Entrevistamos al equipo de la obra CERDA para Revista de Letras/La Vanguardia
 
LA CARCAJADA POÉTICA O EL NUEVO JAMÓN IBÉRICO
 
Dolly como sor Leona. Foto: Pablo A. Mendivil.
 
 
Bianca Jagger entrando a celebrar su cumpleaños en Studio 54 montada en un caballo blanco es el primer flash que te dispara la cabeza cuando esta secta particular, toscana y arrebatadora, entra en la sala de la Portera. Caminan la abbatissa y su cardado bajo caudillesco-religioso palio, cuatro monjas a los cuatro varales y ella, musa del pop patrio, paso libre en lugar del trote suave del mítico corcel de la ex de Mick Jagger. Ella, con un total look diseñado por Íñigo Sádaba, es Dolly en la vida civil, Sor Leona en la clerical, rubísima como Gunilla, permanentada como la Loren, devota de Bette Davis y los baberos de esmeraldas, mandamás de talle prieto y cardenalicio vestir. El pecho, granado de joyas, símil del antiguo regalo de los toreros a las Vírgenes; el fajín apretado, listo para la suerte de banderillas, andares sobre Louboutin de doce centímetros y el rabillo del ojo, ennegrecido por la máscara y la mala vida. Sor Leona es la suprema lideresa de la Orden del Membrillo, este particular homenaje del dramaturgo Juan Mairena al adjetivo más abyecto con el que se puede calificar la existencia: como cerda. Sor Leona viene a ser una excesiva metáfora del pez cardenal: ése que incuba en su boca los huevos de sus descendientes; una espiritual musa de Jean Paul Gaultier en la época del sujetador cónico de la otra gran protagonista de esta pieza, Louise Veronica Ciccone, Madonna, material girl o la ambición rubia para el mundo.
 
A priori, este mundo conventual que propone Juan Mairena pareciera sacado de una mezcla entre el teatro del absurdo de Poncela y una genial greguería, pero no es más que el resultado de aplicar la poesía a la vida, embarrada ésta, constante ciénaga del ser humano al que arrebata la pobre (y falsa) ilusión del libre albedrío.
No es fácil transformar la carcajada, la humorada sabia y contemporánea en verso, en un chasquido. Éste es el gran logro de Cerda y de su dramaturgo y director. A vuelapluma: en nuestra comunidad habitan cuatro reverendas madres llamadas Sor Bete (Soledad Rosales), Sor Cicilia (Inma Cuevas), Sor Cosetta (David Aramburu) y Sor Catana (María Velesar), todas ellas ex-niñas huérfanas, recogidas por la caridad de la suprema madre Leona, que las somete a la dieta del mendrugo y el insulto. Bete es un fantasma parecido a Patrick Swayze en Ghost, pero con médium madrileña incluida; Cicilia es una real hembra, tan sexual que es homo y hetero a la vez, deudora del jamón 5 jotas y de los zombies, fan de The Walking Dead, grafitera denunciante, poética y romántica. Cosetta es un hombre encerrado en un cuerpo de mujer, que enciende cirios a Madonna y se mete en el traje de Alberto Lupo recitando Parole como si fuera un Shakespeare. Sor Catana es la última en llegar al religioso laberinto: algo así como el sargento Brody en Homeland pero en rubio y espigado. Por supuesto, que esta tortilla de Sacromonte provoca risas desde el primer instante, con momentos geniales como la coreografía inicial (creada por el ayudante de dirección, Pablo Martínez Bravo) o el romance musical que interpretan Cicilia y Cosetta. Pero, en medio de los gags, Mairena ha buscado la reflexión en el espectador mediante la metáfora de la libertad. Todas estas religiosas sueñan con poder ser libres, no importa de la manera que sea, anhelantes todas por cortar con las cadenas que las amarran. Esos agujeros negros que sienten en el estómago (y que no son sólo cornás del hambre) piden ser rellenados con posibilidades y con sueños, clausurados entre cuatro paredes de Abades, 24. Como parábola global, Juan Mairena repite alevosamente en el texto la palabra mar, sinónimo eterno de la libertad suprema.
El encuentro con Juan Mairena, Dolly, Inma Cuevas y David Aramburu tuvo lugar en el salón de La Casa de la Portera, ex-salón de los Leyva en Iván-Off. Transcurrió de la misma manera que la obra: entre la carcajada y la puñalada del verso bueno.
 
 
 
 
Ya que la obra tiene semejante título, le pregunto el porqué al dramaturgo. Y es que el mundo del scrofa domestica (zafio latinajo el del científico nombre del puerco) ya apareció en una anterior obra suya, Desmontando a Blancanieves, protagonizada también por sus fetiches Dolly y Aramburu.Viene un poco de ahí, de coger cosas de otras obras y hacer transferencias entre ellas. Quería seguir con la idea de la cerda, que da mucho juego a nivel de comedia. La obra, en un principio, se llamaba La vida es cerda y hablaba de que el hombre no es un lobo para el hombre, es un cerdo. El texto habla de la supervivencia y de qué estamos dispuestos a hacer para sacar cabeza en todos los tiempos, sean o no de crisis. Qué estamos dispuestos a acometer, de forma individual y colectiva, para conseguir lo que deseamos”.
 
 
La letanía con la que comienza la procesión inicial no es religiosa en el concepto tradicional, sino que relata los pasos de la receta del dulce de membrillo.
Juan Mairena: Esa letanía es un símil con lo que hacen las sectas para atraer y formar a sus discípulos y prosélitos y que es exacta a cada uno de los pasos de la receta del dulce. Los líderes quitan lo que tienen, vacían carne y corazón, los ponen en moldes y los dejan enfriar hasta que se convierten en algo frío, robotizado.
 
 
La última vez que vi a David Aramburu estaba metido en la piel del George de Albee en un Virginia Woolf. Inma Cuevas también viene de personajes dramáticos, más al uso. ¿Cómo se mete de repente un actor en el cuerpo de unas monjas tan extremadamente surrealistas?
 
Dolly: Yo lo tuve un poquito más fácil porque mi personaje es Dolly, yo misma. Con ser un poco más viva, más loca y excéntrica, como la Bette Davis de ¿Qué fue de Baby Jane? y con poner mis caras, lo tenía más rodado. Pero es verdad que había un guión muy estricto y hay que estar permanentemente al pie del cañón con tus compañeros, muy pendiente de las réplicas ya que Juan lo ha dejado todo muy picadito, muy clarito en el texto. A ver las demás… ¿Qué habéis hecho vosotras para meterse en el personaje, cuál es vuestro modus operandi? (Ríen todos).
 
 
 
 
Inma Cuevas: Yo le repetía a Juan, por activa y por pasiva: estuve quince años en un colegio de monjas con lo cual este mundo me resulta muy cercano. Todo lo referente a los rituales, los rezos, la oración y el respeto por el espacio de lo sagrado estaba en mi cabeza. Fue muy fácil entrar, además, porque es un texto muy bien escrito, que tiene muchas referencias, que está muy bien explicado. Juan siempre ha estado haciendo mucho hincapié en lo que significaba cada cosa que se decía y ha sido fácil hacerlo porque está lleno de humor y de poesía. Para mí es un viaje muy divertido, me gusta mucho pasar del drama a la comedia en un abrir y cerrar de ojos, dejando al público sorprendido. Y este texto tiene mucho de eso. Ha sido muy cómodo ensayarlo, muy divertido porque los compañeros son estupendos y porque el director tiene muy claro lo que quiere demostrar. Ha sido… como llevar vaselina…
 
Dolly: ¡Ay, lo bien que todo entra y sale con ella! (más risas).
 
David Aramburu: Yo soy el que más alejado estaba del personaje porque nunca me había vestido de chica, ni había ido a un colegio de monjas ni de curas. Cuando empecé a leerlo pensé que a Juan se le había ido la cabeza pero es cierto que, sin agobios, empiezas a hacer un trabajo de mesa, empiezas a ponerlo en pie y, al darle más vueltas, acabas alcanzando su verdadero significado. Y supongo que todavía queda mucho por descubrir. Creo que ya no me siento extraño ni me hago las preguntas que me hacía al principio de quién soy o por qué lo soy. Simplemente, te dejas llevar por la situación. Hemos tenido que crear ese código de explicarnos a nosotros mismos el personaje para que los espectadores entren en este mundo.
 
 
¿Qué opináis de las etiquetas? ¿No hay demasiada manía por encuadrar las obras de teatro? Cerda ha sido calificada de queer o de comedia travesti.
 
J. M.: ¡Siempre que se hable en positivo! La gente tiende a poner etiquetas pero… ¡es que yo tampoco sé muy bien qué es esto! (Risas de todos). Para mí es una comedia, pero también tiene cosas muy dramáticas y profundas. Las etiquetas me divierten, la gente es libre de opinar si lo hace desde el cariño.
 
 
La obra se convertía en una gran metáfora cuando veía entrar en escena a Dolly en plan madre Leona, como una mantis religiosa desatada. Todos ahora mismo, en el sistema en el que vivimos, estamos metidos dentro de una orden, al servicio de una Regla y de una madre Leona que hace con nosotros lo que quiere.
 
J. M.: ¡Y no quiero pensar en Angela Merkel! Una de las cosas que se dicen en la obra es que los personajes están un poco perdidos y buscan una salida. La única salida posible es la de la libertad, como explica uno de los actores. Pero no somos libres, como ninguna de las monjas de este convento. Todos somos esclavos de la sociedad, símil de la madre Leona. Y somos esclavos de unos patrones que nos marcan. Hay muy pocas formas de escaparse de ello.
 
 
En un diálogo, Dolly se tira piedras contra vuestro propio tejado, parafraseando un discurso bastante manido en la actualidad: “Los artistas son todos unos maricones, unos hijos de puta y mamandurrias”.
 
Dolly: Es una crítica acidísima… ¡Y encima nosotros somos artistas! Pero, vamos, de todos esos adjetivos sólo somos mamandurrias, jajaja. Es como ese chiste que dice: Señor, ¿es usted camarero o mariquita? ¡Señora, por favor! ¡Un respeto, por Dios! ¡¡¡Yo no soy camarero!!!
 
J. M.: Siempre se ha criticado a los cómicos y a los comediantes. Que si son gentes de mal vivir, que si el Teatro está lleno de maricones y de putas y de gente vaga. Quise hacer referencia a ese topicazo y a la poca importancia que se le da al Teatro en el mundo de la Cultura en estos momentos.
 
Dolly: Me harta que me digan: ¡Ay, qué bien os lo pasáis! Perdona, pero detrás de esas risas o esa complicidad, hay una preparación enorme. Ahora mismo, estamos con el corazón fuera de la boca de los nervios. Estar aquí es muy complicado y muy difícil, lo que pasa es que el aplauso final lo vale. El preparar esto, algo que parece tan simple, ha llevado muchísimo tiempo y trabajo y, aun así, todavía, estamos perfilando cosas.
 
J. M.: Es que esta profesión está muy desprestigiada por ciertos sectores, sobre todo políticos.
 
I. C.: Prevalece un poco la antigua idea franquista de que los actores o somos putas o maricones, siempre empleando esas palabras despectivamente. Pues, al final, somos nosotros, los artistas, los que estamos sobre un escenario diciendo lo que pasa en el mundo. Es una forma de expresarse, de reivindicar el lugar que nos pertenece. El teatro no es más que un ágora de expresión paralelo a la calle, donde el público viene a ver la realidad que existe fuera. Por mostrar esa realidad se nos critica o se nos criticaba antaño. Porque se dicen verdades.
 
 
 
 
Cerda tiene mucho de denuncia. De hecho, remiten al famoso caso de los niños robados de sor María, al problema de la pederastia dentro de la Iglesia y el proteccionismo a los sacerdotes implicados por parte de papas como Juan Pablo II. Y, a la vez, es un tratado de la más rabiosa actualidad con continuas referencias a series (The Walking Dead), canciones icónicas (Like a prayer) o esperpentos televisivos como Esperanza Gracia y sus horóscopos.
 
I. C.: Claro, en todo momento hacemos guiños al espectador, lo implicamos. Está hecho para que disfrute todo el público. Siempre he dicho que cuando se ríe el público, eso es salud. Y es verdad que tengo compañeros que han venido a ver la función y pasan de la parte poética de la que hablamos, porque quieren reírse todo el rato. Pero es fundamental, además, decirle al público lo que está ocurriendo de verdad, las dos caras del teatro. Hay que hacer reír y reflexionar.
 
Dolly: Es verdad que a la gente le gusta reírse. Y cuando sueltas algo más serio se quedan como petrificados. Y luego vuelves al chascarrillo y estalla de nuevo la carcajada. Pura montaña rusa. Es una especie de liberación: he soltado una verdad pero la he endulzado un poco con la comicidad, que es la válvula de escape que tenemos hoy día. De momento, la risa es gratis hasta que le pongan un impuesto. Que nunca se sabe. La risa es un buen lubricante para que nos duela menos lo que nos están metiendo.
 
I. C.: Yo voy a decir algo que queda horroroso y fatal, pero como soy sor Cicilia me lo puedo permitir. Además de la risa, hay que reflexionar por lo siguiente: hay países donde a las mujeres se las mata por disfrutar y por bailar. Hace poco leí una noticia que tenía lugar en Pakistán. Tres niñas de dieciocho años salieron a gozar de la primera lluvia que caía tras la estación seca y lo celebraron bailando. Supuestamente, uno de sus hermanos le dijo a otro grupo que las matara porque habían deshonrado a la familia. Nosotros somos afortunados, a priori, por estar en una sociedad en la que podemos ir al teatro y ver este tipo de textos, tan trasgresor. Y, a pesar de que estamos en un país bastante abierto, seguramente, habría mucha gente que vendría aquí y se escandalizaría por lo que decimos o cómo lo decimos. Hay que llenar las salas con textos así. Y que se escandalice la gente.
 
 
 
Juan hace una genial metáfora comparando el agujero negro de los donuts de los que es fan Sor Bete con el vacío que se siente al no tener libertad. Para vosotros, mitad actores, mitad cuasi monjas-cerditas, ¿qué es la libertad?
 
Dolly: ¡Por favorrrrr, qué pregunta más metafísica! ¡Hedonismo y metafísica! ¡Pero esto es como para pedir el comodín del público! (Carcajada).
 
J. M.: Haciendo un poco de alusión al texto, yo creo que la libertad es volver al mar, al principio. Es romper con todo lo que nos han impuesto y nos han hecho creer y volver a ser dueños de nosotros mismos y disfrutar con lo que somos, con lo que queremos ser, no con lo que otros quieren que seamos.
 
D. A.: Yo llevo la libertad a un aspecto más local, al momento y lugar en el que vivimos. Creo que estamos atravesando un periodo en el que la sociedad debe darse cuenta de dónde viene desde hace una temporada. Llega el momento en que debemos de romper con antiguas imposiciones y empezar a ver quién nos está dominando, quién nos está gobernando y para qué. Y en este caso, la obra y el teatro, pueden ir por ahí. En concreto, para mí la libertad sería saber quién nos gobierna en sentido general, por qué y para qué. Incluso en los escándalos que hay últimamente, que parecen manchar a toda la clase política… Hay alguien detrás de todo eso. Seguimos siendo manipulados y nunca sabremos quién es esa Sor Leona que está ahí arriba y que es la que verdaderamente mueve los hilos. Con saber quiénes son y sus intenciones y con que la gente se entere, me conformaría. Esa sería la libertad: el saber.
 
Dolly: Nos esconden tantas cosas… Otra cerdada más.
 
D. A.: Sí. Simplemente están cambiando las normas del juego. Las que había hasta ahora han dejado de interesar por lo que sea. Ésa es nuestra falta de libertad, el que no seamos capaces de opinar y decidir sobre lo real. Seguimos estando manipulados continuamente. En silencio, nos establecen el próximo orden. ¡Y nosotros creemos que somos quienes lo hemos elegido! Antes de que sepamos qué es lo que tenemos que pensar, ellos ya lo saben. Como se dice en una obra de Rodrigo García: “el señor de la Coca-Cola debía ser muy listo”. Si no, no habría vendido Coca-Cola en el desierto.
 
 
 
 
 
A raíz de esto que dice David y de todos los acontecimientos que se superan día a día en esa feria de las vanidades y el trapicheo que es la política actual, y a la que criticáis en Cerda: ¿Cuál de las dos es más surrealista para vosotros: esta obra o la vida misma?
 
J. M.: ¡La vida! Y todo lo que hemos estado viviendo en los últimos años, desde la caída de las Torres Gemelas. Todas las decisiones que se toman y las decepciones que nos estamos llevando son sumamente surrealistas.
 
 
Hablando de surrealismo… ¿Cómo es trabajar a las órdenes de Juan Mairena?
 
Dolly: Estupendo porque… ¡Es más bueno! No sale de él un grito, un exabrupto, nada. Es callado, muy compañero. Por supuesto, cuando te tiene que decir algo te lo dice, es un placer trabajar con él.
 
I. C.: Es una persona muy tolerante y que te deja hacer. Te deja libertad para que tú vayas confeccionando el personaje. Y cuando hay algo que no le gusta y que cree que no va a funcionar, lo tiene muy, muy claro. Libertad y tolerancia, pero con una sabiduría muy grande del camino marcado y que él sabe que funciona.
 
D. A.: La ventaja es que el texto es suyo, con lo que conoce exactamente lo que quiere en cada giro, no hay pie a las posibles interpretaciones, sí a todo aquello que sume para el bien de la obra. De hecho, supongo que se ha encontrado con cosas que él ni siquiera había previsto porque alguno de nosotros las ha aportado. He trabajado con textos de un dramaturgo que no es el director y a veces es complicado entender la obra. Pero al ser en Cerda la misma persona la que escribe y la que dirige, Juan ha hecho posible que lo entienda todo.
 
Dolly: ¡Pues yo al principio no lo entendía! Cuando lo leí por primera vez pensé: ¿pero qué es esto, por Diossss?
 
J. M.: ¡Pero es que ni yo mismo lo entendía!
 
D. A.: A mí me asaltaban dudas existenciales y pensaba: esta parte del texto no encaja, no tiene lógica. Iba a preguntárselo a Juan a ver si lo “pillaba” y no ocurría nunca: ¡Siempre lo tenía todo clarísimo!
 
Dolly: Es tanta la información intertextual que parecía que no lo podría digerir. Luego, a la hora de empezar a trabajarlo, todas las piezas se van uniendo.
 
I. C.: Y ahí ya es cuando dices… ¡pues no entiendo nada de nada! (Carcajada general).
 
 
Sor Leona es una mujer hedonista, cizañera, egoísta. Cosetta tiene dismorfia de género. Cicilia se mueve entre el amor romántico, el carnal y la rebeldía. Sor Bete es un espíritu en tránsito e insatisfecho. Eso, a grandes rasgos. En pequeño, ¿cómo definiríais a vuestros personajes?
 
J. M.: Empiezo yo diciendo algo por si les ayuda. Los tres son personajes ambiguos, algo que he buscado adrede. Sor Bete, Cicilia y Cosetta, que son las “niñas del convento”, están entre dos mundos. Bete, entre el mundo terrenal y la vida eterna; Cosetta es un hombre atrapado en el cuerpo de una mujer; y Cicilia es un poco bipolar, no sabe lo que quiere. En un momento dado puede sacar el látigo de cuero; en otro, la puntilla en el calcetín. Mi intención era jugar con la ambigüedad de cada uno.
 
D. A.: En mi caso, nunca me he encontrado a gusto con mi identidad sexual, había algo en mí que no encajaba y tenía el deseo de ser hombre. De pronto, a mi personaje le sucede una epifanía, un milagro y ese deseo se me concede, pero no lo asimilo. En la obra, me encuentro justo en ese día donde, de pronto, he amanecido con esos nuevos “superpoderes” masculinos (ríen). Yo le preguntaba a Juan: si la gracia divina me ha concedido el deseo de poder ser hombre, ¿por qué sigo luchando entre esos dos mundos?
 
J. M.: Yo le contestaba que porque la gente transexual sigue luchando siempre.
 
D. A.: Exacto. Lo mío es un proceso de cambio de sexo aceleradísimo, en un día. Así que me noto… confuso, ¡obviamente! Entre que siento, anatómicamente hablando, cosas que tenía y otras que no tenía y, además, encuentro la fuerza para enfrentarme al bicho éste de sor Leona y dilucidar mi pasado, mi cabeza anda desconcertada.
 
Dolly: Y yo estoy convencida de que estoy haciendo el bien. De que estoy rescatando a los niños de los brazos de unas madres que no les merecen. Para que tengan un buen vivir, se los doy a una familia adinerada y, a cambio de ese niño, yo recibo un dinero con el que mantengo a mi hija, mi convento, mis joyas y al resto de niños que me traen de vuelta y que no quiere nadie. Niños a los que, encima, no echo a la calle, estilo Cosetta, a quien nos devuelven por raraaaaaaa (ríen todos). Mi personaje es muuuuy excesivo, muy Bette Davis como dije antes, muy actriz de los años cuarenta. Me muevo en una locura de hedonismo y metafísica y pienso: ¡Madre mía, qué loca está!
 
 
Y, encima, tu primogénita es una hija… cerda.
 
Dolly: ¿Pero tú has visto algo más surrealista? ¡Imposible! ¡Ni un niño y una niña ni una escoba! ¡He parido una cerda!
 
D. A.: ¡De la que no sabemos quién es el padre!
 
Dolly: ¡Pues así hacemos un Cerda 2!
 
I. C.: ¡Pues no está mal la idea! Volviendo a los personajes, del mío te digo que Sor Cicilia es una monja enamorada sin saberlo. Ella es muy amiga de sus amigas y siente nostalgia por Sor Bete, porque tiene su ramalazo de lesbianilla. Está encerrada en un convento y tiene sus deseos encadenados. No sabe por dónde tirar. Ella sabe que los tiene, que tiene rabia en el cuerpo, que tiene momentos de arte con sus graffitis, una manera de soltar amarras por algún sitio. Cicilia se siente muy mujer y muy lesbiana también pero tiene necesidad de expresarse. Tal como Juan  la describe, es una niña bipolar, que está conforme en el convento, que ama el jamón y disfruta con las grandes pasiones vitales: la comida y el sexo. Y no tiene ninguna de las dos. Por eso cuando ve a Sor Catana, la nueva novicia, se despierta en ella “lo más grande”. Y, más tarde, cuando ve a Cosetta transformada en hombre, su mente se aclara y entiende por qué sentía tanta atracción por su compañera, por esa amiga con la que se escondía arriba en los campanarios para estar solas las dos. Ahora entiende por qué quería estar siempre junto a ella. Pero lo entiende justo en el último hálito de vida.
 
 
Cuando se entra en este convento, suena de fondo ese soniquete mítico de la película Sor Citröen, con Gracia Morales. Pero luego, cuando se oye el primer verso del Like a prayer de Madonna, todo se transforma en algo chispeante, enérgico, que mueve al espectador del asiento. ¿Qué es Madonna para esta obra?
 
Dolly: Otra muestra de trasgresión. Además de ser italiana como todas nosotras.
 
J. M.: En la obra todo tiene un porqué. Porque Madonna, además de ser italiana, evoca con su propio nombre a la Virgen María y a la virginidad de estas mujeres, cada verso de esa canción mítica como es Like a prayer, que marca el comienzo de la obra, tiene parangón con lo que ocurre en la Orden del Membrillo. Madonna está introducida como elemento dramático en el texto. La obra habla de mitos, de leyendas. ¿Qué es la religión sino un mito y una leyenda? Y yo me planteo que es posible para alguien que adora y que es fan de Madonna y tiene fe en ella, recibir un deseo a cambio de sus plegarias a esa diosa moderna, recibir un milagro, movido por esa fe.
Cuando Dolly, David, Inma y Juan nos abrazan y se marchan para prepararse para la función, pienso en esa última frase de Mairena acerca de la fe. A lo largo de este año, he acudido a algunas comedias, ese teatro-purgante tan necesario para exorcizar tragedias cotidianas y seriedades. Pero los repetidos y manidos gags han hecho que las risas fueran escasas y que perdiera la fe en las buenas comedias. En la Portera y gracias a Cerda la recuperé totalmente. Y, además, encontré en medio del texto una poética a la rebeldía, ésa que quizá sólo alcanzamos cuando nos quitamos los corsés y los pies comienzan a bailar a los sones de la ambición rubia. Un dos por uno en estos tiempos. Raro y escaso. Aprovechen a estos artistas este septiembre para mojarse en la libertad. Y en el surrealismo, claro.
 
 
 
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