Nos hemos muerto en varias esquinas de Madrid

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Beuys Coyote. Por Carollee Schneemann

Beuys Coyote. Por Carollee Schneemann

Están abrazados en la esquina y abandonados a la suerte de ella, como esos frigoríficos que quedan en los desvanes y guardan restos de riqueza de una época anterior, manifestándolo a través de silbidos en medio de la noche, recordando sus vidas pasadas a los que se arrastan en la casa por debajo de ellos, recordándoles que existen, aun como vegetales.

El pelo rizado de la mujer se envuelve en sus hombros como una serpiente que está cambiando de piel, lo natural, lo establecido, sin que el ofidio sepa adónde dirigirse. Le supongo a ella un rostro pálido y ojos oscurecidos, mientras el cuerpo se sumerge en la lava que se derrite en su interior. Es tal la privacidad que desprenden que nadie les mira, como si estuvieran dentro de un recinto aún más privado que una cama propia. No son ellos los que con su amasijo de piel han invadido la acera. Somos nosotros los que estamos en el lugar al que pertenecen.

Algo viejo y extraño ha pasado por mi mente, algo que nos ha violado tiempo atrás y que proviene de la forma de esos cuerpos.
Siempre te he dicho que mi memoria alberga grandes agujeros y miradas, algún impacto como el cohete de “Viaje a la Luna” y muchas conversaciones, ésas nunca las olvido, ya sabes. Y tierra fértil para todo lo bueno que tenga que ver con la humanidad. Tengo la cabeza llena de tierra para otros. Pero nada más. El resto debe estar guardado en alguna caja fuerte de candados débiles que estos cuerpos me han abierto con sus contorsiones.

También tú y yo hemos recorrido estas esquinas y hemos permanecido así. Jamás nos ha asistido la vergüenza, sólo la sensación de que nos elevábamos por encima del suelo y nuestro nudo se convertía en un coche sin frenos, en el terror de aquél que sabe que morirá congelado con los 200 del Himalaya, en la tortura implacable de los malos sueños cuanto éstos se cumplen.
Nos hemos muerto en varias esquinas de Madrid.
Tú me has asistido con el remedio del serrucho: cortar antes de que llegue la gangrena. No había otra alternativa. Luego, me cauterizabas la herida con la lengua, con hummus, con llamadores de ángeles, canino y feroz, temiendo que la infección se llevase a tu presa.
Hemos odiado los ladrillos de estos edificios del exilio, hemos detestado que las avenidas se encerrasen en sí mismas -enfermas- hasta convertirse en la embocadura por la que nos vomitaban a ti y a mí. Hemos corrido hacia atrás buscando pechos hinchados y miradas que nos cosieran las cicatrices pero sólo nos hemos encontrado con el horror de los grafitis, rameras Gorgonas que nos atacaban.

Aquellos brazos tuyos que me retorcían, me alzaban, me crujían los huesos son los mismos que acabo de ver. Él también -hoy- hacía saltar la sangre de sus bíceps para elevar los Oxford de la mujer unos centímetros, para alcanzar más liviandad. Como si el oxígeno no fuera suficiente para curar. Porque el “seguimos vivos” no es argumento para la existencia. Porque los debates sobre el vivir o morir se tienen en esos sitios, en las esquinas, donde se encajona en muebles de Ikea el sufrimiento. Donde permanece en formol hasta que otros -como estos amantes- pasen y vuelvan a acondicionar la esquina a la letanía del dolor.

Aquellos niños que mueren en las playas

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"The man in the street" Por Paul Delavaux

“The man in the street” Por Paul Delavaux

Texto basado en el personaje de Danny, de la serie británica Broadchurch

Le han sido borrados los recuerdos que tuvieron que ver con la acidez, la costra, la supuración, la lástima ajena y el colocar mano sobre mano. Ya no tiene que preocuparse más por las incertidumbres humanas, aunque él siempre supo que no había nada limpio en aquella actitud, en las suaves palabras, en los abrazos sobre la camiseta del equipo local.

Observa a las gentes, atareadas y ensimimadas en resolver algo que por fin le ha quedado claro: no importa cómo venga la muerte, el mar siempre será el mejor refugio para vivir tras el fogonazo.
Algas, espinas, pinzas de cangrejo, las caracolas vacías que ahora llena a su antojo: patatas fritas dentro de su caparazón. Ver caer la garúa sobre los acantilados.
Los adultos asumen el café como parte de sus organismos porque hay que estar ojo avizor y descubrir quién le dejó esas marcas en el cuello, quién hizo que saltara la sangre de sus ojos, quién depositó su cuerpo en la playa, con el mismo respeto que se le tiene a una joven virgen.
Consumen sándwiches de pollo y lechuga agriada -tan distinta de aquélla fresca y jugosa del huerto casero- y niegan con sus cabezas, eliminando posibilidades.

Él se siente libre, exfoliado de toda impregnación de sollozos, deudas con los amigos, orfandades, lágrimas o afectos. Una mano sabia y protectora -alguien de trenzas largas y mirada asombrada que conoce perfectamente el lugar- le ha llenado la piel de romero y salvia, de viandas que festejan su llegada -Pringle´s, Whoppers, pizzas BBQ, Coca-Cola muy fría, ganchitos, Lay´s con sal y vinagre. Le ha metido en la boca, casi a la fuerza, hierbas que apartan el mal de altura y su mayor vicio: el miedo al aburrimiento.

Algún atardecer, mientras mamá llora en el dormitorio y papá se culpa por no haberle seguido aquella noche- roban cigarrillos del colchón -donde los esconde la abuela- y los fuman cuando salen las barcas a pescar, para asustar a los marineros y que éstos hablen de “los fuegos malos” que nacen, antinaturales, en la playa. No hay que dar respuestas educadas, no hay horarios, sólo un vacío inexplicable cuando contempla su casa y la luz encendida de la mesita de noche. La madre estará recordando: qué falló, qué falló. Él siente esa pesadumbre y se asusta. Se asusta porque nunca más crecerá y su cabeza no podrá explicarse nada.

-Es la única desventaja que existe en este mundo.- le explica la chica de la trenzas.
-¿Sólo esa?
-Sí. Cada uno permanece en la misma edad en la que murió.

Le rodea un líquido denso y caliente cuando está con ella. Le rebasa y todos a lo lejos -atropellados por reparar el gesto que se lo llevó- se alzan a kilómetros de ese goce. No queda nada más que comtemplar cada momento del día, las especulaciones del tiempo, lejos de trabajos, deberes y peleas entre papá y mamá.

No le queda más que descubrir por qué esa chica le acompaña, por qué frunce el ceño cuando él le habla de los acantilados. Sabe que tienen tiempo para hablar sin que ningún adulto -tan preocupados por enterrar dignamente su cuerpo, por atrapar a aquél que le acariciaba- construya almenas o silencios sobre la posibilidad de las palabras.

Mientras tanto, busca piedras de ónice entre los guijarros de la última tormenta. Dicen que da buena suerte aunque sabe que ya no la necesita. Ahora, sólo queda esta paz, turbada por algo oscuro, algo que sólo la dulce voz de su madre podría explicarle. Pero no importa. Seguro que no importa que le vengan las lágrimas cuando pasea sobre el lugar donde alguien, a quien no correspondió, alzó un altar de sacrificio.

 

ORACIÓN

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Fotografía de Francesca Woodman

Fotografía de Francesca Woodman

Nada hay tan impreciso como la abstracción. Nada tan concreto como la piel. Este pensamiento, tan fútil, tan prosaico, se clava hoy en mí como una jeringa, una aguja que nunca extrae la sangre. Quiero agarrarte. No tocarte, acariciarte, reírte, mimarte. No. Nada de suavidad. Violentamente, quiero agarrarte y quedarme atascada en ti durante veinte minutos, encallada en un arrecife de coral, pongamos un término lírico porque la naúsea me vuelve locuaz y rabiosa.
Y, ante todo, tú y yo, siempre fuimos damas educadas.

El primer funeral que recuerdo sucedía en esta misma iglesia, asqueada de tanto nacimiento-casorio-entierro-, en este mismo pasillo, olor a mármol y paseíllo para alguien del que la vida se cansó, acurrucada en su madera, presentable por los parientes, cuando, quizá, hubiera querido descansar desnuda, los pies sin cordones, guarecida en lino o en el contorno de la piel. Todo era tan natural desde los ojos de los cinco años, que asumí como parte del paisaje aquellas figuras vestidas de negro, los cuerpos oscilantes presentando desganados sus respetos, el vino que luego corría por las mismas gargantas que una hora antes dijeron “lo siento”.

Las mujeres delante, detrás los hombres, demostrando quién tenía el poder sobre lo concerniente a la muerte, quién la afrenta, le levanta el puño y la encara. Y quién le habla directamente y recoge los despojos que ella deja, ayuntando cuerpos y almas antes del vuelo. El bisbiseo a la hora de la siesta, el arrastre de pies y el tañido abochornado y lánguido. Un rumor a claveles amargados en el aire de la habitación, mis huesos contemplando el cortejo por la mirilla y sintiéndose superiores, los asuntos entre la tierra y el cielo no me competían a los diecisiete, restallante de calcio, sintiéndose superiores las caderas al cansancio de esas otras constreñidas entre las maderas. “La muerte se ensaña en agosto. Se cosecha el girasol y ella cosecha a los suyos”, me decías. Como si fuera justo o como si lo humano pudiera alcanza a lo irrazonable.

A esta hora tranquila, tan lejos de la cal y los sudores de lo ajeno, cuando te vuelvo a transitar las manos y veo, de repente, la vena azul que no palpita sino que se relaja -descarada, se vuelve inhábil y laxa- elijo no presionarte, no evocar nada que recuerde al color negro o al caoba, que es el color del susto, de las apariciones, de los milagros. Elijo, aunque no quiera, un cuadro dulce, uno donde seamos adolescentes malcriadas, amodorradas mientras alguien trabaja por nosotras -sin albergar la menor culpa-, fascinadas con las formas que va tomando nuestro cuerpo, con los márgenes del futuro -gran sueño americano-, con lo imprevisible que siempre se va a tornar amable y suave.

Dentro de cuatro horas, apartaré las formalidades de mi cabeza y desearé haber heredado tus pendientes de perlas (¿los admirará la tierra mientras contempla la perfección de tus cervicales, hendidas de tanto peso y se preguntará cómo aguanta una mujer kilos y kilos de resignación?) y llevarlos ahora, pidiendo que queden en ellos -como en las películas noir– restos de tu ADN que se mezclen con el mío. Tal vez, me coloque tus gafas para transformar la realidad y desdibujarla o marearme y que el paisaje se transtorne en puntillismo y el vértigo me devuelva a mi realidad una vez que tú, ya seguro de vida, vuelvas a tu estado de descanso.

Una vez que tú te conviertas en algo tan tremendamente delicado como las plumas, tan descansado como los tallos podados, tan transparente como estas primeras lluvias de octubre. Entonces, volveremos a nuestra realidad y olvidaremos este día, el chantaje del oxígeno y toda la psicosis que me enloquece cuando la realidad me contesta -estúpida furcia- que tú no estás aquí.

Que tú no estás aquí mientras yo, que sigo creciendo, me vuelvo atontada y borracha, hacia tu útero.

POEMAS INÉDITOS EN “LA MANZANA POÉTICA”

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Portada del número 37 de la revista "La manzana poética"

Portada del número 37 de la revista “La manzana poética”

La Manzana Poética. http://www.lamanzanapoetica.info/

Es todo un placer aparecer en el número 37 de “La Manzana Póetica”, revista de “Literatura, creación, estudios literarios y crítica”, dirigida por el profesor y traductor Bernd Dietz y el poeta Francisco Gálvez. Fundada en 1999, su meta consiste en investigar las poéticas actuales, insertándose en sus páginas trabajos inéditos de versificadores, críticas literarias, ensayos, traducciones y trabajos de investigación.

A este número 37, titulado “Generación 2001. 26 poetas españolas (sin peaje)” se une el 36 donde se presentan ensayos de autoras como Saray Pavón, Pepa Merlo, María Rosal, Sharon Keefe Ugalde o Noni Benegas, que bucean en la poesía femenina puente entre el final del siglo XX y los comienzos del XXI.

Ya en el número 37, la antología de inéditos recopila versos de poetas como Begoña Callejón, Vanessa Pérez-Sauquillo, Erika Martínez, Elena Medel, Sofía Castañón, Berta García-Faet, Ana Patricia Moya o Verónica Aranda, entre otras muchas. Así, hasta un total de 26.

El prólogo, escrito por la profesora universitaria Paola Laskaris, disecciona el porqué de la selección de estas poetas y el porqué de su unificación, a pesar de sus diferentes voces y tradiciones, dentro de una misma generación:

El presente florilegio poético alberga las voces de 25 escritoras procedentes de la variada y artísticamente fertilísima geografía ibérica, nacidas entre 1975 (…) y 1990, y maduradas literariamente durante las dos últimas décadas, en el cauce dinámino, promiscuo y múltiple de este siglo XXI.
Más allá de la susodicha mirilla, se hilvanan 25 experiencias, estilos, poéticas, 25 hilos transparentes de un tapiz a la vez realista y visionario, abstracto y naïf, canónico y vanguardista, tejido con las luces y las sombras de los dos milenios.(…)

A un extremo hallamos la generación que vio la luz junto a la transición y sufrió la desmemoria; la que se amamantó con la movida de los ochenta, siendo acunada por el “melancolismo” pop rockero de Mecano, la sátira punk-grotesca de Alaska, los dibujos animados japoneses y las series de televisión americanas.

Al otro extremo está la generación 2.0 o de la @, la generación de los cibernautas en busca de un toisón mítico (…); la que echa nuevas y viejas cuentas con los idealismos y el olvido (…). Es la generación indignada; la que enarbola su yo, consagrándolo al altar mudable y efímero de la web, con cierto afán de protagonismo, la ilusión de una comunicación descentralizada e incluyente y una pizca de malicia voyeurística.

En el medio, se sitúa la generación poética bien representada en estas páginas: criatura bifronte, que extrae su savia de los anhelos y las frustaciones de ambas edades, que hace navegar sus deseos y miedos por las playas del sistema binario, dejándolos enmarañar en las playas lisas del desencanto o empujándolos hacia los piélagos inexorables de la bonanza rutinaria, como un periplo épico sin rumbo ni héroes.

Les dejo uno de los tres poemas inéditos publicados en esta antología.

Grafiti de Pejac

Grafiti de Pejac

SARTORIA

Olvida, olvida, olvida.
Y, sin embargo, la memoria no busca entre los rastrojos para pensarse, para abolirse.
O para decapitarse.
No guillotina los momentos de pérdida
(aquel laberinto de humo de liar y veranos bronceando el alma con factor de protección contraindicado)
sino que los desnaturaliza y los convierte en un amasijo, en una neblina, en una bruma.
Destierra la época en que las frazadas me enrollaron y mi cuello creció como el de Nefertiti para poder ver más allá del rebozo de una sábana, el único horizonte de la patria.
Destierra la ruta 66 hecha al modo de una niña:
con los pies descalzos y la confianza ciega en los milagros.
(Entiéndase el futuro como milagro, que todo lo puede.
No era la bola del tarot ni las cartas de cristal lo que tenía entre manos,
sólo una esperanza casi devota en el verbo “ser”)

La memoria destierra toda concepción futurista de este cuerpo con escoliosis mental,
columna desbocada por donde se vierten tres navajazos,
(uno en el hombro, un par a la altura del peroné, que queda hermoso con los pump nuevos.
Parece que con las cicatrices haces historia).

La memoria se complace en aherrojar a este cuerpo
cuyos ajos lloran en el sumidero,
cuya TSH hace crecer la cadera y reduce el tamaño de su coxis,
regazo de viejos mendigos y sátrapas venidos a menos,
en cuya matriz, los desarrapados se hacen los reyes y los emperadores friegan el suelo arañado de los ovarios con el primor de los que han sabido acuchillar.
La memoria destierra la posibilidad del sueño,
ése que nunca deja de aparecer (acción-reacción),
cada vez que se enciende la luz de la mesita de noche,
cada vez que aparece el biorritmo del sedante suizo, la nana de la ocupación de mi amado Himmler-diazepam.
La memoria pulsa el Delete cuando imagino que soy la dueña, que conduzco el Sedán, la tirolina, que giro en la almadraba o que viajo a lomos del París-Venecia.
La memoria encuentra ese momento, ése que ningún tratado podría retratar, que ni el mágico Tagore podría narrar.
Mi memoria nunca cede terreno al silencio, embrea el cerebro, lo disuelve en aceite y resina.
Un día me veréis corriendo hacia delante, sin rumbo, como un gallo sin cabeza,
mientras ella se hará Penélope para seguir domesticando mi raza.
Y, puta y sabia, me seguirá esperando
Eternamente.

LA SOGA (Últimas visiones de Marina Tsvetáieva)

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Marina Tsvetáeva por Viola.bz

Marina Tsvetáeva © Viola.bz

Ruego a usted que me dé trabajo como lavaplatos en el comedor de Litfond que va a abrirse.
(Tsvetáiva en su última carta al director de un comedor público)

No hay ya espera de milagros, yo que tanto había creído en ellos.
Los milagros son hijos de lo celeste o del destino, pues lo cambiante, lo maravilloso nunca puede esperarse de los hombres.
Todo en mí tiembla, la bóveda se derrama a chorros.
El té no retiene su amargor, como si toda posibilidad de unión a la vida ya se hubiera extinguido.
Podría tumbarme sobre la cama y dejarme acariciar por los rayos de sol, pero el verano no es más que otra cruel promesa, otra artimaña de la existencia para aferrarte a ella y no soltarte. Se engrandece su tripa a base de seres desgraciados y así triunfa frente a la muerte.

Hay almas que me pensarán, sobre todo a esta hora, cuando me veían con la cabeza bajada, el collar de ágatas golpeando la mesa, la tinta manchando mis dedos, los rizos desordenados porque las ideas urgían más que la belleza. Boris, Alia, Serioya, Mur… Me creerán doblada y obstinada, cosiendo cuadernos para derramar trozos de esto que ocurre. Pero “esto” ya es la nada. No tiene principio ni fin, sólo es un estar en la niebla, en volandas, mientras afuera sigue el pertinaz misterio del hambre, del amor, del sexo, las ideologías, las religiones.
Siguen las gentes fatigándose por ellos, arrebatados por la vida y su partida de ajedrez con el más allá. Pero, queridos, ya no hay propósitos o juicios sobre los que escribir.
El arte de la alienación te despoja de toda pasión por lo pequeño y te lleva en cadena hasta el río más cercano, mientras tus ojos sólo quieren caer al agua y ahogarse.

Irina ha crecido unos cuantos palmos y su flequillo se ha vuelto rubio y delicado, como el que yo tenía de pequeña. Viene hacia mí y deposita su cabeza en mi regazo. Le hago una cruz en la frente con las hierbas del té y extiendo sobre su bracito una monda de patata cocida. Me sonríe, besa mi vientre y susurra: “De aquí salí yo, Marina”. Me conmueve la inteligencia de mi hija y su necesidad de palparme por encima del vestido para constatar que estoy, que sacaré mi pecho y le daré de comer, que le brindaré cuna, vino y Blok hasta que vuele. “Me siento bien allí”, murmura, y, entonces, las manos no obedecen a mis órdenes, vuelco la taza de té y la habitación se oscurece. Quiero sentir el dolor proporcional a mis lágrimas pero por más que rebusco no aparece.

Tantos años deseando apresar la nada frente a las tormentas y los desasosiegos. Ahora que vivo en ella, se alza como un eterno velo de novia que nubla todo lo que habito. Enredada en la no-pasión, los conceptos, los seres, la imaginación han sido secuestrados. Pagar ese rescate supondría remontar la vida. Y no hay fuerzas para empresas gigantes.

Alguien ha cortado afuera los capullos de las rosas. O tal vez les haya prohibido reproducirse. El rojo es un color que los mortales no podemos tocar.

Irina observa mi cara y me seca las lágrimas.
-¿Queda alguien, hija?
-No, mamá. Todos se fueron o se escondieron en los troncos de los árboles. Ahora, son irreconocibles. Por eso, ya es hora.

Quizá alguien podría leerme parte de mi historia, trozos de los poemas, de los diarios. Así podría recordar que un día, quizá, fui feliz. O tal vez fui tan desgraciada que este cuartucho, sus sombras y la falta de carbón y de tinta son mi mejor medicina. Tal vez esta marioneta rota fuera una mujer admirada en otro tiempo. Pero las cuerdas cayeron y las ideas no me sostienen. Querría amasar entre los dientes un buen filete de buey, escanciar un vino y recluir la cabeza entre las dos páginas de mi cuaderno. Ya nadie me espera.

Irina me trae a esta realidad y me llama desde la esquina. Es dulce y segura su mirada, como si hubiera atravesado toda una vida y llevara sabiduría y certezas sobre su pequeña espalda bruna.

Toda rubia en el triángulo iluminado por el último agosto me sonríe y me brinda la cuerda.

Y yo, que sólo quiero sentir, lo más delicioso o lo más terrible, camino decidida hacia ella.

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Marina Ivánovna Tsvetáyeva (26 de septiembre de 1892-31 de agosto de 1941) es una de las mayores poetas rusas del siglo XX. Mujer apasionada, vehemente, fuerte, culta y conocedora de su don para la Poesía, engendró algunos de los poemas más bellos de la Literatura Rusa como el “Poema de la Montaña”, “Poema del fin”, “Psique” o “Cazador de ratas” además de narraciones memorables como “Mi Pushkin” u obras teatrales como “Ariadna”. Casada con Serguei Efron, oficial del Ejército Blanco, tuvo que exiliarse de Rusia tras la Revolución de Octubre. Las penurias de la familia durante la hambruna de 1919 la obligaron a dejar a su hija Irina en un orfanato donde murió. Junto a Efron y sus dos hijos, Alia y Mur, malviviría en Berlín, Praga y París, donde sólo la mantendría en pie la escritura y sus cartas de amor con Pasternak y Rilke. La poeta siempre ansió un reconocimiento de sus versos y una necesidad de compartir sus preocupaciones literarias que nunca obtuvieron correspondencia en los círculos literarios. El ansia por publicar y la continua culpabilidad de sus desgracias al Destino (nunca examinó qué parte de responsabilidad podía tener ella de que sucedieran) fueron socavando poco a poco su ánimo. Tras la conversión de Efron y Alia a la causa comunista, volvería con ellos a Rusia, donde fue postergada entre sus pares, viviendo de la traducción. Su marido y su hija fueron detenidos por conspiración y, más tarde, tras una difícil convivencia con él, su hijo Mur también moriría en el penúltimo año de guerra. Exiliada a la ciudad de Yelábuga, se suicidaría allí el 31 de agosto de 1941. Su obra sólo fue reconocida tras la II Guerra Mundial, gracias a la publicación clandestina de sus versos y a la recopilación de toda su producción que llevó a cabo su hija Alia.

 

LA CENA

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Foto de Francesca Woodman

Foto de Francesca Woodman

Siempre andan nuestros ojos en planos diferentes.
Los míos, en la inclinación de cuarenta grados, buscan la imperfección de mis actos en los reductos que tú me cedes: la tarima, el horno, las violetas, los restos de comida de Willy, la junta de las baldosas.

Los tuyos nunca se han desviado de lo horizontal, quizá porque tu mundo es la ruta, quizá porque quieres abarcar todo lo que contemplas y yo sólo pienso en sobrevivir en los sótanos, mi propiedad privada, donde la oscuridad se pega y me consuela.

Siento a veces una asfixia que me corroe la garganta y que me provoca, sacando de mi boca palabras que yo no entiendo, palabras que nunca digo cuando tú llegas y el frío de la nevera y el sonido de la Budweiser tiñe de ámbar la habitación y la cama.
Me da miedo ese pánico, no sé poner palabras en orden, como las señoritas que escriben en las columnas del periódico. Yo sólo pinto rayas en la pared, una por cada sensación de ahogo, una por cada vez que me arranco las medias y las enaguas y danzo sola en el patio interior, sola y desnuda, como nadie me ha visto nunca -ni tú siquiera- mientras grito al cielo enmarcado en un cuadrado y Willy ladra, casi feliz, a mi alrededor.

Mientras machacas la ternera en jirones -todo te lo apropias, todo lo haces tuyo y en tu forma, incluso los alimentos- y despellejas la piel de la patata cocida, nos miramos por encima de la fuente de salsa.
No nos evitamos, como el resto del día.
Tú bajas la mirada de mi mentón a mi escote y masticas cada vez más fuerte.
Yo me entretengo en el sudor de tus axilas y me dejo mecer por la melodía de los blues que la radio emite a esa hora.
Tus ojos tratan de adivinar mis pensamientos y presuponen mis deseos: caminatas por la Quinta, anillos de diamantes en torno a los dedos que agarran suavemente tenedores finos en The Vito´s mientras brindo con alguien suave y firme sobre un futuro (naturalmente) dichoso.
Siempre presupones lo que ni siquiera habita mi alma.
Me crees frágil, volátil, soñadora, romántica. Una mujer a la que regalar una tela bonita, unas medias de cristal y un sobre con algunos billetes para administrar la casa.
Cuando tamborileo los dedos sobre la mesa para ponerte nervioso, para que me regañes con la mirada recordándome quién trae el salario a casa, te ruego que te detengas un momento sobre mi oscuridad.
Sólo en ese momento se acabaron los ojos azules y enciendo el iris, como cuando mi sexo se abanica al fresco del patio. Y te digo, muda, con los dientes apretando el carmín y el índice estrangulando el collar de perlas: “No sé lo que quiero. Pero sé que no quiero tener la mirada oblicua”.
Un fragmento de segundo, un destello, un instante que lees en un idioma que desconoces y que te hace dudar de la hija de Peter Johnson el tendero, la pequeña y rubia Catherine.
Sólo en ese instante me temes. Tampoco puedes poner nombre a lo que temes pero mi sombra te acompaña por la noche, otra manta encima en invierno, un ventilador más en verano.

Las mañanas te lo niegan todo y la rutina del silencio vuelve a adormecernos.
Yo persigo la sombra de la fregona mientras tú te vuelves al olor cálido de la gasolina.

Me agarras la cabeza entre las manos y me das un beso en la frente antes de irte.
“Cuídate, Cathy”, susurras al pelo rubio.

Cuando cierras la puerta, tarareo: “Cuídate tú, Patrick. Mucho. Cuídate mucho”.
Y mis ojos vuelven a comprobar si el suelo brilla como a ti te gusta.

POEMAS EN LA REVISTA PRISMA (Fundación Internacional Jorge Luis Borges)

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La revista Prisma es una publicación propiedad de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges. Se publica acompañada de la revista Proa y de un facsímil de la Proa borgeana original.

Dirigida por María Kodama y subdirigida por la poeta Claudia M. Capel reúne en su número 20 versos de Karmelo C. Iribarren, Elisa María Salzmann, Neus Aguado, Silvia Castro Menéndez y Norberto de la Torre. En ella, aparecen cuatro poemas propios, dos de ellos muy significativos para mí.

 

Detalle de "Qué mujer difícil, libertad"

Detalle de “Qué mujer difícil, libertad”

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El primero, Qué mujer difícil, libertad, forma parte de mi último poemario, Garum, Premio Nacional de Poesía “Fundación Cultural Miguel Hernández”. Por ser casi una radiografía de lo que aspiré en un determinado momento vital, lo incluí en esta antología.

El segundo, Un petit soldat (enneigé), está dedicado a alguien a quien nunca conocí pero que se ha convertido en un recuerdo vital a pesar de la diferencia generacional que nos separa. Me encontré con V. demasiado tarde -la vida interrumpió una posible charla- pero su forma de ser, sus decisiones, su arrolladora personalidad, que me llegó a través de testimonios de personas muy queridas y a través del libro que su padre escribió sobre él, le convirtieron en alguien mítico, en una inspiración a la hora de narrar qué es el dolor y a que sabe. Lo dejo aquí, como un homenaje a él.

Detalle de "Litanie"

Detalle de “Litanie”

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Detalle de “Apocalypse”, basado en un proverbio africano.

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Detalle de “Litanie”, basado en un verso de la poeta sudafricana Antjie Krog

Los otros dos poemas, Apocalypse y Litanie, nacieron en las tardes invernales de los miércoles del otoño de 2013, fruto de las lecturas sobre poetas africanos contemporáneos.

UN PETIT SOLDAT (ENNEIGÉ)

Pour V.

No puede ser casualidad este frío que atrapa los cristales y los precipita a la acera, pretendiendo ser restos de Guernica nevados.
Dicen que Paname Paname es melliza de Siberia en enero.
Yo te sospecho aterido a -9 grados, rodeado de brezos, los que el jardinero del cementerio olvidó adecentar.
Así es mejor,
un cuadro casi ruinoso,
sólo la luna llena otorga cierta alegría al Père-Lachaise, cuando entra, silenciosa,
por la Rue de la Roquette.

Esta ventisca que retuerce los cuellos, me recuerda a ti. A ti, muchachito que nunca conocí.
No quisiera entrevistas con
il Da Vinci
il Buonarrotti
il Medicis
il Caravaggio
il Palladio
il Brunelleschi,
erotomaníacos de su imagen devuelta en el espejo.

Hoy, 9 de enero, te requiero una conversación o unas risas encabalgadas de jazz viejo, apretujados entre mantas de mohair en el Café de la Paix o en uno de Ópera,
como dos bocartes arrastrados por las corrientes de este mar asfaltado de verdeles argénteos y fantasmas arracimados en torno a sus fallas.
El aguanieve me vuelve parisina. Tu sangre, ay de ese Rh derramado, te vuelve gato.

Adéntrate en mi materia gris,
quiero recordarte, bambino, que amo tu filosofía vital: hay más cosas aparte del amor, decías.
Nuestros cuerpos piden guerra.
A falta de batallas, hay que unirse a la contracorriente,
abandonar la infertilidad de las cañerías que desaguan y enloquecen a otros,
burgueses de los cafés, visones que comen rímel de ojos Caudalie.
Y a los amores. Hay que enloquecer a los amores.

No te crucificaste por nadie, te inmolaste por ti…
¿Y si no hubieras dado el salto, mon cher?
¿Y si hubieses partido hacia Marsella un enero para llegar a la vida soñada en vez de precipitarte al mármol imbécil de la eternidad?
¿Y si hubieras seguido recordando la belleza del Palazzo Ducale borrando que un día fue prisión?
Principe di canali, te me acercas con tu levita negra de Saint Laurent y un clavel rojo tras la oreja.
Sonríes, deliciosamente rubio y joven,
voluptuoso, a pesar de tu anatomía delgada y de tu carita pálida.

No es casualidad que me envíes ríos helados a modo de abrazos,
que desees la insonoridad de la melancolía antes que el ruido de los patios de vecinos.
Te abrigo con visón,
soldadito de plomo,
bardo de Napoleón,
aquí tenés mecheros para que arrases todo a tu paso y vociferen, a pulmón lleno:
¡Por aquí pasó el veneciano!
Orden policial contra tus aires moscovitas
y ese cuerpo escondido en el laberinto de Carcassonne.

Y, sin embargo, unas olas del mar inmóviles son el techo de tu perenne horizontalidad.
Te acompaño a Lutetia,
y recubro esa tumba con un edredón nórdico, dulce, con avefrías…
Para que se acurruquen sobre ti.

Aquí está, mi pertinente postal de un gato para que escribas con tu letra farragosa el diario del muerto más bello, otro año más,
mi tremendo, tremendo, exquisito rebelle.

Inspir(ACTION) I. QUE SEA PLENILUNADA

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Los textos escritos bajo el cintillo Inspir(ACTION) están basados en fotografías, música, vídeos o ilustraciones enviados por amigos para crear libremente sobre ellos, teniéndolos como motivo de escritura con el fin de que las distintas Artes se enlacen con la poesía. A todos ellos, gracias.

Avistamiento de ballenas.  Fotografía gentileza de Nines Cuenca.

Avistamiento de ballenas. Fotografía gentileza de Nines Cuenca.

Yo acababa de volver de una estancia corta en una ciudad no querida. Tenía ya la seguridad de que mi sitio no estaba allí por más que la voluntad se empeñase en llevarle la contraria.
No sé cómo recalé en tu casa aquella noche. Estábamos las dos solas, era noviembre, el corral quedaba para nosotras y con eso nos bastaba.
Después de una cena espléndida, nos retiramos a dormir. La luz de la luna bañaba todo el patio de un color azul que ninguna habíamos visto antes. Señaladas por el gozo y, en silencio, nos sumergimos en aquella luz. Dijiste: “Dicen que las lunas más grandes son las de enero”. Y es que tú sabías de los cielos, de sus manías y de sus neurosis. Permanecimos quietas mucho tiempo, sintiéndonos privilegiadas, inmunes, milagreras.
Desde entonces, la oración que te dirijo cada noche nada tiene que ver con peticiones a dioses. Invoco a Chavela y te canto:
“Yo siento tus amarras como garfios, como garras que se ahogan en la playa de la farra y el dolor”. Así, cada madrugada, deseando baños de luna.

Me preocupa que andes varada en alguna playa, las costillas pidiéndote amor más que oxígeno, con la certeza de que estás en un no-lugar y que nadie más que yo te reconocerá por tus manos. Me preocupa que me pidas auxilio mientras yo conformo mi ser y mi cuerpo para el sueño, metida en las preocupaciones constantes, las que ya sabes, tan triviales, a las que otorgo la magnitud de altares. La escritura; las ideas que se contagian de las lecturas pero atascan las tuberías; la lucha contra la piel y las aristas que antes no estaban; la batalla contra las docenas de ritos que los arqueólogos están tratando de arrancar para algún museo nórdico; el cuidadoso equilibrio que mantener entre el sol que aborrezco y la paz del fuerte, donde tú hubieras observado esta calle y el paso de su tiempo para susurrarme después que tu sitio estaba en otra parte. Allá donde la quietud es, ahora, la mejor garantía de alta natalidad.

A veces, recorro tus manos y asalto cada falange, cada intersticio donde anidaban el ajo picado y la carne. Los pliegues que tu cara no tenía, la suavidad de la mejilla, los lóbulos tan atraídos por la gravedad, las piernas que arrastraban los precipicios entre los que te movías con tanta soltura. La cejas entrecanas, el cuerpo donde se arrellanaba la dulzura vestida de celeste, el gorro de noche para preservar los rizos, las oscilantes caderas de las que tanto nos reíamos.

Temo que estés varada y que no te recuerdes. Y que me pidas existir o resucitar a través de mi memoria. Me aferro a que los lugares que habitaste, las costumbres de las que viniste, las tradiciones que conservaste, la genética que legaste son tan fuertes que, por sí mismas, construyen tu biografía entera, mantienen -incluso- la constancia de tu cuerpo. Me agarro a tus paisajes, a los caminos que siguen oliendo a Heno de Pravia, a los espejos que devuelven mis hoyuelos, que son los tuyos. Acaricio los tiradores de las puertas, como si mi mano fuera a una contigo, como si pudiera penetrar la huella que dejaste y reimprimirla sobre la mía. Agarro tus lentes, tu bolso, tus sábanas y me envuelvo en ellas como si me cedieras tu dermis y arroparas toda la gigante monstruosidad de mis incertidumbres.

Me dan miedo las vueltas de las esquinas cuando llegue el invierno. Y que un soplo de viento me borre de la memoria cada rayuela de tu cuerpo, aquel trozo de sangre que se apagó cuando te fuiste, la paja de tu pelo, la inexplicable sensación de que todavía puedo tocarte cuando cierro los ojos. No temo a que ocupaciones y viajes te conviertan en un bolero, tan arraigada andas en mí. O que los amores sembrados sean hiedra que te deje en pared encalada. O que un mal de la memoria -que ha atesorado tanto- te olvide y sólo recuerde palabras de la infancia.
Temo al Tiempo, a esa necedad que inventaron y que va borrando hechos, conversaciones, tactos de mi cabeza. Temo que un almanaque corra a mi encuentro y yo no sea capaz esa noche de recordarte y de recorrerte. Temo que te desquicies en la playa, varada y rota sin saber de ti.

Dejo constancia aquí de mi temor. Tal vez, para que te agigantes, para que retrocedas al océano y vuelvas a ser ese mamífero espléndido y visceral que devora a los pequeños peces sin sustancia que no le ponen precio a su vida. Si volvieras a las grandes corrientes, amor mío, yo me convertiría en el capitán Ahab y te perseguiría, como la obsesión que eres, como la obsesión que debe asaltarme, por derecho, por mi imperativo, cada noche. Sal del cieno y envuélvete de nuevo en la frescura del plancton, juega con los barcos, saluda en las fotografías la celebridad que eres. No hay trabajos ni gritos en la mar. No hay suciedad, caras rotas por la maldad, exigencia de bocas que piden avena, rotundidad de mandatos, caminos que recorrer con las piernas abrasadas. Te lo aseguro.
El agua es tibia y suave, salada de tan dulce, motivo de poemas para los marineros, de alimento para los festivos. Volverás a inspirar sonrisas -como siempre- en quienes te contemplan y te sentirás señora y dueña de tus predios. Siéntate en la mecedora y abanica tus pulmones al son de los faros. Las noches rebosan luces, gatos que te asustan, farolillos de aceite y olor a gachas de canela. Apoya la mano sobre la mejilla y dedícate a contemplarme, a tomarme la piel, a meterte en mis sueños para respirar, rotunda, sobre los viejos azulejos que ya no recuerdan ningún mal de los Sargazos.

CANIBALISMO Y MUERTE DE BERGMAN

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Ilustración de Agnes Cecile

Ilustración de Agnes Cecile

Escrito sobre la visión del fotograma “Anna y Agnes” de la película “Gritos y susurros”, de Ingmar Bergman

Ella, desbordante, con los inmensos pechos sazonados de bacalao.
La agonizante, apurando la sal del pezón y dejando sus fluidos resbalar entre las piernas de la criada.
Ya no queda lugar para las buenas costumbres. Ni siquiera hay razón para que los peinecillos de plata le alineen los cabellos. Los mismos dedos que tuestan los garbanzos para la señoritas ordenan el pelo aceitoso.
Paredes en rojo. Las amantes imitan las epidermis aquéllas de Vermeer, muerto más al sur, también en el frío.

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Sólo hay sombras y mentes marchitas en la casa grande. Y el fantasma atontado de una niña muerta.
El hielo cubre todo el páramo y no hay razón para salir al parque. Tampoco para quedarse, aunque Agnes esté ahogada por las flemas y por el cáncer de útero que revela lo que todas ya sabían: hay mujeres nacidas para rezar a Dios por los hijos de las demás. En su Inmensa Sabiduría, Él destina estas vírgenes a los quehaceres que los partos, las demandas matrimoniales, la contabilidad de la casa o la compra de telas nuevas para la costurera impiden a las hijas de la aristocracia llevar a cabo. No puede haber reacción a acciones tan deplorables como la del casamiento y el dar a luz con fórceps, a pesar de que se les rodee de tules y promesas. El pacto se cumple y Dios dispone a la estatuas de sal, como la tierna Agnes, para arrullar a los chupópteros hijos -siempre execrando leche- para apaciguar los ánimos de los maridos a los que no se permite trasegar las entrañas una vez que éstas han sido cosidas por el matasanos. Todo en la sociedad existe por algo: tras la luz a medio gas de los ojos de las casadas, una puta del pueblo ofrecerá sus servicios en la parte de atrás del callejón (aunque por un rato, los celos de Karin estallarán pensando en el contacto caliente y verdadero entre el sexo abierto de ella y el repelente empuje de él).

Son espantosos los gritos de Agnes, ella que siempre fue suavidad y templanza. Pero María y Karin no sienten tristeza ante los aullidos de las células invadidas. Temen que la maldición de la pobre vida de la agonizante les llegue a ellas, les inflame el vientre y les rasgue los bonitos vestidos de seda, les aniquile el deseo de coquetear con los hombres en la ópera, las convierta en murmullos entre las amigas, en cirios encendidos en las habitaciones.

Mientras las Furias sigan dentro de sus cuerpos todo estará bien. La mano de María dibujando la forma de la perla en su oreja, la concentración de Karin en la cerrazón de sus muslos, el odio bien templado entre faisanes dulces y sopa pochada. La plata recuerda la imposibilidad de escapar y las miradas de reprobación en caso de que lo hicieran. Agnes comprendería que son madres y temen al dolor. Pero la buena sociedad las apartaría: hay que reafirmar los pactos y cuidar de la orante.
Mientras Anna sirva la salsa con cuidado sobre la carne tierna y Karin tema la futilidad de María y ésta la locura de Karin, todo estará bien. Los relojes marcan sus horas y las sirvientas planchan las ropas de la mortaja. Algo de vino ha caído sobre el mantel y los ojos de la hermana mayor se agrandan hasta la nuca: no soporta la visión de la sangre desde aquella noche.

Entonces llega la falta de aire y el sonido ronco desde la habitación y los ojos azules se encuentran con los negros. Ambas saben que ha comenzado el calvario y que son invitadas de primera fila. Las pestañas de Anna las guían hacia el lecho de muerte, donde el triángulo de Agnes, ése que ningún hombre ha tocado, se vuelve morado y negro por la inflamación. Ella las llama a gritos y les pide ayuda. Sólo Anna abrirá sus pechos para el reposo de la fiebre.

Mientras, las dos hermanas repasan las mangas del largo vestido blanco, los encajes del sombrero con que la orante se presentará en su nueva condición. Ambas ahuecan el disfraz, lo cogen de los hombros, le dan forma humana. Para que la Muerte encuentre pronto el cuerpo, el lugar donde debe estar. Tal vez se haya perdido por el páramo en medio de la ventisca, tal vez haya que mostrarle el camino hasta la matriz doliente. Tal vez haya que calentar empanadas de carne o enfriar el nuevo Borgoña para invitarla y que de una vez, de una maldita vez, comience su asedio y, así, estas dos rameras puedan volver a prostituirse y a ampliar sus escotes repitiendo a todos los que las quieran escuchar: “Agnes murió siendo santa. Olía la casa a azucenas cuando Dios la llamó a su seno”. Mientras, algún caballero les rozará la cintura, apiadándose de ellas, y las furcias mojarán la punta de la lengua y sonreirán pensando en los pliegues, lilas y agujereados, del útero infértil de la orante, a 2 metros bajo tierra, a -10 grados de temperatura, a 540 kilómetros de sus respectivas tumbas.

MALAS HIERBAS QUE NUNCA QUEMAS

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Flow, del artista griego Aris Fortivinn

Flow, del artista griego Aris Fortivinn

Texto basado en la obra “Ese recuerdo ya nadie te lo puede quitar” de Vaca 35 Teatro en Grupo.
Festival Fringe Madrid.
Sala Taller. 18, 19, 20, 22, 23, 24 de julio.
Dirección: Damián Cervantes
Intérpretes: Diana Magallón, Mari Carmen Ruiz, Gabriela Ambriz, José Rafael Flores, Héctor Hugo de la Peña.

Todo está tranquilo cuando controlas la marea subterránea, que existe, claro que existe. Sus subidas o bajadas no dependen de la Luna, supersticiones científicas. Dependen de un hecho puntual, anodino, casi tildado de “imbécil”, que las hace estallar y convertirse en la tormenta perfecta. Pasado el momento, los geiseres vuelven a su sitio. Son caprichosas las aguas, lo único que desean con sus explosiones controladas es decir: “Aquí estoy, no me olvides. Yo soy la protagonista de tu photocall, el barro que te acorrala, la indecencia de tu vida, la fanfarria alrededor de la cual actúas. Todo lo demás, tus sonrisas, los gestos educados en la mesa, el dejar el paso a los ancianos, la palabra callada a tiempo ante el insulto es sólo pose. Tú y yo lo sabemos. Pero hay momentos en que me erijo como testigo principal y prometo decir la verdad, toda la verdad. Sigue actuando mientras yo me río y te devoro”.

Contaban los antiguos que aquellos lugares donde corrían aguas subterráneas estaban impregnados de malas energías, ascendían los presagios por las paredes hasta llegar a los humores de sus habitantes y llenar los hogares de dolores, pugnas, desgracias.

Como si la Sala Talleres de las Naves del Matadero fuera uno de esos sitios marcados, la tibieza de una reunión de actores estaba prendida en las paredes del lugar como un alfiler con la punta roma. Cinco intérpretes reunidos por la rutina ya conocida de pasar texto, el de “Tres hermanas” de Chejov, la no huida hacia Moscú, los pies atados a estos suelos de madera y a la cerveza, al tequila, al mezcal.

Quizá sean dueños de unas vidas interesantes, quizá sean unos apasionados del teatro, miembros de una compañía amateur, acostumbrados a los juegos, los análisis, las improvisaciones. Mente inocente la del espectador que no oscurece lo evidente. Necesitan, tal vez, algunos cursos de dicción, más pasión en la lectura, evitar el aplauso fácil de los demás y recibir críticas con predisposición. Nada nuevo en una compañía.

El problema de esta sala es que está plagada de océanos subterráneos de cada uno de los cinco actores, dispuestos a arrasar con todo lo que sea necesario aquí dentro porque afuera, afuera de esta rutina de encontrarse y “disfrazarse” de intérprete no hay nada. Y cualquier falla que comience a abrirse convertirá en tsunami toda la podredumbre que llevan dentro. La que los demás también conocen, esos misiles patriot que usar cuando llega el momento del insulto. Tan fácil señalar las debilidades del otro, las diferencias, las incapacidades.

El hándicap de estos cinco seres humanos es que nada ni nadie les agarra afuera. Y cuando caen sobre ellos los escombros, cuando estalla la bomba, soportarán los trozos de metralla estoicamente porque es preferible vivir con ellos dentro, es preferible que te dispare alguien conocido que quedarse a solas con la propia mierda, que sigue brotando.

Después de la bofetada de “Ese recuerdo ya nada te lo puede quitar”, el espectador sale con el estómago en puño y se llevará a casa la imagen de La Gorda temblando, presa de un ataque de ansiedad, la ballena varada sin Greenpeace ni periodista que la conviertan en noticia, la pobre desgraciada que se ríe de sí misma para estimular los colmillos de los demás, destinados a clavarse en ella.

Uno se va con el gancho en la mandíbula, pero los cinco personajes agarran su mochila, su termo, su apatía y vuelven a la rueda del hámster como si aquí no hubiera pasado nada. Dormirán con sus mareas y mañana volverán a esta Sala del Matadero a rebanarse los gañotes, a partirse los espinazos, como una rutina fácil. Como si el mundo no fuera más que eso.