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Los textos escritos bajo el cintillo Inspir(ACTION) están basados en fotografías, música, vídeos o ilustraciones enviados por amigos para crear libremente sobre ellos, teniéndolos como motivo de escritura con el fin de que las distintas Artes se enlacen con la poesía. A todos ellos, gracias.

Avistamiento de ballenas.  Fotografía gentileza de Nines Cuenca.

Avistamiento de ballenas. Fotografía gentileza de Nines Cuenca.

Yo acababa de volver de una estancia corta en una ciudad no querida. Tenía ya la seguridad de que mi sitio no estaba allí por más que la voluntad se empeñase en llevarle la contraria.
No sé cómo recalé en tu casa aquella noche. Estábamos las dos solas, era noviembre, el corral quedaba para nosotras y con eso nos bastaba.
Después de una cena espléndida, nos retiramos a dormir. La luz de la luna bañaba todo el patio de un color azul que ninguna habíamos visto antes. Señaladas por el gozo y, en silencio, nos sumergimos en aquella luz. Dijiste: “Dicen que las lunas más grandes son las de enero”. Y es que tú sabías de los cielos, de sus manías y de sus neurosis. Permanecimos quietas mucho tiempo, sintiéndonos privilegiadas, inmunes, milagreras.
Desde entonces, la oración que te dirijo cada noche nada tiene que ver con peticiones a dioses. Invoco a Chavela y te canto:
“Yo siento tus amarras como garfios, como garras que se ahogan en la playa de la farra y el dolor”. Así, cada madrugada, deseando baños de luna.

Me preocupa que andes varada en alguna playa, las costillas pidiéndote amor más que oxígeno, con la certeza de que estás en un no-lugar y que nadie más que yo te reconocerá por tus manos. Me preocupa que me pidas auxilio mientras yo conformo mi ser y mi cuerpo para el sueño, metida en las preocupaciones constantes, las que ya sabes, tan triviales, a las que otorgo la magnitud de altares. La escritura; las ideas que se contagian de las lecturas pero atascan las tuberías; la lucha contra la piel y las aristas que antes no estaban; la batalla contra las docenas de ritos que los arqueólogos están tratando de arrancar para algún museo nórdico; el cuidadoso equilibrio que mantener entre el sol que aborrezco y la paz del fuerte, donde tú hubieras observado esta calle y el paso de su tiempo para susurrarme después que tu sitio estaba en otra parte. Allá donde la quietud es, ahora, la mejor garantía de alta natalidad.

A veces, recorro tus manos y asalto cada falange, cada intersticio donde anidaban el ajo picado y la carne. Los pliegues que tu cara no tenía, la suavidad de la mejilla, los lóbulos tan atraídos por la gravedad, las piernas que arrastraban los precipicios entre los que te movías con tanta soltura. La cejas entrecanas, el cuerpo donde se arrellanaba la dulzura vestida de celeste, el gorro de noche para preservar los rizos, las oscilantes caderas de las que tanto nos reíamos.

Temo que estés varada y que no te recuerdes. Y que me pidas existir o resucitar a través de mi memoria. Me aferro a que los lugares que habitaste, las costumbres de las que viniste, las tradiciones que conservaste, la genética que legaste son tan fuertes que, por sí mismas, construyen tu biografía entera, mantienen -incluso- la constancia de tu cuerpo. Me agarro a tus paisajes, a los caminos que siguen oliendo a Heno de Pravia, a los espejos que devuelven mis hoyuelos, que son los tuyos. Acaricio los tiradores de las puertas, como si mi mano fuera a una contigo, como si pudiera penetrar la huella que dejaste y reimprimirla sobre la mía. Agarro tus lentes, tu bolso, tus sábanas y me envuelvo en ellas como si me cedieras tu dermis y arroparas toda la gigante monstruosidad de mis incertidumbres.

Me dan miedo las vueltas de las esquinas cuando llegue el invierno. Y que un soplo de viento me borre de la memoria cada rayuela de tu cuerpo, aquel trozo de sangre que se apagó cuando te fuiste, la paja de tu pelo, la inexplicable sensación de que todavía puedo tocarte cuando cierro los ojos. No temo a que ocupaciones y viajes te conviertan en un bolero, tan arraigada andas en mí. O que los amores sembrados sean hiedra que te deje en pared encalada. O que un mal de la memoria -que ha atesorado tanto- te olvide y sólo recuerde palabras de la infancia.
Temo al Tiempo, a esa necedad que inventaron y que va borrando hechos, conversaciones, tactos de mi cabeza. Temo que un almanaque corra a mi encuentro y yo no sea capaz esa noche de recordarte y de recorrerte. Temo que te desquicies en la playa, varada y rota sin saber de ti.

Dejo constancia aquí de mi temor. Tal vez, para que te agigantes, para que retrocedas al océano y vuelvas a ser ese mamífero espléndido y visceral que devora a los pequeños peces sin sustancia que no le ponen precio a su vida. Si volvieras a las grandes corrientes, amor mío, yo me convertiría en el capitán Ahab y te perseguiría, como la obsesión que eres, como la obsesión que debe asaltarme, por derecho, por mi imperativo, cada noche. Sal del cieno y envuélvete de nuevo en la frescura del plancton, juega con los barcos, saluda en las fotografías la celebridad que eres. No hay trabajos ni gritos en la mar. No hay suciedad, caras rotas por la maldad, exigencia de bocas que piden avena, rotundidad de mandatos, caminos que recorrer con las piernas abrasadas. Te lo aseguro.
El agua es tibia y suave, salada de tan dulce, motivo de poemas para los marineros, de alimento para los festivos. Volverás a inspirar sonrisas -como siempre- en quienes te contemplan y te sentirás señora y dueña de tus predios. Siéntate en la mecedora y abanica tus pulmones al son de los faros. Las noches rebosan luces, gatos que te asustan, farolillos de aceite y olor a gachas de canela. Apoya la mano sobre la mejilla y dedícate a contemplarme, a tomarme la piel, a meterte en mis sueños para respirar, rotunda, sobre los viejos azulejos que ya no recuerdan ningún mal de los Sargazos.

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