Hendrik Kersten

Hendrik Kersten

Siempre. El telón rojo siempre subido,
enmascarando el dueto de la tragedia y la sonrisa de la loca feliz.
Soy prolija y los aguafuertes me navegan mezclados con los pensamientos indecentes, marcador que dice “Aquí me dormí” o, más bien, “De aquí no quiero que la vida pase”.
Amando edredones, las piernas se van en carnavaladas, desayunándose café y niebla.
La ciudad en gris hace enormes los ojos.
No puedo dejar de serme
aunque me canso demasiado.
No por falta de energía, ésa está
sino porque es gravoso ser yo
a pesar de mi contumaz empeño en seguir siéndome.
Me encuentro en los anillos y los carmines, en las risas que sólo otro en todo el mundo entiende,
en las plantas que su mano riega, en las genealogías reales casi tatuadas.
Memoria de elefante, trompa abajo por pesimismo adquirido. Pero no olvido que tengo colmillos de marfil o que muto en leona cuando roza el aire un pliegue de tu túnica.
Soy, mientras me busco, la suma de un cúmulo de pequeños detalles, Arlington de tantas trincheras ganadas.
La costumbre de dormir sin pendientes, amar ciertas pieles, renegar de las naranjas, recordar todas las fechas que marcaron otras historias, abanicar almas migrantes, que no la mía.
Alguna vez los detalles tendrán su finitud.
Y me veré.
Hasta entonces, entre las enredaderas, rezando por la lluvia en esta sabana, implorando que las gotas no borren la tinta, perpetuaré el cartel: “Se busca”.

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