Foto: Carmen Garrido. Primavera de 2012

Sobre la mesa.
Aquel cuarto de queso de La Flor de Esgueva, que olía a aceite untado a mano.
La libra de carne, limpia de nervios, ciclamen rojo para tus criaturas omnívoras.
La pizca de sal para alborotar la grasa y espesarla: piedra que crea ondas en los pantanos.
La gota de vino para aderezar el pescado y reblandecer el trauma de su muerte por ahogo.
La piel de naranja y clavo para las manos, que destilan cinco dedos y las decenas de arrugas de lo que no existió.
La porción de caballa, azul y agria, para despertar los esófagos anquilosados en la mala vida.
La mezcla de vinagre y Carbonell, sudando sobre el verde de lo fresco, de lo terrenal.
La quimera del tocino, que endulzaba los caracteres recios del campo.
La tajada de gazpacho, que convertía en verano los trabajos y los arreos.

Así eran tus mesas. Así las he heredado.
Conjuntos del banquete.
Siempre partes de la antigua hambre.

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