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Marina Tsvetáeva por Viola.bz

Marina Tsvetáeva © Viola.bz

Ruego a usted que me dé trabajo como lavaplatos en el comedor de Litfond que va a abrirse.
(Tsvetáiva en su última carta al director de un comedor público)

No hay ya espera de milagros, yo que tanto había creído en ellos.
Los milagros son hijos de lo celeste o del destino, pues lo cambiante, lo maravilloso nunca puede esperarse de los hombres.
Todo en mí tiembla, la bóveda se derrama a chorros.
El té no retiene su amargor, como si toda posibilidad de unión a la vida ya se hubiera extinguido.
Podría tumbarme sobre la cama y dejarme acariciar por los rayos de sol, pero el verano no es más que otra cruel promesa, otra artimaña de la existencia para aferrarte a ella y no soltarte. Se engrandece su tripa a base de seres desgraciados y así triunfa frente a la muerte.

Hay almas que me pensarán, sobre todo a esta hora, cuando me veían con la cabeza bajada, el collar de ágatas golpeando la mesa, la tinta manchando mis dedos, los rizos desordenados porque las ideas urgían más que la belleza. Boris, Alia, Serioya, Mur… Me creerán doblada y obstinada, cosiendo cuadernos para derramar trozos de esto que ocurre. Pero “esto” ya es la nada. No tiene principio ni fin, sólo es un estar en la niebla, en volandas, mientras afuera sigue el pertinaz misterio del hambre, del amor, del sexo, las ideologías, las religiones.
Siguen las gentes fatigándose por ellos, arrebatados por la vida y su partida de ajedrez con el más allá. Pero, queridos, ya no hay propósitos o juicios sobre los que escribir.
El arte de la alienación te despoja de toda pasión por lo pequeño y te lleva en cadena hasta el río más cercano, mientras tus ojos sólo quieren caer al agua y ahogarse.

Irina ha crecido unos cuantos palmos y su flequillo se ha vuelto rubio y delicado, como el que yo tenía de pequeña. Viene hacia mí y deposita su cabeza en mi regazo. Le hago una cruz en la frente con las hierbas del té y extiendo sobre su bracito una monda de patata cocida. Me sonríe, besa mi vientre y susurra: “De aquí salí yo, Marina”. Me conmueve la inteligencia de mi hija y su necesidad de palparme por encima del vestido para constatar que estoy, que sacaré mi pecho y le daré de comer, que le brindaré cuna, vino y Blok hasta que vuele. “Me siento bien allí”, murmura, y, entonces, las manos no obedecen a mis órdenes, vuelco la taza de té y la habitación se oscurece. Quiero sentir el dolor proporcional a mis lágrimas pero por más que rebusco no aparece.

Tantos años deseando apresar la nada frente a las tormentas y los desasosiegos. Ahora que vivo en ella, se alza como un eterno velo de novia que nubla todo lo que habito. Enredada en la no-pasión, los conceptos, los seres, la imaginación han sido secuestrados. Pagar ese rescate supondría remontar la vida. Y no hay fuerzas para empresas gigantes.

Alguien ha cortado afuera los capullos de las rosas. O tal vez les haya prohibido reproducirse. El rojo es un color que los mortales no podemos tocar.

Irina observa mi cara y me seca las lágrimas.
-¿Queda alguien, hija?
-No, mamá. Todos se fueron o se escondieron en los troncos de los árboles. Ahora, son irreconocibles. Por eso, ya es hora.

Quizá alguien podría leerme parte de mi historia, trozos de los poemas, de los diarios. Así podría recordar que un día, quizá, fui feliz. O tal vez fui tan desgraciada que este cuartucho, sus sombras y la falta de carbón y de tinta son mi mejor medicina. Tal vez esta marioneta rota fuera una mujer admirada en otro tiempo. Pero las cuerdas cayeron y las ideas no me sostienen. Querría amasar entre los dientes un buen filete de buey, escanciar un vino y recluir la cabeza entre las dos páginas de mi cuaderno. Ya nadie me espera.

Irina me trae a esta realidad y me llama desde la esquina. Es dulce y segura su mirada, como si hubiera atravesado toda una vida y llevara sabiduría y certezas sobre su pequeña espalda bruna.

Toda rubia en el triángulo iluminado por el último agosto me sonríe y me brinda la cuerda.

Y yo, que sólo quiero sentir, lo más delicioso o lo más terrible, camino decidida hacia ella.

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Marina Ivánovna Tsvetáyeva (26 de septiembre de 1892-31 de agosto de 1941) es una de las mayores poetas rusas del siglo XX. Mujer apasionada, vehemente, fuerte, culta y conocedora de su don para la Poesía, engendró algunos de los poemas más bellos de la Literatura Rusa como el “Poema de la Montaña”, “Poema del fin”, “Psique” o “Cazador de ratas” además de narraciones memorables como “Mi Pushkin” u obras teatrales como “Ariadna”. Casada con Serguei Efron, oficial del Ejército Blanco, tuvo que exiliarse de Rusia tras la Revolución de Octubre. Las penurias de la familia durante la hambruna de 1919 la obligaron a dejar a su hija Irina en un orfanato donde murió. Junto a Efron y sus dos hijos, Alia y Mur, malviviría en Berlín, Praga y París, donde sólo la mantendría en pie la escritura y sus cartas de amor con Pasternak y Rilke. La poeta siempre ansió un reconocimiento de sus versos y una necesidad de compartir sus preocupaciones literarias que nunca obtuvieron correspondencia en los círculos literarios. El ansia por publicar y la continua culpabilidad de sus desgracias al Destino (nunca examinó qué parte de responsabilidad podía tener ella de que sucedieran) fueron socavando poco a poco su ánimo. Tras la conversión de Efron y Alia a la causa comunista, volvería con ellos a Rusia, donde fue postergada entre sus pares, viviendo de la traducción. Su marido y su hija fueron detenidos por conspiración y, más tarde, tras una difícil convivencia con él, su hijo Mur también moriría en el penúltimo año de guerra. Exiliada a la ciudad de Yelábuga, se suicidaría allí el 31 de agosto de 1941. Su obra sólo fue reconocida tras la II Guerra Mundial, gracias a la publicación clandestina de sus versos y a la recopilación de toda su producción que llevó a cabo su hija Alia.

 

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