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Flow, del artista griego Aris Fortivinn

Flow, del artista griego Aris Fortivinn

Texto basado en la obra “Ese recuerdo ya nadie te lo puede quitar” de Vaca 35 Teatro en Grupo.
Festival Fringe Madrid.
Sala Taller. 18, 19, 20, 22, 23, 24 de julio.
Dirección: Damián Cervantes
Intérpretes: Diana Magallón, Mari Carmen Ruiz, Gabriela Ambriz, José Rafael Flores, Héctor Hugo de la Peña.

Todo está tranquilo cuando controlas la marea subterránea, que existe, claro que existe. Sus subidas o bajadas no dependen de la Luna, supersticiones científicas. Dependen de un hecho puntual, anodino, casi tildado de “imbécil”, que las hace estallar y convertirse en la tormenta perfecta. Pasado el momento, los geiseres vuelven a su sitio. Son caprichosas las aguas, lo único que desean con sus explosiones controladas es decir: “Aquí estoy, no me olvides. Yo soy la protagonista de tu photocall, el barro que te acorrala, la indecencia de tu vida, la fanfarria alrededor de la cual actúas. Todo lo demás, tus sonrisas, los gestos educados en la mesa, el dejar el paso a los ancianos, la palabra callada a tiempo ante el insulto es sólo pose. Tú y yo lo sabemos. Pero hay momentos en que me erijo como testigo principal y prometo decir la verdad, toda la verdad. Sigue actuando mientras yo me río y te devoro”.

Contaban los antiguos que aquellos lugares donde corrían aguas subterráneas estaban impregnados de malas energías, ascendían los presagios por las paredes hasta llegar a los humores de sus habitantes y llenar los hogares de dolores, pugnas, desgracias.

Como si la Sala Talleres de las Naves del Matadero fuera uno de esos sitios marcados, la tibieza de una reunión de actores estaba prendida en las paredes del lugar como un alfiler con la punta roma. Cinco intérpretes reunidos por la rutina ya conocida de pasar texto, el de “Tres hermanas” de Chejov, la no huida hacia Moscú, los pies atados a estos suelos de madera y a la cerveza, al tequila, al mezcal.

Quizá sean dueños de unas vidas interesantes, quizá sean unos apasionados del teatro, miembros de una compañía amateur, acostumbrados a los juegos, los análisis, las improvisaciones. Mente inocente la del espectador que no oscurece lo evidente. Necesitan, tal vez, algunos cursos de dicción, más pasión en la lectura, evitar el aplauso fácil de los demás y recibir críticas con predisposición. Nada nuevo en una compañía.

El problema de esta sala es que está plagada de océanos subterráneos de cada uno de los cinco actores, dispuestos a arrasar con todo lo que sea necesario aquí dentro porque afuera, afuera de esta rutina de encontrarse y “disfrazarse” de intérprete no hay nada. Y cualquier falla que comience a abrirse convertirá en tsunami toda la podredumbre que llevan dentro. La que los demás también conocen, esos misiles patriot que usar cuando llega el momento del insulto. Tan fácil señalar las debilidades del otro, las diferencias, las incapacidades.

El hándicap de estos cinco seres humanos es que nada ni nadie les agarra afuera. Y cuando caen sobre ellos los escombros, cuando estalla la bomba, soportarán los trozos de metralla estoicamente porque es preferible vivir con ellos dentro, es preferible que te dispare alguien conocido que quedarse a solas con la propia mierda, que sigue brotando.

Después de la bofetada de “Ese recuerdo ya nada te lo puede quitar”, el espectador sale con el estómago en puño y se llevará a casa la imagen de La Gorda temblando, presa de un ataque de ansiedad, la ballena varada sin Greenpeace ni periodista que la conviertan en noticia, la pobre desgraciada que se ríe de sí misma para estimular los colmillos de los demás, destinados a clavarse en ella.

Uno se va con el gancho en la mandíbula, pero los cinco personajes agarran su mochila, su termo, su apatía y vuelven a la rueda del hámster como si aquí no hubiera pasado nada. Dormirán con sus mareas y mañana volverán a esta Sala del Matadero a rebanarse los gañotes, a partirse los espinazos, como una rutina fácil. Como si el mundo no fuera más que eso.

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