Michael Haneke fotografiado para Babelia de El País. Hecha en Córdoba en febrero de 2013. ©Carmen Garrido
 
 
 
Me siento asaltada en cualquier trayecto. Siento que me ven, que me escrutan y que, aun peor, adivinan mis pensamientos.
 
Tengo el iluso deseo de convertir los espacios en los que habito en una extensión de mi propia casa, el único lugar del mundo en el que me siento segura. Quizá porque me ha costado “edificarla”, porque el adobe de estos muros tendría una Montaña mágica como autobiografía. Este rojo y verde lo he creado yo: un imaginario mental, una cueva platónica donde co-reino, donde me arropan los que vienen y van, los amigos, las mascotas, el cartero que siempre trae algo bueno de Córdoba, el bebé que grita en el piso de arriba, la música de Marc Lavoine.
Me los llevo a todos puestos a las entrevistas, al voluntariado en Tetuán, a los viajes, a los versos, a los Austrias de la noche y al Paseo del Prado de día.
Incluso, me los llevo al terreno de los mensajes, al móvil. Allí están calentitos. Quizá no con velas -las hay en estos días por todas partes, como una invitación a la nieve- no con canciones de Eurythmics, no con páginas manchadas de café del sagrado Vanity Fair mensual o del sagrado escribidor Chukri. Pero están. Todo lo que quiero está también en el móvil, unidito, amarradito, con sus fotos pertinentes, sus caras, sus estados locos. Llegan fotos de Dubai, de Granada, de Argentina, de Venezuela, de la tarde en sierra Morena, de la siembra en Guzmendo, de los ojos cada día más azules de Ginebra, de la futura comida del domingo con Colombia entera y parte de Murcia. Llegan poemas, quejíos, frases de amor, peticiones de alumnos, carteles, tonterías (muchas), de ésas imprescindibles para contrarrestar intensidades.
 
Pero, de pronto, alguien que no pertenece a este mundo, introduce el frío polar. En medio de una receta de croquetas de Ana, entre dos consejos de Susana, entre las matemáticas de Giusseppe.
Puede ser una promoción, un mensaje dejado por un número desconocido, cinco llamadas de un privado, un whatsapp de alguien lejano y olvidado. Un cortahielos. Alguien que se introduce en mi casa, que me grafitea los muros y que planta allí su yurta okupa. Por una décima de segundo, por un minuto o por cinco.
La primera impresión es de extrañeza. La segunda, casi de vómito. La tercera, de odio hacia el Samsung. El último acto sería el de incendiar mi propio hogar para que nadie lo tuviera. Numantina me encuentro. Querría sabotear el maldito invento, aniquilarlo, establecer una zona de exclusión, de sabotaje, con mercenarios pagados que defendieran mi intimidad.
 
Suena la música de Mentes Peligrosas. En ese momento, miro al cuadradito que me dio Vodafone y lo pongo en su sitio. Imposible hacerse un autogulag para el resto del incordioso mundo sin cercenar lo bueno y lo bello de lo querido.
 
En el sofá del salón lo dejo muerto, como a un amante que te ha traicionado. Y del que te olvidarás hasta la mañana siguiente. En la que te colmará de besos. Y también de dardos envenenados, con píxeles, con apps, con todos los demonios de quien se sabe espía y que, por tanto, conoce todos tus secretos.
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