergio también se hace preguntas. Cuando terminan de cenar, en un momento de la novela, los dos amigos se toman un whisky y Jonás le dice que tiene treinta y pocos años y que ya ha conseguido todas sus metas. “Hombre, tú vives muy bien” es la frase. Sergio le dice que ya sabe que su vida es buena pero le responde: “¿Todo era esto?”. Y continúa: “Es que a veces tengo la sensación de que ahí afuera hay alguien que está viviendo mi vida por mí”. El personaje de Sergio es fundamental en la novela, casi más que Jonás, porque representa lo que Jonás no tiene, representa la insatisfacción humana. Es un tío muy joven que lo tiene todo: una casa, una hija y una mujer estupenda de verdad. No me gusta calificar a los personajes, me gusta que actúen en la novela y que el lector saque sus conclusiones. Pero Martina es maravillosa de verdad. Una profesional de alto nivel que, cuando llega el amigo de su marido, lo agasaja, lo trata con cariño, sin ningún tipo de machismo, una persona que sabe hacer que su casa sea un lugar de acogida. Ella no es un maniquí, no es una mujer complaciente. Pues, aun así, Sergio siente que algo le falta porque tienes sus expectativas vitales colmadas. Y eso también puede ser un drama: que con treinta y pocos años, tu horizonte vital esté cubierto, que falten objetivos y que falten incógnitas. Y es que los personajes de la novela son todos infelices, pero algunos conservan una parcela de libertad en la que poder moverse: Jonás la tiene, pero paga un precio muy alto por ello. Y ese precio es la soledad.
 
 
El lector se acerca definitivamente a ese Jonás, aparentemente frío, rutinario y casi desguazado por el vacío existencial cuando visita la casa materna y encuentra los recuerdos de su infancia.
 
Ésa es la parte más importante de la novela. Jonás no ha nacido de la nada, ha tenido una infancia, una familia, un territorio afectivo… Nadie en una sociedad occidental desarrollada (excepto en situaciones espeluznantes) nace solo. ¿Qué hace que después esa persona acabe de una manera o de otra? Pues la vida. Y me interesaba como punto de partida la soledad de Jonás, del nadador, del fotógrafo. O la soledad del ciudadano que vive en un entorno que se va desvaneciendo. Pero me interesaba también que el lector se pudiera identificar con el protagonista y que pensara que Jonás ha tenido un pasado igual que el suyo. Esa parte lo hace verosímil, hace que sea de verdad. Sin esa parte, Jonás no tendría contrapesos ni claroscuros, sería un personaje directamente frío y sin matices.
 
 
La paradoja de la novela es que lo más inquietante no es la visita de Jonás a Sila Montesinos ni la aventura del burdel. Lo más inquietante es la normalidad tan fría de la ciudad.
 
Lo inquietante de la novela es el tono general que tiene. Es como si no necesitaras bajar al infierno de la ciudad porque el infierno está en la superficie. De hecho, cuando sale del burdel, se encuentra la ciudad definitivamente arrasada por la soledad. Esta parte de thriller está más “apuntada”, no es importante y tampoco es fundamental saber qué ocurre con los desaparecidos. No, porque en la vida no es así. Hay algo que me cabrea de la novela en general y mira que soy lector de novelas: el empeño por buscarle explicación a todo. En la vida las cosas no tienen explicación. En la vida hay cantidad de cosas que no encajan. Me gusta que las novelas sean espejo de la realidad no en el sentido realista de que todo esté narrado, sino en el sentido del concepto. En Los nadadores lo importante no es qué pasa con la gente que desaparece, lo importante es cómo reacciona la gente ante esas desapariciones. Y lo hace con absoluta indiferencia. No quería hacer una novela metafísica o existencial pero al final me han salido los tiros por ahí.
 
 
¿Y por dónde irán los tiros de tu próximo trabajo?
 
La próxima novela va a tener más que ver con ésta que con otras anteriores. La presencia de la ciudad no va a ser tan claustrofóbica y la opresión estará dentro de los personajes, acomodados en unos entornos emocionales y familiares más favorables que los de Los nadadores pero con una soledad interior considerable. Me gustaría que todo fuese un poco más plácido, pero que el vértigo fuese in crescendo. Quiero crear la sensación de que en un ámbito agradable, tranquilo o aparentemente cómodo, de repente aparece el vértigo.
 
 
Mientras redacto esta entrevista, el poeta Pablo García Baena y la poeta Pilar Paz Pasamar están citados en la Sala Orive, uno de los centros neurálgicos de Cosmopoética 2013. García Baena, uno de los bardos cordobeses más ilustres, Príncipe de Asturias de las Letras y miembro del Grupo Cántico (junto a Juan Bernier, Ginés Liébana, Julio Aumente y Miguel del Moral) será homenajeado en esta edición de “Poetas del mundo en Córdoba”, que también celebrará el cincuenta aniversario de la muerte de una de las grandes influencias de Cántico: la de Luis Cernuda. Asimismo, las voces de poetas nacionales ya clásicos como Olvido García Valdés, Almudena Guzmán, Carlos Clementson, Antonio Rivero Taravillo o Pablo García Casado resonarán al mismo tiempo que los versos de los trovadores internacionales Aicha Bassry, Iman Mersal, Xi Chuan o Jorge Boccanera. La mixtura entre poetas emergentes y otros ya reconocidos y el cuidado de los programadores en los escenarios elegidos para las lecturas (entre ellos, la cervantina Posada del Potro), hacen de la Cosmopoética cordobesa una cita ineludible.
 
Del 23 de septiembre al 6 de octubre se ha celebrado Cosmopoética. ¿Qué tiene este festival que resulta un éxito absoluto año tras año?
 
Tal y como están las circunstancias y, tan sólo por el dinero que se destina al Festival, el protagonismo de esta cita, aunque lo hiciéramos mal, está garantizado. Realmente, la crisis ha recortado muchas actividades culturales y Cosmopoética es de los festivales que tienen una dotación económica fuerte, ya que la sostiene el Ayuntamiento. Eso hace que se destaque. Igual que si mañana surgiera un festival en Zaragoza, dicho sea de paso, ya que creo que Manuel Vilas está muy interesado en hacerlo. Yo estoy encantado, la experiencia del año pasado fue muy bonita, me permitió tener una experiencia de gestión cultural de la que yo adolecía y me permitió conocer a gente estupenda. Creo que, a grandes rasgos, salió dignamente, los invitados os fuisteis muy contentos y esto es lo más importante. La ciudadanía respondió porque los actos estaban llenos. Siempre se podrá mejorar, pero mi experiencia ha sido muy positiva.
 
 
De hecho, Cosmopoética se ha convertido en una cita más del calendario festivo cordobés, como pueden ser las Cruces, los Patios, la Semana Santa o la Feria.
 
Absolutamente. Sin la gente no habría Cosmopoética. El Ayuntamiento mantiene Cosmopoética porque la gente la demanda. Si la gente no fuera, no sería sostenible. Pero son los aficionados a la poesía y a las Letras los que, con su afluencia masiva a los actos, crean una necesidad política. Por eso seguimos un año más.
 
 
Lo cierto es que es difícil encontrarse con un escritor que, con sólo 37 años, tenga tan claros los objetivos y los principios que quiere seguir en su recorrido artístico. Es complicado encontrarse con alguien que reivindique la honestidad y la austeridad de su profesión, alejándose del ombliguismo, tan contaminante de una misión esencial para él: contar lo que está ocurriendo. Su estilo, elegantísimo, lo encontrarán en ese Vida y leyenda del jinete eléctrico, donde versifica la ética de Robert Redford, más allá de sus ojos azules del ex-ídolo teen y artífice de Sundance. Antes de marcharse del Café Central, Pérez Azaústre afirma, con su contagioso acento cordobés, que no es tiempo para mirar los mapas interiores sino las grietas del sistema. Y es que tiene el extraño sentido común de los hombres que comienzan las revoluciones en silencio.
 
 
(PEQUEÑO) CUESTIONARIO PROUST
 
¿Cuál es la idea perfecta de la felicidad para usted como escritor?
Mi próxima novela.
 
Su gran miedo como escritor.
Ser víctima de mis debilidades y no tener la suficiente autocrítica, que es el miedo de todo gran creador.
 
Rasgo que más le desagrada de un escritor.
La autocomplacencia. Ese escritor que, al leerlo, notas que cada mañana se mira al espejo y está orgulloso de haberse conocido. No soporto cuando se nota que alguien se gusta cuando se auto-lee, relamiéndose.
 
Escritor vivo al que más admira.
Juan Marsé como novelista y, como poeta, Pere Gimferrer.
 
¿Y muerto?
García Lorca.
 
Su mayor extravagancia como escritor.
Bastantes pocas. Necesito escribir frente a una ventana, nunca de cara a una pared.
 
¿Las promociones son necesarias o detestables?
Ni lo uno ni lo otro. He tenido alguna y me lo he pasado bien. Vender un libro es un empeño colectivo. Lo escribes solo en tu casa pero luego el libro tiene una industria de la que viven muchas personas y a esa industria hay que intentar favorecerla. Siempre trato de corresponder al esfuerzo que hacen otros por vender mi libro y, si tengo que viajar, pues lo hago. Además, es un gusto. Nunca he vivido una promoción de esas durísimas de treinta entrevistas al día, no sé lo que es. Viví una promoción intensa con La suite de Manolete pero la recuerdo con alegría: iba a las ciudades, me tomaba mi cervecita en el bar que me gustaba, me entrevistaban. Duro es levantarte a las cinco de la mañana para poner ladrillos.
 
Cualidades que más admira en un escritor.
La verosimilitud en lo que escribe y la capacidad para hacerme viajar, que me haga salir de la mera lectura y me haga ser capaz de imaginarlo todo. Me pasa cuando leo a Marsé y me veo en el Guinardó, en la posguerra, con esos niños y lo siento y lo vivo como si yo estuviera allí.
 
¿Qué libro salvaría de su biblioteca si se incendiara?
Aunque sea muy evidente: La Odisea, La Ilíada y El Quijote.
 
Un héroe de ficción.
Ya que estamos con La Ilíada: Héctor, el hijo de Príamo. Y don Quijote.
 
Un héroe o heroína real.
Voy a parecer un poco frívolo, pero no creo que lo sea en absoluto: Angelina Jolie. Me ha gustado mucho la manera que ha tenido de exponer el hecho de que se ha hecho una doble mastectomía por prevención. Creo que ha sido un ejemplo muy importante para muchas mujeres que ella, que es todo un icono sexual, haya hablado de las cosas tal y como son. Además, me encanta el compromiso que tiene con ACNUR, me parece un compromiso real. Me parecen unos héroes toda la gente que trabaja en cooperación para el desarrollo. Pero como me has pedido un nombre concreto, te la menciono a ella.
 
Un personaje histórico.
Nelson Mandela.
 
Un libro imprescindible.
Cualquiera de Stefan Zweig.
 
Un disco imprescindible.
The Wall.
 
Y, finalmente, una obra de Arte.
Cualquier cuadro de Francis Bacon. No es que me entusiasme, pero me impacta muchísimo. Cuando vi la exposición aquí, cada cuadro que contemplaba, me pegaba una bofetada.
 
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