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Stephen Shore

 

Mi sueño estaba ebrio.
(Nines Cuenca)

La familia no era más que el sitio adonde se volvía a comer y a dormir.
(Ladrilleros, Selva Almada)

Llevo una semana leyendo sobre unos lugares que sólo me visitan en la cabeza o en las fotografías que decoran las tapas de las novelas de Faulkner o de McCarthy. O en los disparos de Stephen Shore. O en las imágenes de Texas, El Chaco, Entre Ríos. Lugares que existen, arrollados por el tiempo y por la nada, donde el pecado de un hombre -a veces, sin importancia- genera toda una novela. Son lugares tan áridos que las orejeras de los animales se convierten en parches para no cegarlos. Lugares en los que el vacío es disoluto y paciente: se mueve entre las casas como una ramera hasta que logra atisbar por una ventana el fallo de un ser humano. Y ahí lo caza y muestra sus secretos. Porque en todos estos lugares hay secretos, de ésos que si se cuentan avergüenzan a los demás por respirar su mismo aire. Son el reverso del bien, pero son también el grito de un desierto donde la gente extraña más la esperanza que la comida.
El sitio donde crecí no era así.
Era fértil, tenía Historia a sus espaldas y no era ilocalizable en los mapas. La torre de una de sus iglesias se adivinaba desde diez kilómetros por la carretera, a la que guardaban fanegas de trigo o girasol. Había un perro que olía a los agonizantes y los seguía hasta el cementerio. Tenía una pena guardada desde hacía tiempo, cuando su dueño murió. Lo acompañaba largas tardes al lado de su tumba y hablaban entre ellos y merendaban su mutuo desasosiego. Luego, unos adolescentes lo mataron a pedradas. O, acaso, él pidió su muerte, harto de perseguir la de los demás. También vivía en el pueblo una mujer viejísima que se había casado con un actor. O al menos con alguien que tenía planta de actor. Y aquel día de la boda, ella ya madura, para cerrar las bocas de las que la condenaron a eterna soltería, dio la vuelta al pueblo y paseó por todas sus calles del brazo del galán.
En el sitio donde crecí había dos casas de la mala suerte. En una de ellas, una familia entera murió de tuberculosis. La vivienda estuvo cerrada durante cuarenta años y, al abrirla, todavía estaban las habitaciones llenas de vasos, jeringuillas, sábanas y olores de los que la habitaban. En la otra, ninguno de los que pasó por ella fue feliz. Los vecinos contemplaban atónitos cómo las desgracias se cebaban con madres, padres e hijos sin que se supiera el porqué.
No había más hitos en el sitio en el que crecí. Nadie destacaba por su maldad o se violentaba en las noches de agosto como en estos lugares sobre los que leo. Los animales están domesticados y las gentes, también. Quizá extraño que no haya cerrojos por las noches, por miedo a las locuras de los cerebros sin hidratar; extraño a las mujeres que se puedan piantar por los temporeros o a los niños que nacen con dientes y predicen el futuro.
Entonces, los sueño. Sueño las posibilidades de los secretos que se esconden tras las casas tranquilas. Me meto por sus ventanas y deseo la revelación de los ojos perdidos que he visto por la mañana, de los puños cerrados cuando él hablaba, de los pasos que me seguían por la calleja sin sombra que les acompañase. Cada una de estas noches, no desprendo al sitio en que crecí de su verde y su blanco, pero abro sus postigos, husmeo en los sudores y fantaseo con ese pequeño detalle que todos vieron y nadie apreció y que, al fin y al cabo, determina el destino de un hombre.
Allí me duermo, buscando la posibilidad.
La huella de la intranquilidad que me susurre que también aquí somos extraños.

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