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Foto de Francesca Woodman

Foto de Francesca Woodman

Siempre andan nuestros ojos en planos diferentes.
Los míos, en la inclinación de cuarenta grados, buscan la imperfección de mis actos en los reductos que tú me cedes: la tarima, el horno, las violetas, los restos de comida de Willy, la junta de las baldosas.

Los tuyos nunca se han desviado de lo horizontal, quizá porque tu mundo es la ruta, quizá porque quieres abarcar todo lo que contemplas y yo sólo pienso en sobrevivir en los sótanos, mi propiedad privada, donde la oscuridad se pega y me consuela.

Siento a veces una asfixia que me corroe la garganta y que me provoca, sacando de mi boca palabras que yo no entiendo, palabras que nunca digo cuando tú llegas y el frío de la nevera y el sonido de la Budweiser tiñe de ámbar la habitación y la cama.
Me da miedo ese pánico, no sé poner palabras en orden, como las señoritas que escriben en las columnas del periódico. Yo sólo pinto rayas en la pared, una por cada sensación de ahogo, una por cada vez que me arranco las medias y las enaguas y danzo sola en el patio interior, sola y desnuda, como nadie me ha visto nunca -ni tú siquiera- mientras grito al cielo enmarcado en un cuadrado y Willy ladra, casi feliz, a mi alrededor.

Mientras machacas la ternera en jirones -todo te lo apropias, todo lo haces tuyo y en tu forma, incluso los alimentos- y despellejas la piel de la patata cocida, nos miramos por encima de la fuente de salsa.
No nos evitamos, como el resto del día.
Tú bajas la mirada de mi mentón a mi escote y masticas cada vez más fuerte.
Yo me entretengo en el sudor de tus axilas y me dejo mecer por la melodía de los blues que la radio emite a esa hora.
Tus ojos tratan de adivinar mis pensamientos y presuponen mis deseos: caminatas por la Quinta, anillos de diamantes en torno a los dedos que agarran suavemente tenedores finos en The Vito´s mientras brindo con alguien suave y firme sobre un futuro (naturalmente) dichoso.
Siempre presupones lo que ni siquiera habita mi alma.
Me crees frágil, volátil, soñadora, romántica. Una mujer a la que regalar una tela bonita, unas medias de cristal y un sobre con algunos billetes para administrar la casa.
Cuando tamborileo los dedos sobre la mesa para ponerte nervioso, para que me regañes con la mirada recordándome quién trae el salario a casa, te ruego que te detengas un momento sobre mi oscuridad.
Sólo en ese momento se acabaron los ojos azules y enciendo el iris, como cuando mi sexo se abanica al fresco del patio. Y te digo, muda, con los dientes apretando el carmín y el índice estrangulando el collar de perlas: “No sé lo que quiero. Pero sé que no quiero tener la mirada oblicua”.
Un fragmento de segundo, un destello, un instante que lees en un idioma que desconoces y que te hace dudar de la hija de Peter Johnson el tendero, la pequeña y rubia Catherine.
Sólo en ese instante me temes. Tampoco puedes poner nombre a lo que temes pero mi sombra te acompaña por la noche, otra manta encima en invierno, un ventilador más en verano.

Las mañanas te lo niegan todo y la rutina del silencio vuelve a adormecernos.
Yo persigo la sombra de la fregona mientras tú te vuelves al olor cálido de la gasolina.

Me agarras la cabeza entre las manos y me das un beso en la frente antes de irte.
“Cuídate, Cathy”, susurras al pelo rubio.

Cuando cierras la puerta, tarareo: “Cuídate tú, Patrick. Mucho. Cuídate mucho”.
Y mis ojos vuelven a comprobar si el suelo brilla como a ti te gusta.

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