©Carmen Garrido

Ha sido la primera y apacible película de Año Nuevo. Merecido Gran Premio del Jurado el pasado Cannes.

Todo lo que se espera de los Coen, todo ese imaginario de brutales personajes secundarios, tan Pollocks, tan Vann, tan McCarthy. Más tamizados que en las anteriores películas, menos brutales, pero sus inquietantes presencias continúan, firma y sello de los de Minnesota. Más en la línea de Fargo. Cualquier escritor querría que su imaginación diera a luz semejantes fisonomías y psicologías, tan trash, tan aparentemente integradas en una sociedad que los contempla como esas instalaciones artísticas, abstractas y de nombres complejos, que adornan los parques.
Personajes que adornan el bohemio -y a veces sórdido- Village neoyorkino de 1961 y el Upper West Side, escenarios donde se mueve Llewyn Davis, un músico de folk que busca triunfar con su música. Oscar Isaac interpreta a un futuro Mister Looser que busca el utópico American Dream, en una Odisea cíclica y gatuna. No es un buen augurio que Davis comience la película cantando Hang me, Oh hang me en un club de mala muerte llamado Gaslight Cafe. De hecho, y metafóricamente, el protagonista permanecerá “colgado” toda la película de las caridades ajenas, de las noches sin dormir en sofás de amigos, benefactores y hermanas, asido a su guitarra y a un felino que el destino le ordena como compañero.
Davis es una mezcla de perdedor y dulce buscador de fama, torpe y soñador, pero con una conciencia muy clara de lo que quiere hacer con su música y del precio que debe pagar por sus errores. En sus bolsillos, cubiertos por la nieve de la City y del ventoso Chicago, los dólares vienen y van, nunca agarran y se despilfarran en licencias para la Marina, menús en carreteras del Infierno y abortos que no lo son.
 
 
Brillante Carey Mulligan, esa beldad de Drive y nueva Daisy de El gran Gatsby (Oh là là, su personaje en An education), a la que se supone dulzura nada más torcer los morritos. Pero esta Mulligan alberga poca suavidad en su interior. De hecho, y algún momento, el espectador no puede menos que envidiarla: el personaje dice lo que piensa en todo momento, escupe, inmensamente borde, sus pareceres sobre los demás, adornando los argumentos en todo momento con hermosos “You are a fucking asshole!” o “You are a bullshit!“. Deliciosa mujer envuelta del feminismo de los sesenta que esconde deseos burgueses de casa, hijos y marido. Por cierto, Mulligan vuelve a cantar (recuerden la escena de Shame). Y lo hace maravillosamente.
Alrededor de este Llewyn Davis vagabundo y errático brotan esos secundarios que mencionábamos antes, tan de la Literatura americana indie, que forman una cosmogonía, que por sí sola, vale el calificativo de magnífica.
Una secretaria de discográfica de noventa años, tan menuda que apenas alcanza el escritorio, tan sutil como el mordisco de un cocodrilo, con los labios y las uñas enfurecidamente rojos y unos dedos rápidos como la lengua de una víbora para teclear la Underwood.
Un John Goodman, heroinómano, mórbido y de voz cascada, que interpreta a Roland Turner, un músico de jazz que acompañará a Davis en su viaje hacia Chicago. Gloriosos minutos de película a través de lo más profundo de América.
Una griega culta y hippie, de la mano de Robin Bartlet, famosa por sus musakas, tabulés, su magnífico piso en Manhattan, su comprensivo marido y sus intelectuales invitados judíos. Ponga en su cena un músico pobre excéntrico, por ejemplo, un cantante de folk. Dará una nota de open mind y cosmopolitismo.
Como estos tres, muchos otros corretean por la cinta de los Coen. No hay despropósitos (geniales) en ella, como en Oh Brother!, Barton FinkNo es país para viejos. Película de madurez dentro de su inconfundible estilo. El camino que todo artista debe recorrer para triunfar, en los sesenta y a principios del XXI. Las opciones, el trepar o no, el renunciar al propio estilo si lo demanda el público o el dueño de la Universal. El eterno retorno. ¿Quién de los que nos dedicamos a lo artístico no puede sentirse identificado con Llewyn Davis? ¿Quién no ha conocido a personajes pesadillescos en el recorrido por discográficas, editoriales o galerías?
El final dependerá de la mirada del espectador, ponga el suyo aquí abajo. ¿El de Llewys? Al servicio de cómo tenga usted el día. Bien mirado, aplaudo que se estrene (en España) el día de Año Nuevo: la mirada esperanzada sobre el 2014 puede ser beneficiosa para el protagonista. Ojalá, en algún sitio, Llewyn Davis sea una estrella del folk. O quizás no. Lo importante es que el chico de pelo rizado y ojos italianos siga cantando.
Porque la banda sonora es espectacular.
A pesar de Justin Timberlake. O, precisamente, si se ignora su insoportable carita de no haber roto un plato.


CRÉDITOS

Título original: Inside Llewyn Davis
A propósito de Llewyn Davis (España)

Directores: Ethan y Joel Coen

Guion: Ethan y Joel Coen

Basada en : The Mayor of MacDougal Street de Dave Van Ronk

Protagonistas: Oscar Isaac, Carey Mulligan, Justin Timberlake, John Goodman
Música: T-Bone Burnett, Marcus Mumford


 
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