Christian Schloe4

Copyright: Christian Schloe

Texto basado en la película Spotlight.

In memoriam de todas las víctimas.

Siempre recordaba ese detalle. Nadie, por lo visto, le podía recordar al bedel del colegio que las bisagras de la puerta necesitaban ser engrasadas, como si hacerlo fuera un gesto inútil o como si el chirrido asegurase el pasar de los siglos por la habitación. Siempre lo pensaba, al entrar por ella y al salir.

Su madre solía aceitar las de su casa con un producto que compraba en McMill´s. Cuando lo hacía, todas las habitaciones, incluido el desván, incluido el artesonado de los olmos blancos del jardín olían a algo parecido al amoníaco. Pero merecía la pena porque una especie de suavidad se instalaba en la casa y entre ellos dos. Y las cenas tenían un aire a plumas, una expresión algo cursi que había leído en un poema. Ningún ruido desagradable o intruso osaba romper aquella atmósfera de tranquilidad. Madre le pasaba las patatas baby y las judías salteadas, como adivinando lo que su estómago necesitaba, y él jugaba a posar el salero en la mesa para no atraer la mala suerte. Entonces, ella ponía los ojos en blanco. Siempre decía la misma frase: “Creo que en esta casa habita una pequeña vieja supersticiosa”. Él le contestaba: “¿Irlandesa?”. Y ella respondía: “Por supuesto. Sois las peores”. Entonces, hacía el ruido de una anciana desdentada y los dos reían hasta que les dolía la barriga.
Luckas suponía que engrasar las bisagras de las puertas no tenía nada que ver con aquella calma que de pronto recorría los resquicios de la minúscula vivienda unifamiliar, pero siempre intentaba adivinar un color blanco, un recuerdo de ese techo de plumas en aquel inmenso despacho.

Los muebles eran demasiado viejos y olían tanto a madera que todavía puede evocarlos con los ojos cerrados, de noche, en la cama. Parecía como si las bibliotecas, los sofás chester o las mesas con complicados arabescos necesitaran mediante el perfume dar aún más testimonio de su mismo ser, del mero hecho de existir. Tenían que convencer al visitante de que formaban una decoración propia del lugar, regia y altiva, de que merecían los mismos adjetivos que el dueño de aquella pieza.
El camino hasta llegar al final de la sala era demasiado largo y los cipreses de las ventanas se dibujaban, cortados por el sol, sobre la alfombra verde, como si avisaran de la brevedad de la vida que se escondía tras ellos -cercaban el cementerio de Saint Ignatius- o de que todo lo que existía entre esas paredes concernía exclusivamente a lo sagrado, a lo celestial. Luckas posaba sus pies al comienzo de la primera sombra y, cuando llegaba al final del camino, tenía la impresión de haber recorrido kilómetros, como esos alpinistas del National Geographic Channel. La gota de sudor frío empezaba a caer por la espalda lentamente y mojaba la camisa. Las manos y los pies se helaban, a pesar de la calefacción permanente y de que los días en que acudía al despacho solían ser siempre soleados.

Quizá por eso, años después, se mudaría al oeste, a un sitio que le prometiese lluvias y nieblas perennes. A un lugar donde necesitase siempre una capucha para resguardarse, para encerrarse en sus pensamientos, o un impermeable que le disfrazase, que le crease un alter ego. Un lugar en donde tuviese que utilizar permanentemente los limpiaparabrisas del coche, en donde necesitase un ferry para llegar a casa, en donde cada dos por tres las tormentas le obligaran a achicar las inundaciones de la bodega. Luckas convirtió a Seattle en una mudanza por trabajo: una plaza conseguida por un viejo amigo en un colegio privado, algo sencillo, Historia y Cultura Americanas, buen sueldo para el alquiler de la casa y sus pocas necesidades. Lo revistió de oportunidad y, en el fondo, lo era. Se trataba de huir, se trataba de que los ruidos no lo acosasen más tiempo, se trataba de que las plumas volvieran alguna vez sobre su cabeza.

Por las noches, cuando regresa a la isla, y se prepara la cena, evita todo el tiempo mirarse las manos. Es difícil cascar huevos, pelar patatas, cortar cebollas, despiezar el pollo sin mirarse las manos. Si las observa, empiezan a superponerse otras y otras y otras. Falanges y falanges, músculos, dedos velludos. Otras manos que son las mismas. Manos viejas, arrugadas, con una galaxia de manchas de la edad, enrojecidas por el frío de Boston. Manos que comienzan a amontonarse hasta formar un rascacielos que alcanza la campana extractora de humo y que amenaza con salir por ella hacia el cielo ventoso. Después, el teatro de sombras reproduce los actos de aquellas manos y comienza la catarata. Nunca supo explicar qué sentía en esos momentos, encerrado en el despacho, hasta que fue de excursión a Niágara. Exactamente, lo que venía tras aquella muralla de manos que aparecían fantasmales era un torrente inmenso de agua donde él caía. Y caía con la seguridad de que había cometido una torpeza: se había equivocado de camino, había faltado a una promesa, se había portado mal con mamá, no había dado de comer a Benjamin, no lo había sacado a pasear, se había distraído en misa, se le habían olvidado algunos pecados en la confesión. Algo debía haber perdido en el camino, en algún momento debió errar y caer.

Lo más extraño es que nadie lo sujetaba en esa caída. No estaba madre ni la abuela ni ninguno de los chicos de entonces, los mismos que compartían con él la bisagra oxidada, la alfombra verde y las manos. En la caída deseaba ahogarse, llegar al final ya muerto porque adivinaba que el último choque sería peor que la misma muerte. La taquicardia le avisaba de que había algo amenazante, algo aún peor al final del agua misma. Los músculos del tórax se le comprimían y él boqueaba dentro de la bolsa de cartón que siempre llevaba a mano. Los gemelos se achicaban y sus dedos pasaban de la bolsa al pelo, a mesárselo una y otra vez, como hacían las manos viejas. Entonces se daba cuenta del gesto repetido y se asqueaba de sí mismo: volvía a la bolsa, a aspirarla como si en ella estuviera el milagro. Rezaba, él que se enorgullecía de haber apostatado, rezaba y pedía a gritos que lo dejasen en paz. Y acababa en la esquina del sofá de eskay, donde la tiza no cercaba a un muerto sino el sudor a un niño de 1.84. Aplastado y en posición fetal, las imágenes celebraban su Carnaval pasando por delante en bucle: su propia piel, blanca por entonces, enrojecida a base de supuestas caricias; la sonrisa cariada amenazando su cara como una cúpula que se derrumbaba siempre; el olor a colonia cara que luego tenía que quitarse, a base de frotarse mil veces la entrepierna y de lavarse el pelo con el champú de lavanda de su madre. Los ojos. Pequeños. Tenía los ojos pequeños pero él los recuerda agrandados sobre los suyos, jadeantes, convirtiéndose en anguilas que hacían promesas. Cuando llegaba a casa, investigaba sus propios iris, azules, profundamente azules, en el espejo que agrandaba los rasgos. ¿Había algo en ellos que llamaran a los otros ojos? ¿Cómo había que mirar para ser invisible? ¿Cómo se achican unos párpados y unas pestañas tan largas? Y odiaba al padre muerto por haberle legado sus facciones y odiaba que le dijeran que era el chico más guapo del vecindario o que su madre lo acostase susurrándole: “Buenas noches al más bello Capitán América”. Una vez, incluso, decidió cortarse las pestañas. Pero las manos le temblaban demasiado. También le pidió a madre que lo llevase al oculista para que unas gafas escondieran sus ojos pero aquello fue peor: parecía un pequeño universitario de la Ivy League, le daban más edad. Sentía que todo lo que hacía sólo empeoraba lo que ocurría en los días soleados de Boston.

Todavía, cuando se levantaba por la noche envuelto en la tiniebla de las pesadillas, revisa cada momento desde su llegada a la escuela, desde aquel principio de curso. ¿Qué había hecho mal? ¿Por qué tuvo que responder a aquella pregunta del padre O´Neill sobre Moisés y la zarza? Sólo pretendía demostrar que sabía, que había leído varias veces la Biblia, que asistía a catequesis con devoción. Quizá todo era un castigo por ser pretencioso, por la vanidad de saberse mejor que los demás, por tratar de gritar que sí, que encajaba en aquella escuela católica porque era estudioso y merecedor de la beca, que era un chico más de un barrio alto como Beacon Hill a pesar de ser hijo de los subsidios sociales y vecino de Dorchester. Quizá Dios le castigó aquella osadía como castigó a los israelitas matando a sus primogénitos. Porque Luckas sabía que lo que le arrastraba al despacho del padre O´Neill cada bostoniana tarde de sol acabaría con él.

Todos en la escuela atribuyen al nuevo profesor Luckas Mulhall una extraña timidez que le impide mirar a los ojos. Siempre va por los pasillos con la cabeza agachada y eso, además de pintoresco, es tierno y sexy. Él, que nunca quiere llamar la atención, se convierte en el epicentro de las charlas de las alumnas, de las profesoras. Arrastra el suficiente misterio como para imaginársele un pasado vandálico o profundamente traumático. Rechaza las invitaciones a fiestas del personal o a fiestas estudiantiles y eso engrandece la admiración que todas las chicas sienten por él, en un lugar donde los hombres parecen haber nacido para competir. Cae bien entre el claustro: acata las disposiciones, no se rebela con propuestas excéntricas sobre el aborto, los derechos civiles o la igualdad de los homosexuales. No asiste a las misas que se celebran los días festivos pero lo contrarresta con la forma impecable que tiene de impartir las asignaturas.

Desde hace años mantiene sus rutinas, los pilares necesarios para no irse a la deriva como le ocurrió a Matt, a Paul o a Johnny T. Hace footing por la isla, sin capucha. Sólo en ese momento deja que la Naturaleza entre en sus pulmones. Come sano, evita el alcohol, las fiestas, las multitudes donde la gente se roza de forma inevitable. Soporta bien los sitios cerrados pero teme a las nucas: en los ancesores, en el metro. Teme volver a ver aquella nuca, con el alzacuellos fuera de su sitio, roja, palpitante y satisfecha por lo obtenido de él. Aquella nuca sobre la que tenía que posar su mano, en un abrazo demoníaco. Una nuca a la que arañaba mientras la voz le decía: “Mi pequeña fierecilla, sit, sit, sit”. Luego supo que ésa era la expresión de los amaestradores de perros, pero la humillación le daba igual. La nuca se volvía hacia la mesa y las manos viejas se alisaban los cabellos, se cerraban los pantalones, se recorrían varias veces la camisa negra, se abrochaban los puños.

Por eso Luckas teme los lugares cerrados. Por si aparece una nuca parecida, por si él vuelve a tener la culpa del regreso, por si se le olvidó ser un buen cristiano y Dios le castiga enviándole una plaga de nucas.

Recibe carta de su madre cada martes. En una de ellas, de pasada, describía lo hermoso que fue el funeral del padre O´Neill e incluyó el obituario que había aparecido en el Boston Herald. “Hacía tiempo que estaba enfermo, por lo visto el Parkinson había arrasado su cuerpo. Mary Robinson, la vecina que canta en el coro, me contó que no daba crédito a sus ojos la última vez que lo vio, sentado en una silla eléctrica, totalmente consumido. A pesar de eso, cree que la reconoció con aquellos ojos tan vivos que tenía ya que le apretó la mano entre las suyas, que temblaban continuamente, como si ya no pudiese controlarlas. Una pena que agonice así un hombre de Dios que tanto hizo porque chiquillos como tú permaneciérais en Saint Ignatius y no os descarriláseis. Recuerdo con que devoción hablaba de ti, de tus conocimientos sobre la Iglesia, del gran hombre que llegarías a ser. La Asociación de Padres le dedicamos una misa por nuestra cuenta y yo ofrecí la buena obra del día por su alma”.

Luckas colgó el obituario al lado de la ventana desde donde puede contemplar el Seattle nocturno y la Aguja Espacial. Los viernes, cuando el abismo del fin de semana se proyecta por delante, se sienta allí con “Hojas de hierba” sobre el regazo. El libro tiene como marcapáginas un dardo, que lanza una y otra vez contra la enorme esquela. Pretende agujerearla entera, pero ocupa casi una hoja de periódico y sabe que le llevará tiempo. Un tiempo pleno de lluvias sin un atisbo de sol ni de árboles que se eleven sobre su casa. Luckas espera que el invierno sea largo y gélido para poder llevar guantes todos los meses que pueda. Suele ponérselos dentro de casa cuando tiene que batallar contra él mismo y los recuerdos.

A veces, piensa en volver a Boston y visitar su tumba. Y hacer algo impropio de él: orinarle encima, grafitear la lápida, dibujar una estrella de seis puntas. Cubrirla de pintura roja, destrozar al ángel, santo o virgen que la corona, extender una capa de gasolina y prenderle fuego.

Entonces, vuelve la voz y el chirrido de la bisagra. Como si pudiera escuchar sus pensamientos desde el otro mundo. Y Luckas tiene que aferrarse a la bolsa de cartón e inhalar e inhalar e inhalar para no verse mordiendo un cojín mientras las viejas manos recorren su cuerpo pequeño y él, sin gafas, sin saber qué le hacen sólo escucha, una y otra vez: “Mi pequeña fierecilla, sit, sit, sit”.

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