La dama. Badajoz, abril de 2013. ©Carmen Garrido

 

Olvídate de los que pasan, teñidos de colores, como pavías mal fritas, aceitosas, todas hijas del mismo mar.
Tú dejas la estela negra -no por lutos, no por primogénitos caídos en plagas, no por guerras- sobre el alcantarillado, para desvelar -sin intención- el significado exacto de la vida
Los otros se esconden, la temen, se exhiben a porta gayola ante supuestos Miuras. Tú no te burlas de ellos, sólo cierras los ojos: el coso es pa todos, la valentía pa los elegidos.
Tú agarras el pan como la leona el costillar del antílope: a bocados, mujer, defenderías la levadura madre, la textura correosa, los fideos en polvo de la sopa precocinada.
Tú no sabes si el plástico de la bolsa contamina océanos o nutre ballenas, él es el triunfo de tu casa cuando entra en la cocina y da a luz los huevos, la leche, el café para no dormirse, que no están hechas las esquinas ni las sombras para pararse, sino para dar a entender que existe la posibilidad (lejana) del reposo.
Los ojos tuyos no giran, son bueyes atados al mismo arado que avanza una y otra vez por el mismo campo infértil: camino de la gloria y la carne blanda, camino del fracaso y el único hueso para el cocido de todos.
Los ojos tuyos no se levantan del suelo porque la comida no la trae el orgullo, sino el mentón bajo y los cabellos rotos, nada de moño estirao, nada de peinetilla. Quien tiene tiempo para peinarse no lo tiene para sacar leche de la ubre.
Los ojos tuyos duermen poco de noche y siempre sueñan con los mismos materiales: el fierro, la luz, el butano, la olla. Buscas la comida y la arrastras por la cama.
 
Él desliza los billetes en tu mano, sus ojos piden perdón por la escasez.
Tú los tomas y emprendes el camino hacia la tierra de las bolsas de plástico.
Hace tiempo que dejaste de creer en la multiplicación de los panes y los peces.
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