Retrato de Salustiano, que tanto te gustó.

 
 
Experimento poético propuesto por Giusseppe Domínguez para los asistentes al Taller de Poesía de la Asociación Cultural Clave 53, bajo el título de “Poema telepático”.

Mi reino no es de este mundo. Y no quiero que el tuyo lo sea.

El Sabio nos sugiere un poema telepático, saltando redes, alambres, cables, poros, frágiles vientos, bocinas, avenidas. Unos versos para ti desde mí. ¿Por qué tú? Porque te vi rubia y espléndida. Porque taponas los lugares de lo común y te descalzas los tacones con tanta suavidad que de ello haces un soneto.
Podría haberlo mandado al poeta que es Manglar cubano; a la escribidora de la Alhambra La Roja; a la que versa en Japonés y verdea los tejados ñoños de Madrid; al literato de la Carcajada Fácil y la Voz que sacude; a la Cuentista brava y guerrera Venezolana. Pero acudiste tú con tus huecos y eso no es fácil de explicar.
 
Les digo a quienes me lean como te dije a ti:
 

Piensa en rojo. Piensa en fuego. Llamas que te rodean, pero no te tocan, como un foulard suave y desquiciante a la vez.
El fuego que abrasa, que envuelve sin dejarte opción. Casi sin respiración. Pero, a la  vez, fuego necesario.

Primer día de invierno y esa llama que ahoga sin atar… Todo es chimenea, todo es duna ardiente, todo es un Rothko que te abraza a modo de manta, todo es amanecer y apagarse en carmín, lava que recorre tu alma, mar en rojo, tsunami que te arrasa hirviendo: toca la cúpula de la habitación, toca las paredes y devora su pintura, toca el suelo y sale a bocanadas por la puerta. Todo es cálido y tú piensas que eres ignífuga, que no te toca, pero tu alma ya está roja, tan roja, tan roja, que te pueden detectar los satélites artificiales. Desde arriba, ven a la mujer roja, llama toda, mercurio rubio.
 
Surmérgete en este rojo, vuela sobre las imágenes.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
Te cité a las 11 de la noche. Yo, delante de un balcón en Chamberí. Tú, me prometiste andar descalza delante de tu ventana, situada al Oeste. Tu mente, ardía en rojo. La mía estaba llena de figuras de fiordos. Quería romper tu fuego, hacerte sentir el frío como una beatitud, desamarrarte de los calores para templarte. No escribí nada antes. Tan sólo mi cabeza salió a la noche y soñó esto:


Te veo. Me veo. Dos mujeres que corren sin mirar, los copos por sus venas, como una misa ortodoxa, un bautizo de Sheremetev y Leteo.
Blanco, blanco, blanco.
Como si fuera una fiesta de arroz y caña de azúcar.
Las dos acabamos de nacer, corriendo por el hielo del Neva. Vestidas con gorros de piel de zorro, largos abrigos de botones dorados en los que se reflejan las cúpulas de Pedro.
No hicimos otra cosa aquella noche que derretir las nieves perpetuas, que caminar a lo largo de los canales, tan heridos. Curábamos sus llagas con nuestra saliva, como si no hubiera otra lección que reciclar el frío y convertirlo en algo nuestro.

Escribo este texto a posteriori. En aquel momento, sólo pensé en dibujar lo que vi. A ti y a mí: las damas de la Perspectiva Nevsky, así, teñidas de tanto blanco que somos negras, con una especie de Venecia detrás, asomando tras la Salute. La luna, sólo la luna, estaba roja.

No dibujo bien, pero ésta en una aproximación a lo que fuimos durante el tiempo de nuestra telepatía. Porque la hubo. Tú, mientras yo te llevaba a Petersburgo, te convertiste en una sirena, rodeada por un mar-burbuja, que avasallaba el fuego que no te podía tocar. Mitad mujer, mitad cola de emperador. Pura hidrógeno y oxígeno.
 
En medio de las batallas, nosotras nos fundimos. ¿Existe la telepatía o fue un sueño deseado? No sé si la telepatía es sueño, tanto da, querida. Allí nos vimos y, por un momento, las dos fuimos tan distintas, tan poco corrientes, tan dueñas de nosotras que nadie ni nada nos alcanzó. Aquel viernes cualquiera de un tiempo poco común.


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