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Ilustración de Agnes Cecile

Ilustración de Agnes Cecile

Escrito sobre la visión del fotograma “Anna y Agnes” de la película “Gritos y susurros”, de Ingmar Bergman

Ella, desbordante, con los inmensos pechos sazonados de bacalao.
La agonizante, apurando la sal del pezón y dejando sus fluidos resbalar entre las piernas de la criada.
Ya no queda lugar para las buenas costumbres. Ni siquiera hay razón para que los peinecillos de plata le alineen los cabellos. Los mismos dedos que tuestan los garbanzos para la señoritas ordenan el pelo aceitoso.
Paredes en rojo. Las amantes imitan las epidermis aquéllas de Vermeer, muerto más al sur, también en el frío.

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Sólo hay sombras y mentes marchitas en la casa grande. Y el fantasma atontado de una niña muerta.
El hielo cubre todo el páramo y no hay razón para salir al parque. Tampoco para quedarse, aunque Agnes esté ahogada por las flemas y por el cáncer de útero que revela lo que todas ya sabían: hay mujeres nacidas para rezar a Dios por los hijos de las demás. En su Inmensa Sabiduría, Él destina estas vírgenes a los quehaceres que los partos, las demandas matrimoniales, la contabilidad de la casa o la compra de telas nuevas para la costurera impiden a las hijas de la aristocracia llevar a cabo. No puede haber reacción a acciones tan deplorables como la del casamiento y el dar a luz con fórceps, a pesar de que se les rodee de tules y promesas. El pacto se cumple y Dios dispone a la estatuas de sal, como la tierna Agnes, para arrullar a los chupópteros hijos -siempre execrando leche- para apaciguar los ánimos de los maridos a los que no se permite trasegar las entrañas una vez que éstas han sido cosidas por el matasanos. Todo en la sociedad existe por algo: tras la luz a medio gas de los ojos de las casadas, una puta del pueblo ofrecerá sus servicios en la parte de atrás del callejón (aunque por un rato, los celos de Karin estallarán pensando en el contacto caliente y verdadero entre el sexo abierto de ella y el repelente empuje de él).

Son espantosos los gritos de Agnes, ella que siempre fue suavidad y templanza. Pero María y Karin no sienten tristeza ante los aullidos de las células invadidas. Temen que la maldición de la pobre vida de la agonizante les llegue a ellas, les inflame el vientre y les rasgue los bonitos vestidos de seda, les aniquile el deseo de coquetear con los hombres en la ópera, las convierta en murmullos entre las amigas, en cirios encendidos en las habitaciones.

Mientras las Furias sigan dentro de sus cuerpos todo estará bien. La mano de María dibujando la forma de la perla en su oreja, la concentración de Karin en la cerrazón de sus muslos, el odio bien templado entre faisanes dulces y sopa pochada. La plata recuerda la imposibilidad de escapar y las miradas de reprobación en caso de que lo hicieran. Agnes comprendería que son madres y temen al dolor. Pero la buena sociedad las apartaría: hay que reafirmar los pactos y cuidar de la orante.
Mientras Anna sirva la salsa con cuidado sobre la carne tierna y Karin tema la futilidad de María y ésta la locura de Karin, todo estará bien. Los relojes marcan sus horas y las sirvientas planchan las ropas de la mortaja. Algo de vino ha caído sobre el mantel y los ojos de la hermana mayor se agrandan hasta la nuca: no soporta la visión de la sangre desde aquella noche.

Entonces llega la falta de aire y el sonido ronco desde la habitación y los ojos azules se encuentran con los negros. Ambas saben que ha comenzado el calvario y que son invitadas de primera fila. Las pestañas de Anna las guían hacia el lecho de muerte, donde el triángulo de Agnes, ése que ningún hombre ha tocado, se vuelve morado y negro por la inflamación. Ella las llama a gritos y les pide ayuda. Sólo Anna abrirá sus pechos para el reposo de la fiebre.

Mientras, las dos hermanas repasan las mangas del largo vestido blanco, los encajes del sombrero con que la orante se presentará en su nueva condición. Ambas ahuecan el disfraz, lo cogen de los hombros, le dan forma humana. Para que la Muerte encuentre pronto el cuerpo, el lugar donde debe estar. Tal vez se haya perdido por el páramo en medio de la ventisca, tal vez haya que mostrarle el camino hasta la matriz doliente. Tal vez haya que calentar empanadas de carne o enfriar el nuevo Borgoña para invitarla y que de una vez, de una maldita vez, comience su asedio y, así, estas dos rameras puedan volver a prostituirse y a ampliar sus escotes repitiendo a todos los que las quieran escuchar: “Agnes murió siendo santa. Olía la casa a azucenas cuando Dios la llamó a su seno”. Mientras, algún caballero les rozará la cintura, apiadándose de ellas, y las furcias mojarán la punta de la lengua y sonreirán pensando en los pliegues, lilas y agujereados, del útero infértil de la orante, a 2 metros bajo tierra, a -10 grados de temperatura, a 540 kilómetros de sus respectivas tumbas.

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