Fotografía de Sophie Calle
 
 
 
En el desigual comienzo, aparecieron ellas.
Frente a los grandes mamíferos, frente a los marsupiales (a los que más que mamíferos, llamaríamos las más bellas bestias), surgieron ellas.
 
Tan pequeñas, tan deseosas de ser carne de microscopio, que sus brazos no alcanzaban a abrazarse en medio del deseo. La ley de atracción universal las llevó la una a la otra. Es la explicación científica. La sentimental diría que el azar las había nacido para amarse. Opten por la melancolía o el empirismo.
 
Dos partículas, unidas por la diversión de la tibieza, carne con carne dentro de la enorme entraña. Milagro, fusión, decisión del demiurgo: llámenla como quieran.
Tan calientes, tan exasperadas por crear una amalgama de sus células que de aquel trance hipnótico (preludio de otros miles de millones) nació una tercera partícula, enorme, ser deseado, cucharada de aquel primer amor.
De la tercera nació -teoría del caos y del accidente- una cuarta. Un hígado de Frankenstein. Una pata navegable del caballito de mar. El trozo de lengua de la boca del suicida.
 
A pesar de las ansias de los progenitores (aquel Decamerón de saliva, savia, roces, temblores) ni la tercera ni la cuarta partícula humana llegaron a amarse.
 
Hay demasiada agresión en el hecho de besar y de amarrar piernas, fluidos, recuerdos, pesares, proyectos, listas, propósitos, vellos, sábanas, pensaba Yahvé. No es buena la castidad, tampoco el exceso. Tendría que haber cambiado la consigna: el Paraíso para los templados, los capaces de dominar sus humores.
 
Nunca se dieron las partículas-hijas las buenas noches. Tampoco se tocaron para el Mal. Se desdeñaban amorosamente. No reinó la empatía en el primer hogar. Nunca. Porque una venía de la otra y la igualdad jamás fue su principio.
 
Con el tiempo y las hormonas, la frágil convivencia, la disparidad de sus piezas cazadas, la escasez de fuego, el “prefiero a madre antes que a padre” la tercera deslizó suavemente su cuchillo en el costado de la cuarta, futuro tronco de un linaje de Reyes.
No importa que el Génesis llame Caín al asesino, Abel al asesinado.
 
A partir de entonces, cuando dos partículas solitarias y expulsadas de algún Paraíso se unen lo hacen con alto recelo.
Todas ellas saben que la Historia se repite.
Pero también saben que, para aumentar su rebaño, Yahvé nunca reprobará la ley de la atracción.
Si no, el gran Dios, no tendría con quién jugar a los dados. 
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