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Fotografía de Neo Cha

Fotografía de Neo Cha

Un millón de mutilados camina por Afganistán.
Un desactivador de bombas estadounidense sale a hacer su trabajo con la carta de su novia sobre el pecho y una medalla de san Miguel al cuello.
Ella vuelve a subirse al taburete y a pedir el balón de coñac que la arrastrará un paso más hacia la tumba.

Mientras tomo el primer café del Nuevo Año, todos los muertos que dejé atrás se paran a contemplarme.
De algunos no recuerdo sus caras. A otros los intuyo porque la mesa tiembla sin que yo la mueva. Hay quienes me ofrecen sus alas para protegerme. Los menos se transforman en recuerdos porque necesitan ser, volver al reino del que los desterré.
Me encuentro sitiada por ellos mientras lo de cada día me convierte en hacedora: leer, pasear, limpiarse la carne, dolerse del frío, amar despacio, preguntarse qué hice mal ayer. No hace un año, no hace un lustro. Ayer.

Supongo que he de llevar luto por mis muertos pero prefiero el blanco de la resurrección.
Contemplo la multitud abalanzándose sobre un mar de jabones y me pregunto qué tipo de hierba preferirán los difuntos de cada uno para lavarse.
Ellos se entremezclan con mi sombra y los siento como una pesada carga que arrastro.
Una carga chillona que reivindica su lugar,
que pide a gritos volver al tiempo presente que un día poblaron espléndidamente.
Un tiempo presente que estuvo cuajado de lágrimas y de una compulsión secreta hacia la oración,
pidiendo a los otros muertos -los del árbol genealógico- que convirtieran en carne de crematorio a mis pobladores y virreyes.
Rezos encadenados para matar lo que crecía dentro de la cabeza o del alma,
laceraciones de otras lenguas, autolesiones de la propia cuchilla y en medio, la certeza de que todas ellas eran inmortales.

A calendario pasado, me doy cuenta de que encendí con fruición la pila funeraria.
Nada de Ganges, soliloquio con lo vencido en aguas residuales, sin epitafios ni obituarios que reseñar en el diario. Todo lo muerto fue vivido, así que tuvo su tiempo, sus excrecencias, su fístula abierta en el cuerpo, su gangrena cortada de raíz antes de darlo al lodo.

Aunque los pasos reivindiquen la firmeza de los fémures,
sus esquirlas tiemblan cuando el trozo de película, de música o de rostro pone materia en el lugar donde se alzó el altar de las exequias.
Porque, queridos, lo único que abunda es el vacío, el no lugar al que se va todo lo que el humano desecha:
piernas, adrenalina, sentires, dolores, antiguas adicciones, particiones en dos.
A trocitos, la existencia va pegando sus dentelladas.
Luego, nos pide tirar a sus víctimas a la basura, en un ciclo perverso de siete años, lo que tardan en renovarse las células, lo que tarda en expirar la maldición del espejo roto, lo que tarda en llegar la nueva generación.

Arrastro la cola de cien muertos (sólo míos, nacidos y reproducidos por mí),
como el manto de la reina de Inglaterra, como los armiños de los Papas,
enriquecidos y lujuriosos, reivindicando su lugar, presentándose en sueños, reclamando sus lágrimas.
Cuando la cabeza cae sobre el libro y frunce el entrecejo porque el café se fue,
se vuelven insoportablemente infantiles, cruelmente sádicos.
Los vampiros buscan el resquicio por donde volver,
se nacen las alas para convertirse en buitres y volver a mi carroña.
Por eso, compulsivamente, limpio y limpio la cucharilla.
Cuando me miro en ella, sólo veo mi reflejo.
Apenas un momento. Antes de pedirles silencio.

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