Ilustración de Dou Oleg

Sólo unos centímetros. O tal vez kilómetros de rascacielos combados sobre estas avenidas hasta unirse. Tal vez, leguas o millas. La cúpula sobre la cabeza, color Chrysler gris marengo, los oficinistas cayendo a cuentagotas, grisoscurohorrorizante, sobre el pelo que se exime de toda sujeción.

No me protejo. Sólo boqueo. En los parques. Boqueo en los parques porque allí existe toda esa literatura sobre las ramas, los pájaros, los cerezos encendidos, los brotes, la paciencia, la vomitiva sucesión sobre la que versifican los poetas que guardan dos pulmones sanos, una tráquea respirable y la posibilidad de alcoholizarse con grafitis.

Los abrigos negros chupan la cáscara de este cielo, se alimentan para un mes con un poco de oxígeno, dromedarios de los cirros. Algo se llueve sobre Madrid. Epitafios colgantes para mujeres-anguilas.

No se llueve la tristeza de la falta de horizonte. No es mi estado de desnutrición mental el que hace que mi cuerpo se quede pegado a ti, como la ropa a la carne quemada, mientras me voy. ¿Adónde?, me preguntas. Y yo no sé darte las coordenadas. A pesar de que quiero que me sigas, que me huela  s las huellas, que seas perro de caza tras de mí. Lo siento, no sé nada de estas latitudes. Ellas no me hablan. Sólo hay polvo y nieve y nada parecido a un calor conocido, a un tiempo, a un espacio. Estoy sola y necesito tanto tu piel u otra piel humana, lo mismo me da que sea carnívora, que grito de desesperación. Allí, en la planicie sin oxígeno. Aquí, el eco en esta ciudad que se apaga.

Algo se llueve. No es el óleo ya seco de las pinturas negras o el bastón de mando que un bufón le regaló a su Rey.  Algo se precipita. Y puedo ser yo misma, estallada, deseando ser placentera. Y plácida.

Puede ser la onda de una radio cercana que anuncia: “20 grados, tiempo primaveral”, mientras me agarro a la letrina para no tocar el machete. Puede ser que la canción del día – Ghost Stories- no sea fruto del azar.

Algo sigue cayendo.

Las bandadas en pico.

La posibilidad de volar y hacer volar.

La sensación de que mi piel es el techo de esta vena que tanto late.

La realidad de que la ciénaga me atrapa -rápida, rápida- mientras los burgueses aplauden desde sus jaulas acristaladas y yo me debato entre la extición o la inevitable tarea de tener que devorarlos.

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