Katarina Solokova

Katarina Solokova

Texto inspirado en la obra teatral “Perro, gato, pez”, vista en la Sala La Bagatela.

Para Z y Jujox

 

 

Empieza a haber algo de respeto hacia ti.
Porque empiezo a descubrir que lo salvaje te inunda, en el fondo, y yo, como órgano del que te apropias, guardo dentro de mí un animal tan aterrado que acabará por devorar a algún semejante.

Como entomóloga observo a los hombres andar del mismo modo que las hormigas, satélites sin cabeza, aspirantes a cigarra, diversión para los ojos de los niños antes de que sus deditos inocentes acaben por aplastarles las antenas, les corten el camino con arena, las carguen con pajas de pacas para partirles el espinazo.

Alguien me dijo una vez que existe la fobia a las congregaciones: las pepitas del tomate (tan placentas del próximo triste fruto), las colmenas (aspirantes a trabajadoras del mes), las manadas de búfalos (cerriles, delante de la locomotora del ferrocarril). Las piernas de los hombres se alzan como la cola de los salmones, corren río arriba a desovar, luego morir, alguna mordedura al adversario que consignar en medio, nada importante.

En las noches de verano, me refugio en la finca Sorin. Los farolillos sobre el césped, las luciérnagas, los chales que el fresco hace brotar en lugar de lilas, el testeo de los perfumes traídos de París, los chismes traídos de Moscú, los rubios cabellos traídos por la buena alimentación. Sé –lo sé- del cieno existente bajo el agua. Sé de los celos, de la envidia, del hastío del que se deja morir, de la necesidad del pezón materno, del deseo por los pechos recién nacidos, de la hueca frivolidad. Pero hasta que Chéjov lo quiera, el brezo, las camisolas blancas, los pies descalzos, las trenzas despeinadas seguirán acompañando mi almohada.

Mientras los mamíferos salpican las calles –ellos y sus auras altas como las Torres Petronas, vacías como las oficinas que las forman- yo bato mis alas rogándoles la miga de pan, el sorbo de leche fresca. No suelen hacerme caso –aspiran en los cuestionarios a volar y luego desdeñan a quienes podemos hacerlo- y sólo piensan en las estrellas ya muertas. Ésas que no existen porque no han sido nombradas, ésas de obituarios tan antiguos, tan masticadas por el Universo que ningún astrónomo las registró en la danza de un naciente o en la muerte de un rey. Mientras los mamíferos se rehogan en ellas, llamo con el pico a alguna ventana, donde el niño que apenas alcanza la mesa mira atónito a la madre hacer cuajada. Tampoco ningún cronista dará certeza de esto, pero yo anhelo estar en esa cuadratura, aun rebozado por el fermento lácteo.

Nadie parece en paz en esta competición por un trozo de arena, por el resto de aperitivo. Por eso, la magia procede de los puertos silenciados en la noche, con el faro en su esclavo trabajo. Por eso la magia viene de los parques a la fresca donde los vagabundos sustituyen el bistec por el polo de limón, ácida comida para ácida existencia.

La última foto nació de un regazo. Su cabeza bicolor descansando sobre ella, tan recta, tan alejada ya de toda posible fascinación. El banco desprendía olor a lluvia –no sería la primera de este verano- pero su vestido antiguo se mojaba a la par que su saliva le repasaba una y otra vez los párpados. Sus ojos, tenían peligrosas corrientes marinas bajo ellos, se ocultaban tras las carreteras secundarias de las mil arrugas y miraban al frente. Vieja y perro. Algún cabello cano caía sobre la cabeza de chucho, mezclando ADN ya semejantes por la larga cohabitación. Él gruñía de placer con su sola mano, que ni siquiera jugaba, pero que le guardaba. Por si volvían las gotas.

Nada me distingue de los demás, apenas un rasgo creado, una cicatriz en un lugar extraño, una forma particular de acabar las palabras.
Sé que algo se arrastra por mi fondo: salvaje, bestial, fiero bajo tanta superficie blanca. Algo corrupto, algo explotable. Tan semejante al de otros caníbales. Pero, en las cimas de los pechos, en las colinas de los muslos pervive la ternura, la extrañeza ante las dentelladas ajenas, el respeto por ti, por la danza de la que me haces partícipe.
Por ahora, la calma. Hasta que en las alcantarillas se desatasquen las ratas.

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